Por José Manuel Welschinger Lascano

“Si yo escribí esto y lo llamé novela fue solamente porque quise despojarlo de todo juicio”, sostuvo anoche el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, desde el complejo municipal López Merino de La Plata, durante la presentación de su nueva obra ficcional, Redacciones Cautiva.

Con su prodigiosa combinación de sencillez y profundidad intelectual, González explicó que la novela consistía en la narración de una realidad cercana, relatada desde la necesidad de hablar acerca de hechos históricos que es importante conocer en nuestra coyuntura, pero al margen de la propensión social hacia los juicios morales. Para conseguir ese resultado, debió recurrir al género ficcional: aunque aclaró que todo lo narrado evocaba eventos reales de la historia argentina.

“Imaginé dos redacciones de diarios”, comentó acerca del argumento: “Distintas, pero inmersas en el mismo conflicto: las dos redacciones se encuentran intervenidas por fuerzas militares en el gobierno que podrían ser, quizás, el Ejército y la Marina”. El primero de ellos, llamado El Heraldo, es un diario de familia, con una progresiva tendencia hacia la izquierda; mientras el otro es el Creencia, un tabloide liberal de corte socialdemócrata. Transitando los años más oscuros de la dictadura militar, el director de El Heraldo es secuestrado por las fuerzas en el gobierno y obligado bajo coacción a dirigir el Creencia, que se encuentra intervenido por los militares.

En consecuencia, sus antiguos redactores se verán obligados a refutarlo desde el diario que alguna vez perteneció a su familia. Joseph Albergare, forzado por los acontecimientos, se entrega entonces a la tarea de convertir un periódico de corte liberal en una herramienta del aparato ideológico del gobierno de facto.

El director de la Biblioteca Nacional, quien comenzó su carrera novelística en 2014 con Besar a la muerta, consideró que el germen de esta segunda novela fue su interés respecto de las complejidades en las tradiciones intelectuales argentinas, pero específicamente respecto de ciertas figuras de formación tradicional marxista cuya práctica periodística terminó por decantarse hacia la defensa de los intereses conservadores de las derechas.

González consideró que el germen de esta segunda novela fue su interés respecto de las complejidades en las tradiciones intelectuales argentinas.

Este fenómeno, al que González considera prioritario entender antes que juzgar, es para el autor sólo una de las expresiones del gran interrogante tácito dentro de la cultura política argentina: la cuestión de las herencias retóricas presentes en la identidad de los movimientos sociales.

“Es terrible que Prensa Obrera, por ejemplo, utilice la tipografía y los argumentos de Clarín para atacar al gobierno”, consideró Horacio Gonzáles, y agregó: “No es una cuestión de ponerse a juzgar, sino de aceptar que pasó, y que sigue pasando”.

“Hoy los movimientos sociales hablan, en líneas generales, con un lenguaje similar –prosiguió–, y no se ha hecho el análisis profundo de las formas retóricas que manejan los medios de comunicación: puede verse esta continuidad desde Francisco De Narváez hasta Nicolás Del Caño, incluso cuando todos sabemos que no son parecidos”.

González: “Puede verse una continuidad retórica desde De Narváez hasta Del Caño, incluso cuando sabemos que no son parecidos”.

Si bien la cuestión de fondo son esas herencias no cuestionadas de las identidades políticas, la elección del mundo del periodismo para situar el conflicto de Redacciones Cautivas tampoco fue azaroso: “En cierto sentido, la historia del periodismo es la historia del país”, sostuvo. “Alberdi inventó el diario La Moda para congraciarse con Rosas, y Natalio Botana inventó el golpe de 1930”.

Por la misma línea, Horacio Gonzáles afirmó que la historia de Clarín es la historia argentina desde 1950 hasta nuestros días: “Creo que no se ha estudiado lo suficiente la redacción de Clarín”, comentó.

“A lo largo de su historia, su redacción estuvo integrada por periodistas e intelectuales formados en partidos de izquierda: Verbitsky dirigió la página política de Clarín en 1972, y Ricardo Roa escribía en El Nuevo Hombre, que fue una de las revistas más revolucionarias de este país. Entonces, no podemos ignorar que la historia de los diarios habla mucho de nuestra identidad, y es necesario que el movimiento popular se pregunte acerca de los profundos interrogantes que la cuestión de la identidad nos plantea”, explicó.

gonzález: “no podemos ignorar que la historia de los diarios habla mucho de nuestra identidad”.

Luego de afirmar la centralidad de las formas retóricas como vehículo de las tradiciones en la formación de las identidades, desarrolló cómo fue la experiencia que lo interpeló para llegar hasta ese interrogante: “Pensando en mi propio lugar como militante, en mi juventud, descubrí las lecturas de Georg Lukács, que eran iluminadoras; y muchos de mis compañeros de aquella época veían mal que yo leyera a un comunista ortodoxo húngaro”, comenzó.

“Lukács, en los años de la Unión Soviética de Stalin, realizó una autocrítica pública respecto de su propia formación, que estaba hecha a partir de su gusto por la tragedia shakesperiana, y en esa autocrítica consideró que, siendo sus ideas revolucionarias, no podía de ninguna forma tomar como referencia una expresión de la burguesía como el teatro inglés del siglo XVI”, reflexionó. El director de la Biblioteca Nacional vio en esa autocrítica un reflejo de su propia situación: teniendo una ética de izquierda, pero escribiendo desde un sistema cognocitivo proveniente de ámbitos conservadores.

La obra de Borges y el peronismo

Para González, aun siendo conservador, Borges era revolucionario. “Me costó mucho trabajo descubrirlo como autor, y aún hoy sigue costando leerlo desde la militancia peronista; aunque, curiosamente, la Presidenta fue una de las pocas personas con las que pude conversar sobre su obra”.

Qué hacer con esos autores, de los que el mundo está lleno, se preguntó Horacio González. “Me interesó ver el movimiento social argentino por excelencia, que es el peronismo, desde la visión retórica de Borges, donde la temporalidad es circular, y donde los opuestos se encuentran”, relató.

“Por eso me acostumbré a ver los movimientos sociales como modelos de lectura, y no sólo como doctrinas políticas o formas de interacción de la sociedad con el Estado, algo que indiscutiblemente también son”, continuó.

Allí es donde González descubre la necesidad de repensar la sobrecarga de simbolismos que estaban fijados en los modos de lectura de las izquierdas argentinas: “Por eso hoy entiendo que tengo una ética de izquierda, pero no descreo de los elementos intelectuales que hicieron a las tradiciones que retomo”.

En el mundo contemporáneo, para el intelectual sería pagar un precio muy alto renunciar a esos autores a cambio de estar dentro del campo popular en la Argentina: la pregunta por las herencias es un componente básico en la pregunta por la identidad.

“Esa pregunta, que recorre la historia de la humanidad, está bien resumida en la antigua alegoría griega que plantea: si vamos arreglando un barco y cambiándole las partes cada vez que se rompe alguna, al final, cuando no quedó nada del original, ¿es el mismo barco el que tenemos, o es otro distinto?”, cerró (¿o abrió?) González.