“La pistola de juguete” es el cuento con el que el periodista de Contexto, Roberto Álvarez Mur –o “el Rober”, a secas– se convirtió en uno de los finalista del III Concurso de Relato Breve “Osvaldo Soriano”, organizado por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Obtuvo con este relato, que recorre la noche del sur del conurbano, una mención que enorgulleció a toda la redacción de este diario, por lo que lo compartimos con nuestros lectores. Aquí, el relato.

[quote_recuadro]La pistola de juguete[/quote_recuadro]

Por Roberto Álvarez Mur

Una noche me subí al colectivo y lo secuestré con mi pistola de juguete. Era domingo, a eso de las dos de la madrugada. Es decir, la madrugada del lunes. Había muy poca gente. Un señor muy viejo creo que se había dado cuenta de antemano que yo iba a secuestrar el bondi. Pero ni se mosqueó. Estaría aburrido, o cansado.

Me acerqué al colectivero y le dije que no se asustara, que iba a secuestrar el colectivo pero que no iba a hacerle nada. Le mostré mi revólver de plástico pintado con aerosol negro y le pedí que parara. El colectivero frenó; entonces lo hice bajar. Les dije a los pasajeros –que serían unos cinco tipos, tres chicas y el viejito cansado– que se quedaran tranquilos, que sólo iba a manejar el bondi un rato por la ciudad. Las chicas me miraron y no dijeron nada; los tipos estaban todos dormidos y no se dieron cuenta. El único que me puso atención fue el viejo.

Empecé a manejar. Le metí derecho por Mitre, costeando las vías del tren. Llegué hasta Sarandí y fui para el lado del Riachuelo. Mi papá siempre me llevaba a pasear en auto por ahí. Era un bondi muy lindo y acogedor. Tenía esos decorados de gamuza bordó y luces azules muy tenues. Me fijé en la radio y el chofer había olvidado su reproductor de mp3. Le di play y tenía un montón de cumbias. Los Ávila, La Nueva Luna, Koly Arce. Todas cumbias para la madrugada, para relajarse, para dormir abrazado a la frazada o para llorar un rato en la vereda. Las escuché una por una.

Una de las chicas me pidió por favor si la dejaba a ella y a sus amigas a la altura del Puente Pueyrredón. Le dije que sí, pero que primero quería pasar por la cancha de Racing. Me dijo que no tenía problema. Era una petisa morocha con labios gordos. Mientras manejaba por los alrededores de la cancha, la piba me contaba que habían salido con las chicas al cine a ver una de Darín; que se habían pegado un embole bárbaro pero que habían conocido a unos chicos divinos. Fui manejando el colectivo costeando los galpones abandonados y los caserones viejos de Avellaneda. Algunas ventanas estaban iluminadas, pero la mayoría no. Llegué hasta el Puente y las chicas se bajaron. Se fueron caminando rápido para el lado del bingo.

Seguí manejando hasta llegar a Wilde, y un montón de travestis me hicieron señas para que frenara. Detuve el bondi y abrí la puerta. Las chicas se acercaron muy apresuradas y preguntaron dónde estaba Esteban, que ellas siempre viajaban con Esteban a esa hora, todos los domingos. Les expliqué que había asaltado el bondi con mi pistola de juguete para dar unas vueltas, que no tenía problema en llevarlas si querían. Pero dijeron: “Sin Esteban no te vamos ni a la esquina, no, no, bombón”. Y seguí manejando.

Al llegar a Quilmes, paré en el semáforo de Vicente López y Pellegrini, a la altura de la estación. Los cinco tipos se despertaron de golpe y tocaron el timbre todos juntos. Yo les abrí la puerta. Estaban tan cansados y desorientados que ni cuenta se dieron de que yo no era el chofer. Mucho menos se dieron cuenta de mi pistolita de juguete, firme y reluciente en mi cintura.

Seguí manejando un rato más, casi hasta Ezpeleta. Y me cansé. Sólo había quedado en el colectivo el señor viejo, sentado casi al fondo. Le dije que iba a dejar el bondi estacionado ahí; que, si quería, siguiera manejándolo él mismo. El señor me miró con cansancio, pero no dijo nada. Sólo se quedó ahí. Y el bondi también.

Me fui caminando. La noche estaba estrellada y radiante. Yo me alejé despacio, con mi pistola de plástico pintada de negro.

 


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