Por Daniel Cecchini

 Sos un misto jaulero con berretín de zorzal.
(“Mala entraña”, de Flores y Cadícamo)

Después del “robo para la corona” de Manzano, de las “justis” de María Julia en las licitaciones de ENTEL, de los “retornos” de las privatizaciones… qué quiere que le diga, Cecchini, pensé que ya nadie iba a sorprenderme. Pero la verdad es que sí, estos del PRO me sorprendieron en serio, me dice Argañaraz, y de veras suena sorprendido.

La primavera llegó al calendario pero en Buenos Aires no parece. Contra el vidrio de la ventana de “La buena medida”, en Suárez y Caboto, la lluvia y el viento arrecian al punto que dan más ganas todavía de atacar los platos del guiso de mondongo que están sobre la mesa. Porque el mondongo a la española que prepara Tony es cosa seria, con panceta ahumada, garbanzos, chorizo colorado y patitas de cerdo. El vino es un cabernet del bueno. Todo para sacar el frío.

No me joda, Argañaraz (ya he contado que a Argañaraz lo trato de usted para mantener las distancias y no confundirme con él), no me joda, lo de la empresa fantasma de Niembro, las pautas publicitarias falsas de las radios y todas estas cosas que están saltando ahora las hicieron siempre. Son variantes del negocio de hacer caja con la política, le digo. Dígame cuál es la diferencia.

La diferencia está en lo burdo, Cecchini, en lo grosero, me dice Argañaraz con el tono de quien intenta explicarle algo a un chico de cinco años. Fijesé, la empresa de Niembro no tenía empleados y, según decía la inscripción, hacía desde publicidad y encuestas hasta destapaciones de pozos. Cobraron más de veinte palos y no tenían ni personal, se explaya, y su voz va subiendo de tono. Y lo de las radios, qué me dice. ¿No pensaron que, en plena campaña, cuando todo se mira con lupa, nadie se iba a dar cuenta de que las cifras que ponían en la web del gobierno no coincidían con las que cobraban las radios? Es cosa de pelotudos…

En todo caso, Argañaraz, de pelotudos que nos estafan, lo interrumpo. A mí me parece más que es cosa de gente que se siente impune y que piensa que puede usar el Estado igual que usa sus empresas, para hacer negocios… en este caso con la plata de los impuestos que pagamos todos. Eran empresarios sucios y ahora son funcionarios sucios. Cambiaron de ámbito nomás, porque el curro es el mismo, le digo.

Por alguna razón, lo que acabo de decir le hace subir todavía más la presión a Argañaraz, que se despacha:

Claro, me dice, antes evadían impuestos con Sevel o vaciaban el Correo Argentino o fugaban guita pagando servicios a empresas fantasmas que ellos mismos creaban. Ahora hacen lo mismo, exactamente lo mismo… Tiene razón, Cecchini, me dice Argañaraz, y se va poniendo cada vez más rojo, no sé si por efecto del vino o del contenido de los platos que ya están vacíos. O de las dos cosas.

Nos quedamos en silencio un rato, mientras Tony levanta los platos y pasa un trapo rejilla sobre el mantel de hule. Como la mesa está cerca del mostrador, ha escuchado toda la conversación, pero su discreción, que es proverbial, le impide decir palabra. Cuando vuelve con los cafés y dos copas de grapa Valleviejo, gentileza de la casa, Argañaraz lo encara.

¿Y usted que piensa? Además de corruptos y estafadores, ¿son pelotudos o nos toman como pelotudos a nosotros?

Tony pone las tazas y las copas sobre la mesa, apoya la bandeja en un vértice, se restriega las manos y recién entonces contesta:

Me parece que son como dice el tango…, empieza a decir, y hace una pausa.

¿Y qué dice ese tango?, insiste Argañaraz, perentorio.

Que hay mistos que se creen zorzales.


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