Por Roberto Álvarez Mur

“Vos tenés veinticinco años. La misma edad que tenía yo cuando llegué al Parakultural”. Fernando Noy adivina mi edad apenas me ve. “Es que yo soy bruja, viste”, y sonríe. Después de vivir mil vidas, el poeta, actor y hada madrina de esa revolución permanente que fue la década de los ochentas, está a punto de cerrar su nuevo libro, que terminará de recopilar las memorias de la fiesta interminable donde vio nacer –y morir– a los grandes artistas de la contracultura juvenil de los últimos treinta años. En una charla maratónica en un café del Abasto, habla con Contexto sobre la edad dorada de la bohemia subterránea.

-Este año publicaste Historias del under, y se suma a Te lo juro por Batato. ¿Esas memorias surgen por nostalgia o sentís la necesidad de mantener vivas esas historias?

-Justamente, es la incineración de lo nostálgico. Porque no sólo se habla de un pasado que sólo fue, sino de un presente en el que está toda esa herencia dilapidada, derramada en diversas miles de historias, de personajes. Imaginate que son más de dos décadas. A quien primero descubrí cuando volví de Brasil fue a Batato, luego él me hizo conocer a Humberto (Tortonese), y a la vez conocí a esa figura máxima e inolvidable que fue Alejandro Urdapilleta. Ahí estuvo la trinidad de personajes que forjaron un momento en el que, si bien por suerte había vuelto la democracia, ese demonio práctico que era la Policía aun reprimía.

-¿Qué diferencias notás entre la cultura de aquella época y la actualidad?

-En los ochenta el underground eran los espacios –el “engrudo” le decíamos, burlándonos de esa palabra yanqui–. En esa época, incluso en los noventa, el under estaba en los espacios: el Parakultural, Cemento, Café Einstein, luego Ave Porco, el Centro Cultural Rojas. Ahí estaban las capitales de lo absurdo. Ahí se descubría a las figuras. Ahora es al revés, por medio de la red, por esa gaceta de la obviedad que es el Facebook, toda la gente está conectada y lo que se busca es a las personas. Antes eran los lugares, pero hoy son los nombres. Por ejemplo, si te interesa Sofía Viola y querés verla, la buscás en la web.

-¿Cómo se podía sobrevivir sin la comunicación masiva global que existe hoy?

-No había Internet, pero la prensa nos daba mucha bola. Éramos muy mimados de los medios, porque de alguna manera se había puesto de moda eso que propagábamos. Todo lo que hacían esos artistas increíbles, Los Melli (Carlos Belloso y Damián Dreizik), Las Gambas al Ajillo, llamaban la atención. Sobre todo por lo poco convencional de las puestas en escena, como ver a Rita Cortese en un bar con bowling. Además, estábamos muy necesitados de ganar el pan. Éramos felices en una fiesta permanente. Figuras muertas, como Alejandra Pizarnik, estaban más vivas que nunca. Utilizábamos los poemas como objetos de performance y para sacar al clown de ese lugar del chiste barato. En esto estábamos juntos siempre con Batato.

Noy cierra los ojos para escarbar anécdotas explicativas que van desde recitales de Sumo en Villa Gesell que él mismo organizó para veinte personas a las propinas que Franco Macri dejaba en el café varieté El Dorado en el pico máximo del glam de los noventa. Sin embargo, todos los mitos parecen volver en espiral hacia su hermano artístico del teatro: Walter “Batato” Barea.

-Las figuras de Batato Barea y Urdapilleta son constantes en tus memorias, entre otros personajes que entran y salen. ¿Cómo definirías a esa tropa de artistas del mismo tiempo y lugar?

-Éramos unas troskas beligerantes, puras. Porque tampoco estábamos con los troskistas militantes, tampoco podíamos estar. Estábamos en medio de la represión que había dejado la dictadura, pero éramos muy unidos por el amor. Tuve la dicha de vivir varias décadas hermosas en las que todo sucedió de repente. Miguel Abuelo, Moris, Luca, Charly.

-¿Te produce soledad la muerte de muchos de ellos?

