Por Alejandro Paladino

La zona de Villa Elvira, en la periferia platense, es un barrio de gente laburante, calles embarradas, zanjones anchos y conexiones eléctricas caseras y precarias. El agua potable no existe. Un rincón del Gran La Plata arrojado al olvido del municipio. En uno de sus tramos, en la plaza de 600 y 117, se encuentra el centro comunitario de extensión universitaria Nº 7, construido a pulmón por un grupo de mujeres paraguayas que decidieron poner el lomo para crear un espacio abierto a las necesidades apremiantes de los vecinos.

Ayer por la tarde se llevó a cabo un encuentro de la asamblea organizadora, que está compuesta por seis mujeres y que en total cuenta con sesenta integrantes que se ven una vez por semana para tratar las problemáticas junto a la mesa barrial de Villa Elvira y referentes del movimiento Patria Grande. Con ellos estuvieron presentes la precandidata a intendenta Florencia Saintout y la referente del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, Ana Castagneto.

“Empezamos a trabajar en el lugar, porque la Municipalidad no nos escuchó nunca: decidimos limpiar el terreno con los vecinos y hacer una plaza. Hoy ya tenemos un parque limpio y hace dos años hicimos el centro cultural.”

Fidelina es una de las organizadoras de la asamblea. Llegó al país meses antes de la crisis de 2001. “Este centro lo construimos nosotras con ayuda del movimiento Patria Grande. Esta plaza era un basural, había todo tipo de cosas tiradas, no se podía ni entrar. Se arrojaban personas y animales muertos; también acá violaron a dos chicas. De ahí nosotros empezamos a trabajar en el lugar, porque la Municipalidad no nos escuchó nunca: decidimos limpiar el terreno con los vecinos y hacer una plaza. Hoy ya tenemos un parque limpio y hace dos años hicimos el centro cultural.”

La plaza tiene una cancha de fútbol y juegos para nenes y nenas que corren y chapotean en el barro, mientras sus padres se acercan a las sillas para ser parte de la asamblea. Los nenes son unos de los principales destinatarios que aprovechan el espacio verde rodeado de árboles.

Fidelina habla castellano con un dejo de tonada guaraní: “Es imposible hacer cumplir nuestros derechos si con los vecinos no hablamos castellano”. En el centro cultural funcionan actividades como el Plan FinEs, la cooperativa de alimentos de cocina paraguaya, atención odontológica, talleres para combatir la violencia, cursos de salud sexual y una copa de leche los sábados a la tarde. A un costado, en plena construcción, se levanta una guardería para que las madres puedan trabajar y asistir a las clases, cuenta Fidelina.

El centro cultural fue pintado por la secretaría de extensión de la Facultad de Bellas Artes: como el acento de Fidelina, esas palabras con tinte guaraní, la pintura es una bandera paraguaya que se abraza con una argentina formando un nudo en su centro.

“Es imposible hacer cumplir nuestros derechos si con los vecinos no hablamos castellano.”

El disparador para la puesta en marcha, diez años atrás, de la plaza y luego del centro cultural fue una triste anécdota: “Un chico paraguayo no recibió atención médica en un hospital público por su simple nacionalidad. Entonces hablamos con la gente de la salita del barrio, que pertenecen a la Facultad de Trabajo Social y son militantes de Patria Grande, y ellos lo atendieron. El contacto se mantuvo y así nació la idea de limpiar el basural y hacer una plaza. Primero estábamos en 602 y 117 en un terreno chico y con un techito de tres por tres. Después encaramos este lugar y trabajamos para convertirlo en plaza”.

Fidelina habla más que sus compañeras, eleva la voz para dirigirse a los vecinos y los referentes políticos; eleva su brazo y enfatiza su bronca ante el municipio: “Sólo se dedican a poner carteles. Reciben las notas con nuestros reclamos pero terminan en un tacho de basura”. Como contraste, suelta una carcajada fuerte y cuenta que piensa organizar el día del niño para los nenes del barrio a fines de agosto.

Felipa es otra encargada de la asamblea. Su rol es la documentación de los vecinos paraguayos, otro de los motivos fundamentales que tiene el espacio. Al tiempo que sus compañeras hablan, se pasea entre las sillas cebando mate y repartiendo chipá y sopa casera (una torta paraguaya a base de maíz y leche que se agota en poco tiempo). “Trabajamos con la gente de migraciones para documentar a los vecinos para que los gestores no los engañen, porque por la sola consulta cobran hasta tres mil pesos para tener el turno y los antecedentes necesarios para el trámite. Por eso yo ayudo a conseguir los antecedentes acá y en Paraguay mediante migraciones.”

Felipa llegó hace diez años al país y desde que pisó suelo en Villa Elvira trabaja ayudando a sus compatriotas: “Los vecinos ya nos conocen y se acercan a la plaza para consultarnos por sus documentos”, afirma.

En un pasaje de la asamblea, Florencia Saintout miró a la cara a los vecinos sentados a pocos metros en semicírculo para expresarles su compromiso a contribuir al crecimiento de la zona desde el Estado local: “Es indispensable que el Estado se haga cargo de los barrios, que extienda su cobertura a todos los rincones del Gran La plata”. Y remarcó el sentido político y social que tiene la iniciativa vecinal al interpelar a los nenes a apropiarse de la plaza y a los mayores por recibir las múltiples ayudas que allí se brindan.

Por último, Estela, otra referente de la asamblea, dijo que “no somos vacas del campo como nos define el municipio”, en referencia a la manera de entender el mapa de la ciudad por parte del bruerismo hacia Villa Elvira, relegada a zona rural.