Por Daniel Cecchini

Afuera llovía, como llovió toda la semana pasada, cuando Luis Nicasio Córdoba, antiguo trabajador de Astillero Río Santiago, declaró ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, presidido por Carlos Rozanski, en la causa que juzga a los represores de la Prefectura y de la Armada que participaron de los centros clandestinos de detención que funcionaron en el Batallón de Infantería de Marina 3, en la sede de Prefectura y en la Escuela Naval de Río Santiago.

Hombre de hablar pausado y seguro, Córdoba relató en la sala el intento de secuestro que sufrió pocos días antes del golpe del 24 de marzo de 1976, del cual se salvó milagrosamente por un desacuerdo entre los integrantes de la patota que llegó en dos Ford Falcon hasta la puerta de su casa, y contó lo que sabía sobre la desaparición de varios de sus compañeros de Astillero perpetrada por el mismo grupo de tareas. Fue entonces cuando dijo al Tribunal: “Puedo hablar de los grupos parapoliciales que actuaron antes del golpe”, y se despachó con un dato hasta ahora desconocido. Relató que lo detuvieron después del golpe y que fue encarcelado en la Unidad 9 de La Plata, y que allí, a poco de estar, llegaron –también detenidos, acusados de delitos comunes– varios integrantes del grupo de tareas de la Concentración Nacional Universitaria que comandaba Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio. Dijo también que uno de esos días Castillo, Juan José Pomares (a) Pipi y otros miembros de la patota lo buscaron en el patio de la cárcel para contarle cómo habían secuestrado a su compañero de trabajo Pedro Gutzo, y que uno de ellos le mostró un reloj que le había pertenecido. “¿Ves este reloj?”, le preguntó, y sin esperar que respondiera añadió: “Es de Gutzo”.

Entre los asesinos que en aquel momento se le acercaron a Córdoba –en una evidente acción intimidatoria– para vanagloriarse de sus crímenes, estaba también uno llamado Martín Osvaldo Sánchez (a) Pucho. Como muchos de los cómplices de la patota de la CNU, apenas recuperada la democracia Pucho se recicló en las filas del Partido Justicialista platense, desde donde llegó incluso a ser diputado provincial.

Entre los asesinos que se le acercaron a Córdoba –en una evidente acción intimidatoria– para vanagloriarse de sus crímenes, estaba también Martín Osvaldo Sánchez (a) Pucho. apenas recuperada la democracia, Pucho se recicló en las filas del PJ platense.

También bajo el cielo gris de esa semana lluviosa y casi al mismo tiempo que Córdoba daba su testimonio ante los jueces, Pucho Sánchez murió en La Plata y lo hizo, como se dice, como consecuencia de “una larga y penosa enfermedad”.

Como suele suceder en estos casos, los avisos fúnebres terminan siendo reveladores. En las páginas del diario El Día lo despidieron sus “compañeros de ruta que nunca te olvidarán: Alberto Delgado, ‘Gallego’ Rodríguez Maggi, María Alejandra González, Alfredo Cosimano, María Rosa Diez, Lole Hernández y Alejandro Rodríguez Olivera”. Delgado, alias el “Cabezón”, responsable del reciclamiento de muchos asesinos de la CNU en la Municipalidad de La Plata, fue el año pasado precandidato a intendente dos veces, primero por el Frente para la victoria y después por el massismo.

También expresó su dolor por la muerte de su “maestro y consejero que supo marcar el rumbo a muchos de nuestros militantes” la Agrupación Renovación y Militancia, que responde al actual intendente de La Plata, Pablo Bruera.

Desde otro aviso se calificó al muerto como “luchador inclaudicable por la doctrina del Gral. Perón y Eva Duarte. Perseguido y detenido por varias dictaduras, fue integrante de la resistencia peronista”.

Una mentira detrás de otra: Pucho Sánchez fue sólo un asesino, un engranaje más del terrorismo de Estado. Y murió impune.

CNU La Plata. Carlos "El Indio" Castillo y Juan José "Pipi" Pomares.
CNU La Plata. Carlos “El Indio” Castillo y Juan José “Pipi” Pomares.

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