-La muerte me parece un estado de ánimo y de situación. Creo que aprendí a interpretar que están todos esos seres ahí esperando y nada más. Para que las aventuras continúen en otro plano. Ahora estoy extrañando mucho al poeta chileno Pedro Lemebel. Era un revolucionario, igual que Alejandro Urdapilleta. Aunque trato de no llorarlo. Si Alejandro se enterara de que lo sufro, no me lo perdonaría. Él siempre me decía: “No te pongas mal, que yo quiero irme de este lugar inmundo”.

-¿Cómo ves el escenario cultural y político de los últimos años, sobre todo frente a la recuperación del peronismo por parte de la juventud?

-Mirá, si yo me lanzara para presidente, sería tan glamorosa como Evita (risas). Yo soy duartista a full. Creo que en Evita se ve la gran metáfora de un tránsito de calvario y de lucha, pero no en el sentido trivial y de lo santo, sino que hizo lo que tenía que hacer y entregó su vida en ello como cualquier Cristo. Y yo no creo en el Cristo en la cruz, creo en Cristo caminando, bailando. Y estos jóvenes que hoy muestran abiertamente su homosexualidad y sus ideas, me parece perfecto. Porque antes hubieran estado presos, hubieran sido torturados, o muertos en la impotencia.

El Arca de Noy

-¿Cómo tomaste el final trágico de Omar Chabán, quien supo ser un gran promotor de todos los espacios culturales de antaño? ¿Significó un quiebre para esas épocas del under?

-Fue algo muy triste. Omar era una magnífica persona, un gran artista y un interlocutor de la puta madre. Después sufrió un quiebre. “El Arca de Noé” se iba a llamar originalmente Cromañón. Yo lo jodía y le decía que le ponga “El Arca de Noy”. Yo llegué a ser muy amigo de Omar, y en un momento comenzó esta desgracia que estaba marcada en su destino, y ser condenado por todo eso que él mismo había suscitado. Omar se transformó en esa carne de cañón pública, pero se ignoró y se dejó de lado al Chabán de la otra época gloriosa. Él murió en su propia leyenda. Algo te puedo asegurar: Chabán no hubiera matado nunca ni a una mosca.

-¿Qué recordás de Chabán en lo íntimo?

-Yo lo admiré y lo admiraré siempre por lo que fue. Un propulsor tremendo y de gran honestidad. Él te mostraba Cemento y te decía “Este es el peor lugar del peor lugar del mundo”. Un gran visionario, que abría las puertas para todos. Desde Luca Prodan que siempre estaba jodiendo en la puerta, hasta ese duende demencialmente maravilloso que es el Pity.

-¿Pity? ¿El cantante de Viejas Locas e Intoxicados?

-¡Sí! (se emociona). Es un tipo fantástico. Una vez yo estaba en la fila de SADAIC, tenía que cobrar por unos textos míos que se habían usado para una canción. Y a lo lejos se veía que llegaba Pity, que no hizo la cola. Había un montón de músicos viejos de sesenta y pico, y lo dejaban pasar a Pity sin hacer fila. Él es como un niño tardío, igual que Tanguito; me recuerda al Puck, el personaje de Sueño de una noche de verano. Es un carismático maravilloso, lo adoro. De la misma manera que adoré a chicos como Luca, a Fidel (Nadal), o a Walas (cantante de Massacre).

Fernando Noy lanza anécdotas que abren cien puertas que llevan a otras cien puertas. Se fuga y vuelve con festividad y un dejo de melancolía. En sus recuerdos vuelven Néstor Perlongher, Tanguito, la calle Corrientes y la Ciudad de Buenos Aires, que nunca deja de divertirlo, según él, “a pesar de sus políticos”.

-¿Cómo ves que muchos de esos artistas de aquella camada alcanzaron el estrellato mediático comercial y otros quedaron en el olvido y el abandono? ¿Existe una traición ahí?

-No son traidores. A lo único que pueden traicionar es a sí mismos. Pero los que se traicionaron a sí mismos no los voy a nombrar.