Por Florencia Cremona y Florencia Actis

Escuché esto hace décadas. Las mujeres hemos sido educadas para vivir en el terror a la disidencia. Porque decirse femenina en vez de feminista es la respuesta organizada para los estereotipos que las industrias culturales han creado sobre las mujeres que luchan: cuerpos amorfos, andróginos, lésbicos, bigotudos, travestidos, desviados e infelices.

Ese mismo estereotipo fortaleció el recorte parcializado de las imágenes del domingo pasado que retrataron sólo una parte de la marcha del 30 Encuentro Nacional de Mujeres, donde todo se sintetizó en el escándalo sensacional del espectáculo de mujeres en tetas removiendo la reja de la catedral. Esta estrategia está muy consolidada en las formas de cobertura de los medios más tradicionales.

Y la represión, y las balas de goma, y los baldazos de agua que arrojaban desde los balcones

Y entonces escuché en la televisión, en la esquina y en mi teléfono expresiones tipo “Bueno, no quieren violencia pero son violentas”, “Qué zarpadas. Después no quieren que les peguen y ellas pegan y son violentas”.

Tenemos que avanzar urgente en la construcción de nuevas retóricas y nuevas estrategias para dar cuenta de lo ocurrido. Y la Justicia tiene que hacer justicia.

Entonces

El fin de semana pasado se realizó en Mar del Plata el 30 Encuentro Nacional de Mujeres, que congregó a más de 60 mil personas a discutir sobre las múltiples violencias que nos atraviesan y a trazar acciones colectivas hacia el pleno cumplimiento de nuestros derechos, capitalizando y complejizando la expresión popular junto con las discusiones sobre proyectos que impactan en los ámbitos educativos, en la familia, en las formas de acceso a la justicia, entre muchos otros aspectos.

Paradójicamente, y según informó el Observatorio de Femicidios Marisel Zambrano, de la ONG La Casa del Encuentro, nueve femicidios ocurrieron en el país en la última semana, dos de ellos en “La Feliz”.

Daiana Luisa Rodríguez, de 17 años, fue baleada por su novio en Carmen de Areco. El joven de 24 años, luego de provocarle la muerte, se disparó a sí mismo en la cabeza. María del Carmen de la Cruz, de 47 años, murió ahorcada en una casa de Bariloche. Su victimario llamó al 911 luego del episodio y desde entonces se encuentra detenido. Marlene Carriman López, de 18 años, fue hallada muerta en un pastizal; se contempla que la chica vivía de la prostitución y fue asesinada por un cliente. Silvina Barba, de 23 años, fue asesinada en Tartagal por su pareja de 57 años, quien desde el viernes 9 de octubre se encuentra prófugo. Rosario del Carmen Salinas, de 38 años, fue acuchillada en su propia casa por su ex pareja, quien tenía una orden de restricción de acercamiento a la mujer por hechos de violencia. Claudia Sposetti, de 47 años, apareció apuñalada y degollada dentro de su auto a la vera de la ruta 11; los investigadores detuvieron a su ex pareja. Julieta Mena, de 23 años, fue asesinada a golpes por su novio –quien ya se encuentra detenido– en el partido bonaerense de Ramos Mejía. Sandra Elizabeth Constantopulos, de 44 años, fue brutalmente atacada en Mar del Plata por su ex pareja y trasladada de urgencia en un patrullero al Hospital Interzonal de la ciudad, donde falleció.

La rapiña, el control ilimitado y la exacción sobre cuerpos y vidas femeninas pareciera no tener fin. La narración mediática sigue diseminando retóricas románticas que privatizan los casos y diluyen responsabilidades. No sólo regulan qué contar y cómo; construyen un metadiscurso que funda marcos de inteligibilidad de lo social y sobre lo político, cada vez más tolerables ante la violencia de género. La preocupación es por los sistemáticos y cruentos femicidios, pero también por la inmunidad social y cultural adquirida, que forma parte de un proceso histórico de mercantilización del periodismo.

El tratamiento efectista del Encuentro Nacional de Mujeres está centrado exclusivamente en supuestos destrozos provocados por la marcha final, sin ahondar en los diversos reclamos que contuvo la manifestación, sin cubrir otras instancias de intercambio y de intervención públicas enmarcadas en el Encuentro, sin dar lugar a la voz y experiencias de las participantes. La voz patriarcal sigue siendo la que domina la enunciación mediática sin que sea capaz de ceder la voz a las protagonistas. Una vez más, la ideología del morbo y el sensacionalismo se impuso en los medios, deslegitimando un espacio simbólico del movimiento de mujeres, de diálogo y acción, de discusión política y de lucha por lo que falta, opacando con ligerezas el carácter productivo, estratégico y transformador del Encuentro, en el cuerpo y la subjetividad de miles de mujeres.

En cuanto a los hechos de represión y detenciones ilegales que padecieron las manifestantes durante el final de la movilización frente a la catedral de Mar del Plata, los medios reincidieron en el discurso de los dos demonios, equiparando las responsabilidades de las mujeres con el ejercicio de la violencia perpetrado por la Policía y grupos neonazis ligados al candidato local de Cambiemos, Carlos Arroyo. La construcción de una responsabilidad unilateral sin mensurar las dimensiones de las fuerzas ni marcar la diferencia sustancial en el hecho de que uno de los componentes de la confrontación usa “legitimamente” las armas.

Travesticidio o femicidio de la dirigente Diana Sacayán

Las palabras no son los mismo. Pienso que el de Diana es un cuerpo feminizado contra el cual, como diría la antropóloga argentina Rita Segato, se juegan las nuevas formas de la guerra.

Así, pues, cerramos el día enterándonos con indignación del asesinato de la compañera Amancay Diana Sacayán. Militante, dirigente nacional y popular de los derechos del colectivo LGBTIQ. Diana, luchadora de importantes conquistas como la Ley de Identidad y el cupo laboral para mujeres trans, fue encontrada muerta en su departamento de la ciudad de Buenos Aires. En 2012 había recibido su DNI de la mano de Cristina, nuestra presidenta.

Indignación. Tristeza. A la vez, convencimiento de que la lucha sigue. Y que no tenemos ni queremos tener formas de nominar la violencia si se transforma en una retórica de justificación o de naturalización de las prácticas de marcar los cuerpos para infundir el miedo que consolida los sometimientos cotidianos.

 

* Laboratorio de Gènero de la FPyCS, UNLP.