Por Roberto Álvarez Mur

“El mayor peligro del aborto reside en que es un tabú social, y eso genera que la información que es pública, que es legal, al igual que muchos medicamentos y prácticas que en su mayor parte también son legales, sea clandestinizada”, planteó como punto de partida Luciana Sánchez, representante de la organización Lesbianas y Feministas por la Descriminalización del Aborto, quien conversó con Contexto sobre los desafíos de quitar al aborto del lugar de estigma y criminalidad en el que se encuentra encerrado.

– ¿Cómo podemos entender la injerencia de este tabú que mencionás en la clandestinidad del aborto?

– En la línea Aborto: más información, menos riesgo recibimos llamados de muchas mujeres para realizar abortos legales con pastillas, pero se presentan de manera tal que parece que estuvieran haciendo algo ilegal. Por ello hablamos de la descriminalización del aborto. Para nosotras, la legalización no es solamente la cuestión de fondo. La criminalización reside en el tabú y el estigma que hoy por hoy significa abortar. Una estigmatización sobre el deseo de abortar. Estos estigmas sobre el aborto responden al mismo conjunto de intereses que generan todos los estigmas. Parten de la idea de que las mujeres no podemos decidir sobre nuestro cuerpo. La transformación de algo que es poco menos que una menstruación en el origen de la vida es una forma de construir un estigma.

La criminalización reside en el tabú y el estigma que hoy por hoy significa abortar.

– ¿Podrías desarrollar esa idea?

– Desde la semana doce, lo que tenés es poco menos que una menstruación. Sin embargo, cuando se da el debate del aborto no se hace desde esos términos, sino en términos de “vida”. Incluso se pone en cuestión la vida de las mujeres con la vida del feto, como si fuera una competencia sobre cuál vida es “más importante”. Nosotras creemos que esta disputa es estéril porque refuerza los estigmas sociales. No se trata de quién es más víctima, sino que estamos hablando de una menstruación, en más de un 90% de los casos.

– ¿A qué intereses responde esta lógica?

– Esto es, fundamentalmente, obra de corporaciones, esto es algo no muy distinto a lo que vemos en otros contextos, no sólo con el aborto. Por ejemplo, Beta es el laboratorio que produce la pastilla abortiva Oxaprost, que es legal y se puede adquirir con receta médica. Sin embargo, el laboratorio genera un cambio de presentación por el cual duplica el precio y eso promueve la venta de pastillas sueltas sin receta o la circulación de las pastillas por fuera de las farmacias. Esto es como una forma de generar filtros en métodos que son legales.

Beta es el laboratorio que produce la pastilla abortiva Oxaprost, que es legal y se puede adquirir con receta médica. El laboratorio genera un cambio de presentación por el cual duplica el precio y eso promueve la venta de pastillas sueltas sin receta.

– ¿Cómo influyen las diferencias de clases sociales y económicas en este mecanismo?

– Influye, sin dudas, entendiendo que todos los discursos de estigmatización siempre provienen de la élite. El discurso de la criminalidad del aborto es elitista, y, en ese sentido, los sectores sociales que abortan en mejores condiciones están interesados en que siga siendo un tabú, clandestino. Todas las cuestiones de salud vinculadas con la pobreza siempre son públicas. Las personas de menos recursos nunca poseen intimidad, confidencialidad, que son derechos a los que deberían acceder. Entonces vemos que ese derecho es apropiado por la élite y se transforma en un privilegio.

– ¿Cuál es el rumbo que debe tomar el Estado en cuanto a generación de nuevas políticas frente a estas discusiones?

– Para pensar una política de Estado, en principio, creemos que el feminismo debe hacer una reflexión profunda para dejar de “pedir perdón” por hacer aborto, por dejar de mantener en secreto los abortos que se hacen. Somos conscientes de que el Estado nacional en estos años ha generado muchísimas políticas, en el sentido de capacitar a los médicos, en atenciones primarias, en desestigmatizar la cuestión hacia adentro de los centros de salud. Pero aún hay muchas resistencias, incluso desde los sectores feministas. Un ejemplo de eso es la utilización del término ILE (sigla de Interrupción Legal de Embarazo). Se siguen usando eufemismos que alejan de lo cotidiano una palabra cotidiana como aborto. Hay que salir del clóset con este tema.