Por Julián Manacorda y Nicolás Bernardo

El sociólogo y docente de la Universidad Nacional de Buenos Aires conversó con Contexto sobre la problemática de la violencia en relación con la cultura de consumo masivo. Tonkonoff resaltó la necesidad de transformar el paradigma cultural centrado en el consumo en el marco del desarrollo de políticas de inclusión que se está llevando adelante en la última década, y el desafío político de disputar las definiciones hegemónicas de la violencia.

– ¿Cuál es la relación que observa entre los jóvenes y el consumo en términos de integración y distinción?, ¿en qué medida se vincula con la  violencia?

– Uno puede pensar el consumo como una forma de organización social que se pretende universal pero que genera exclusión. Si la forma de integración y de reconocimiento se produce a través del consumo, no es raro que los jóvenes intenten integrarse a ese conjunto que es una comunidad de consumidores y es una comunidad prestigiosa, que busquen integrarse de distintas maneras, de maneras legítimas y de maneras ilegítimas. Una forma es el delito. Es una extraña vía de ingreso al orden social establecido, no tiene nada de contrasocial: es hiper social, están súper integrados, pero están integrados a la lógica del consumo. Ahí está la trampa social: el consumo se proclama como posible para todos, pero los medios legítimos de acceso al consumo no están distribuidos en igual manera en todos los sectores sociales. Grandes cantidades de personas no tienen los medios legítimos de acceso. Eso genera una serie de tensiones y de estrategias diversas para, en principio, ingresar a la lógica social vigente.

En lugar de pugnar por entrar en el consumo o por conseguir los recursos legítimos, también se podría pugnar por instituir nuevos valores, por promover nuevas formas de vida que no sean las del consumo y luchar por la distribución de los bienes materiales y simbólicos que hay en la sociedad. Que sea más igualitaria, pero que sea más igualitaria en otros valores y no en el consumo. Es necesario cuestionarlo como lógica cultural de integración, como lógica hegemónica de formación de sociedad. Hoy es el consumo, pero puede dejar de serlo, hay que pensar otro tipo de sociedad.

– ¿Cuáles son las disputas por la definición de violencia? ¿Se puede hacer de la comunicación una herramienta de disputa?

– Es un tema netamente comunicacional. Me parece que la disputa tiene que ver con lo que se defina como violento en un contexto social determinado. Cuando en nuestro contexto de capitalismo de consumo uno habla de violencia, tiende a pensar en los microdelitos de los sectores populares que van a estar en los márgenes de la sociedad de consumo y espectáculo. La lucha por la definición de los valores que hacen sociedad tiene que ver con la lucha por los valores de lo que se define como violento, que es extremadamente importante. Hay que empezar a cambiar el tipo de conducta que se rechaza. ¿Qué va a ser considerado violento?, ¿el microdelito de los pobres solamente?, ¿no va a ser considerado violento el macrodelito de las élites económicas políticas? Empezar a definir como violencia los comportamientos socialmente nocivos, tremendamente excluyentes de las élites, es una lucha política por definir qué es violencia.

Cualquier definición vigente socialmente es política, y entonces  permanentemente debe haber un trabajo por la reafirmación. Los productores y reproductores de discurso hegemónico hacen un trabajo de reafirmación de esas definiciones, de esa forma de ver el mundo, de entenderlo y, por lo tanto, de experimentarlo.

De lo que se trata es de producir nuevos discursos. La lucha política es netamente discursiva. Tenemos que empezar no sólo a abrir canales de comunicación, sino a ver formas y contenidos que propongan esos nuevos medios. No hay que aceptar el formato de comunicación hegemónica.

El desafío es, desde una Facultad de Comunicación y pública, pensar si podemos comunicar de otro modo. Es muy difícil, pero es una pregunta urgente. La forma y el contenido es la pregunta. ¿Se puede comunicar un contenido contrahegemónico desde una forma hegemónica de comunicación?, ¿o el formato devora el contenido, como dice McLuhan? La Universidad debe pensar esas cosas, y más una Facultad de Comunicación.

La definición de violencia como microdelito de los pobres es funcional a la reproducción de la sociedad de consumo y el espectáculo. Una sociedad que se sostiene a partir de ese tipo de definiciones. Hay una cultura orientada a reproducir la ligazón entre pobreza y violencia que permite hacer invisible la violencia de la riqueza. Hace imposible definir la riqueza como violenta, porque la riqueza es el lugar a conseguir: todos deberíamos consumir como los ricos. Esa es una ficción devoradora de cualquier alternativa de transformación y productora de exclusión, de desigualdad y violencia de los pobres.