Por Lucía García Itzigsohn y Lisa Solomin

La primera encuesta nacional de jóvenes, realizada por el Indec en conjunto con las direcciones provinciales de Estadística, visibilizó una realidad persistente y que preocupa: las mujeres jóvenes de nuestro país no tienen las mismas oportunidades de formarse y desarrollarse en el mercado laboral que los hombres jóvenes.

El estudio demostró que casi el 83% de los jóvenes que no estudian ni trabajan (ni buscan trabajo) son mujeres, y que de cada diez chicas que estudiaban y/o trabajaban, cuatro dejaron de estudiar para encargarse del cuidado de sus hijos. En cambio, sólo uno de cada diez varones en iguales circunstancias tomó esa decisión. Todo indica que, a pesar de la igualdad alcanzada en otros ámbitos entre varones y mujeres, las tareas de cuidado siguen sin democratizarse al interior de los hogares jóvenes.

Florencia Partenio es socióloga y especialista en estudios laborales y estudios de género. En su opinión, esta primera encuesta nacional sobre jóvenes es un paso fundamental, “primero porque nos va a permitir tener un diagnóstico en términos de una representación a nivel país, pero al mismo tiempo porque va a permitir afinar un poco más las políticas de juventud”.

a pesar de la igualdad alcanzada en otros ámbitos entre varones y mujeres, las tareas de cuidado siguen sin democratizarse al interior de los hogares jóvenes.

Hay dos cosas claves a tener en cuenta cuando se habla de las problemáticas de la juventud: “Es fundamental pensar la intersección entre trabajo y educación. Y, además, cuando hablamos de estas y estos jóvenes, un paso fundamental es traducir la encuesta para mostrar que no es un grupo social homogéneo y poder ver detrás de esos datos las diferentes desigualdades que van atravesando a estas y estos jóvenes. Y no me refiero solamente a las desigualdades sociales, sino a las de etnia, de género, de orientación sexual, que van comenzando a trazar esas diferencias que se reflejan en los datos”, sostiene.

Desde 2012, Partenio coordina el área de Investigación del Observatorio de Calificaciones Laborales, donde se investiga la constitución de la oferta y demanda formativa considerando las asimetrías de género que se presentan y persisten en distintos sectores industriales y de servicios. En este marco, las posibilidades educativas y de inserción laboral de los y las jóvenes ha sido uno de sus temas principales.

Analizando los datos que surgen en la encuesta realizada a partir de entrevistas a 6.340 mujeres y varones de 15 a 29 años, Partenio destaca que “cuando se habla de que cuatro de cada diez mujeres jóvenes dejaron de estudiar o trabajar porque se encuentran al cuidado de sus hijas o hijos, mientras que sólo uno de cada diez varones en igualdad de circunstancias tomó esa decisión, es un dato fundamental porque hay una doble cuestión: por un lado, es necesario trabajar sobre la falta de reconocimiento de las tareas domésticas y de cuidado, que es un trabajo no remunerado pero es un trabajo, que permanece invisible, no reconocido y no valorado, y que se realiza en un espacio de puertas adentro como es el hogar; y, por otro lado, esto nos está diciendo algo mucho más profundo sobre la organización social del cuidado en nuestro país”.

“Es necesario trabajar sobre la falta de reconocimiento de las tareas domésticas y de cuidado, Que es un trabajo no remunerado y que permanece invisible; por otro lado, esto nos está diciendo algo mucho más profundo sobre la organización social del cuidado en nuestro país.”

“Me parece que hay herramientas fundamentales, como las encuestas sobre el uso del tiempo, que empiezan a visibilizar estas disparidades entre los géneros y al mismo tiempo permiten pensar en que justamente esas obligaciones y responsabilidades siguen quedando mayoritariamente en manos de las mujeres y marcan tensiones entre otras expectativas o deseos: educarse, trabajar o incluso trabajar más horas”, explica.

– Entonces, lo que abre posibilidades de transformación frente a las desigualdades tiene que ver con el acceso a la educación, pero lo que es más difícil de transformar es esta cuestión de que las mujeres tenemos que ser madres. ¿Qué pensás sobre eso?

– Pensar este destino como únicamente desde el rol de madre y al mismo tiempo pensar cómo se plantea la división sexual del trabajo al interior de los hogares me parece que es central, y cómo esto también marca diferencias en los recorridos de mujeres y varones jóvenes. La encuesta abre planteando quiénes son las que se van de casa antes y cuáles son las pautas que llevan a que las mujeres jóvenes se vayan de la casa de sus padres. Y esto es: que formen otra familia o se integren a otro hogar. Esta cuestión tiene que ver con el rol, con la maternidad y pensar qué posibilidades se pueden abrir en torno a esto. Estas nociones están atadas a las de autonomía y emancipación, y lo que se entiende por estas nociones. Es necesario pensar al proyecto de la maternidad como otro proyecto más como puede ser el formativo educativo, el proyecto laboral. Pensar cómo esos proyectos conviven y qué opciones hay de instituciones concretas que puedan garantizar esas diferentes responsabilidades. Que sigan siendo las mujeres las que asumen las responsabilidades de cuidado y de crianza claramente no sólo se demuestra en la cantidad de horas al día, sino en lo que no es posible asumir fuera del hogar, aunque se desee y se tenga ganas de hacerlo.

– Sigue siendo un tema que se resuelve en el ámbito de lo privado, ¿no?

– Claro, queda en esa ingeniería privada y propia que es posible desarrollar e incluso en una cadena de cuidado, como hermanas, abuelas y otros familiares que puedan garantizar eso para que se pueda salir a estudiar, a trabajar o simplemente dedicar el tiempo a otras actividades. También la materia pendiente en las reformas de licencias por paternidad y maternidad. Acá también se abre una expectativa de pensar cómo democratizar la crianza dentro de la familia o qué implica reconocer esa maternidad y paternidad para esas mujeres o varones jóvenes.

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La inserción laboral

“Seguimos teniendo un problema, básicamente porque cuando analizamos en términos de núcleos duros de la desigualdad vemos que en el ingreso y la permanencia en el mercado laboral las tasas de desempleo en mujeres jóvenes son mayores que en varones jóvenes. Y justamente cuando pensamos juventud y trabajo hay que pensar en empleos no registrados, y que esos primeros empleos a los que acceden las y los jóvenes pueden encontrarse en condiciones precarias. Entonces, me parece que acá las estrategias son múltiples. Hay dos movimientos que se han realizado en los últimos años que son claves: la obligatoriedad escolar hasta el nivel secundario, lo cual permite pensar un avance en términos de mayor educación para los jóvenes, y la ley que establece la obligatoriedad de la sala de cuatro años, que me parece un guiño muy fuerte para pensar la organización del cuidado y pensar que madres y padres jóvenes pueden reorientar ese tiempo y destinarlo a la capacitación, la formación o la inserción laboral. Ahora hay que ver cómo eso se plasma en prácticas concretas e incluso en una oferta concreta de las instituciones para abarcar estos cambios”.

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