Por Carlos Ciappina

Hasta 1884, Bolivia tenía un litoral en el Océano Pacífico de cuatrocientos kilómetros de largo, lo que le permitía acceder a los ricos depósitos de guano y salitre y al comercio marítimo directo con toda la extensa costa pacífica de América.

Un clásico de nuestra historia latinoamericana: nuestra riqueza se volvió una maldición en vez de un beneficio. Nuestras “patrias chicas” se transformaron en obstáculos al desarrollo latinoamericano, y el nacionalismo oligárquico en el instrumento de la guerra y la destrucción.

Ingresada América Latina a la división internacional del trabajo proveyendo materias primas de todo tipo para la industrialización europea y norteamericana, los depósitos de guano y salitre de las costas de Chile, Bolivia y Perú se volvieron un recurso estratégico, pues servían como insumo para fertilizar las agotadas tierras de labranza europeas. Durante décadas, millones de toneladas de guano y salitre fueron embarcados y exportados, otorgando grandes ganancias a las empresas que explotaban el guano, sobre todo en Perú y Bolivia, y en menor medida a los terratenientes chilenos que compraban tierras en Bolivia para extraer el guano y exportarlo por el puerto (en ese entonces boliviano) de Antofagasta.

la Guerra del Pacífico fue un conflicto creado por las élites oligárquicas que sufrieron los pueblos.

Entre la vocación de ampliar sus negocios por parte de las empresas guaneras chilenas (muchas de ellas en combinación con el capital británico) y las necesidades del Estado boliviano de la época (que lo llevaron a aumentar los impuestos al guano), se generó un conflicto en 1879 (el mismo año en que Roca inició su campaña de exterminio al “desierto”) que pronto involucró al Estado chileno en guerra con la unión entre Perú y Bolivia.

Primera aclaración: ¿la Guerra del Pacífico, que así se la llamó, fue un conflicto entre los pueblos? Claro que no: fue un conflicto creado por las élites oligárquicas que sufrieron los pueblos.

La suerte de los trabajadores del guano y salitre no era muy diferente si la extracción se hacía en Bolivia, Chile o Perú. A los soldados bolivianos, chilenos o peruanos los esperaba la misma muerte en esta guerra que nunca debió ocurrir. Veinte mil muertos y quince mil heridos de los tres países demuestran esta afirmación. Los hijos de los soldados que habían formado juntos los ejércitos populares libertadores de San Martín y Sucre ahora se enfrentaban por los intereses de compañías chilenas, peruanas, británicas y norteamericanas.

A los soldados bolivianos, chilenos o peruanos los esperaba la misma muerte en esta guerra que nunca debió ocurrir. Veinte mil muertos y quince mil heridos de los tres países demuestran esta afirmación.

Pero la guerra ocurrió: durante cuatro años las tropas y las fuerzas navales de países hermanos se dedicaron a la matanza para que una élite pudiera apropiarse de recursos estratégicos. No podemos dejar de señalar que, apenas diez años antes, Brasil, Argentina y Uruguay se coaligaron para terminar con el Paraguay independiente del mariscal López y que en ¡1932! Bolivia y Paraguay también fueron a la guerra por la región del Chaco.

¿Cuál fue el resultado de la Guerra del Pacífico? En 1883, el ejército y la marina chilena derrotaron definitivamente a la alianza entre Bolivia y Perú y se impuso un férreo tratado de paz en el año 1884. Este tratado de tregua significó para Bolivia la cesión de toda la región de Antofagasta (toda su costa Pacífica) a Chile y la cesión del departamento de Tarapaca también a Chile por parte del Perú.

El tratado definitivo entre Bolivia y Chile se firmó en 1904 en Bogotá. En el mismo se establecía que Antofagasta quedaba definitivamente para Chile y que los bienes bolivianos que salieran por ese puerto al Pacífico estaban exentos de cualquier impuesto.

De modo que a partir de 1884 Bolivia quedó “encerrada” entre Chile y Perú y sus productos debieron contar con la buena voluntad de estos países para ser exportados.

A partir de ese momento, Bolivia comenzó a reclamar por la vía pacífica la restitución de su territorio sobre el Pacífico.

Para tratar de reducir su aislamiento, Bolivia firmó en 1964 un tratado con Argentina que le otorgó instalaciones portuarias en la ciudad de Rosario para que pueda salir al mar por el Paraná. En el año 1992 firmó un tratado con el Perú para la cesión por 99 años de una franja costera de cinco kilómetros sobre el Pacífico llamado “Boliviamar”.

Desde 1884 hasta el presente, todos los intentos de Bolivia por recuperar su territorio perdido se han estrellado con la cerrada negativa chilena, como si se tratara de dos Estados del mundo “central” con lógicas imperialistas.

Frente a las reiteradas negativas, Bolivia, siempre por la vía pacífica, ha recurrido al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 1987, logrando que la ONU lo incluyera como tema de sus sesiones a partir de 1989.

Con el proceso de transformación política, económica y social que inició el presidente Evo Morales, la cuestión de la salida al mar retomó impulso. El presidente Morales ha llamado reiteradamente al diálogo a sus pares chilenos, pero no ha avanzado mucho en este sentido: la negativa de los gobiernos de Chile (con la excepción de Michele Bachelet desde 2006, que inició un tibio diálogo) ha sido la regla.

Por eso la presentación de Bolivia en la Corte Internacional de la Haya: ¿qué le pide Bolivia a la Corte? Que se expida, luego de un juicio, sobre la necesidad y el derecho de Bolivia a tener una salida soberana al mar en los territorios conquistados por Chile durante la Guerra del Pacífico.

Por su parte, Chile le pidió a la Corte que no tome ni siquiera en consideración el pedido, pues considera que el Tratado de 1904 es definitivo.

Este argumento es el que acaba de rechazar la Corte Internacional de la Haya: precisamente, ha declarado que es competente para revisar ese tratado y para llevar adelante un juicio entre ambas naciones por la solicitud boliviana.

Ahora se abre otra instancia: la del juicio en sí. Y nuevos peligros acechan a los dos países hermanos de América del Sur: los sectores nacionalistas oligárquicos en Chile y Bolivia (que usualmente coinciden con el gran capital nacional y transnacional), los medios de comunicación hegemónicos que azuzan ese nacionalismo “chico” que promueve la balcanización latinoamericana y las posibles injerencias extranjeras siempre interesadas en sacar partido del enfrentamiento latinoamericano, sobre todo si hay recursos de por medio.

La solución, como siempre, está en los gobiernos populares y en los pueblos. El desafío de Bachelet y Evo Morales es transitar un camino que acerque sus posiciones sobre la base del apoyo popular a una salida negociada, rápida y eficaz.

¿Cabe alguna duda de que Bolivia debe tener acceso al mar? ¿Es que los países de América Latina nos vamos a manejar como lo hacen las potencias imperialistas con nuestros propios hermanos?

El origen de estas controversias está en la imposibilidad de cumplir con aquel sueño integrador de Bolívar y San Martín. Nuestro desafío actual, con gobiernos democráticos y populares, es reconstruirlo.

Acordar una salida al mar soberana para Bolivia sería un enorme paso hacia la concreción de ese sueño.