A los 56 años, Sergio Pujol se ha convertido en uno de los principales referentes de la historiografía cultural argentina. La pátina de bronce no es ningún obsequio, sino la derivación de más de dos décadas empleadas en recuperar y narrar fenómenos musicales -“Historia del Baile”, “Canciones Argentinas”, “Rock y Dictadura”, etc.-, y en reconstruir vida y obra de ilustres y meritorios –Yupanqui, Discépolo, María Elena Walsh y, recientemente, Oscar Alemán-.

“No basta con que haya músicos para crear una escena: hay que inventar un público”

El método Pujol fabrica, en un solo movimiento, historias e Historia (con mayúscula). Su marca de estilo, un experimento que se afana en amenizar procedimientos académicos, conjuga en cada página el hecho musical con el acontecer político, la historia social con la historia sensual. “El objeto musical es huella del pasado pero no es una ruina”, dice Pujol, que ha dedicado una parte importante de su obra a investigar músicas de finales del siglo XIX y principios del XX, objetos culturales que “reviven cada vez que los reproducimos mecánicamente – hoy decimos digitalmente – o cada vez que alguien los interpreta”. Pero la pieza fundamental de su trabajo, a través de la cual propuso nuevos debates y reanimó figurones, es el estudio de las músicas de su propio período vital.

¿Cómo se puede pensar el presente del rock de esta ciudad en relación a la historia del género en Argentina?

Digamos que la historia, en tanto deviene tradición, le brinda cierta aura al presente, aunque también le exige competencia, hay que bancarse esa tradición y no morir en el intento. Si uno hace rock y es platense, se lo evaluará no sólo en el contexto actual del rock argentino, sino también en línea con Virus y Los Redondos. Una doble filiación: argentino y platense. Por supuesto, la historia siempre está, se vuelve contemporánea constantemente. ¿Acaso no disfrutamos de las reediciones de La Pesada, Invisible, Color Humano, etc. sin estar pensando a cada rato que son piezas del pasado? Pero en el caso del rock platense el gentilicio es fuerte, por más que nadie pueda explicar muy bien cuáles son los rasgos de esa identidad. Nadie dice “rock porteño” cuando escucha Acorazado Potemkin o Pez. Y ya no decimos “rock rosarino” cuando Fito Páez saca un nuevo disco. En cambio, Estelares seguiría siendo rock o pop platense por más que se mudara a una pizzería de Corrientes y Esmeralda.

En la última década la música de esta ciudad -sobre todo el indie-, ha ido reforzando su valor. ¿Se trata de un fenómeno periodístico o se puede hablar de La Plata como una singularidad en términos de creatividad?

Que la ciudad es singular en su productividad musical, no caben dudas. ¿Por qué sucede esto? Creo que tiene mucho de misterio. Cuando decimos (yo también lo digo) que hay un Conservatorio y una Facultad de Bellas Artes – además de escuelas privadas como EMU -, nos olvidamos de decir que un alto porcentaje de los músicos locales de rock/pop no pasaron por sus aulas, no han recibido una educación musical formal. Por supuesto, la ciudad tiene un carácter artístico desde su misma trama urbanística. Tiene una tradición cultural bastante importante, y sobre todo una genealogía rockera que empezó con la Cofradía y no ha cesado. De todos modos, creo que el periodismo especializado hizo mucho por la valoración del rock local. Un poco en broma, suelo decirle a Oscar Jalil que el rock platense es un invento de él, primero desde las páginas de música joven de El Día y luego con la revista Bongó y la FM de Universidad. Porque no basta con que haya músicos para crear una escena: hay que inventar un público.

Aún hoy el rock se describe como si fuera el género popular por excelencia, una suerte de relator privilegiado de la experiencia juvenil, pero en la historia de los géneros se ven apogeos, mesetas y olvidos. ¿Qué momento te parece que está atravesando el rock en el presente?

No tengo suficiente información sobre el presente de rock argentino como para dar un diagnóstico. Escucho otras músicas, y a veces me siento viejo para exigirme una actualización permanente (las computadoras se actualizan más fácilmente que los críticos). Hecha la salvedad, no deja de llamarme la atención que en los pools de mejores discos o mejores músicos de todos los tiempos, los primeros 20 puestos siempre estén copados por hitos que tienen más de 30 años de historia. En ese sentido, podemos aplicar la noción de “Retromanía” de Simon Reynolds para describir la fijación que tenemos con el pasado del rock. De algún modo, esto condiciona la producción actual, la pone en situación de subordinación respecto al canon. Sin embargo, hay algo que Reynolds no contempla y que me parece importante, al menos en la Argentina: el interés de los jóvenes por géneros “viejos” o tradicionales. Lo que la musicóloga colombiana Ana María Ochoa llama “músicas locales en tiempos de la globalización”. Pienso en el tango, por ejemplo. Una experiencia como la de la orquesta Fernández Fierro, cuyo último disco no casualmente fue producido por Tito Fargo, es tradición y novedad en un mismo movimiento. Y qué decir del folclore: ¿dónde entran Coqui Ortiz, Bruno Arias ó el trío Aca Seca en el esquema música joven-música vieja? El rock sigue vivo y seguramente tiene mucho para decir, pero su relato de experiencia juvenil ha perdido la centralidad que tuvo hasta no hace mucho.

En las artes plásticas nacionales la relación entre artista y crítico ha derivado en cierta “amistocracia”. La crítica musical todavía ofrece focos de rigurosidad, aunque en muchos artículos aparece la pregunta de si vale realmente la pena demorarse en juicios negativos. ¿Que pensás respecto de ese debate?

No estoy tan seguro de que la crítica musical sea más rigurosa o distante que la de las artes visuales en relación a los artistas involucrados. También hay bastante “amistocracia” entre corcheas. Quizá la diferencia esté en que el crítico musical dispone de mucha producción extranjera sobre la cual escribir (visitas internacionales, ediciones discográficas, etc.), cosa que no le pasa ni al crítico de plástica ni al de teatro. Cuando el crítico escribe sobre U2 o sobre Wynton Marsalis se anima a mostrarse más incisivo y menos complaciente. No sé ahora, pero hasta hace unos años en la sección de música del New York Times se enviaba a cubrir determinado concierto a un periodista que no conociera personalmente al intérprete. Es un sano ejemplo, aunque muy difícil de llevar a cabo. Te invito a que revises las críticas discográficas de artistas locales o nacionales. Difícilmente vas a encontrar un disco con menos de 3 estrellas (sobre 5). Las pocas veces que alguien quiebra esa estadística se produce un pequeño revuelo. El músico se indigna con el crítico, menoscaba su trabajo, cuestiona su idoneidad y, lo peor de todo, lo invita a ponerse en su lugar (Cosa que nunca sucede al revés: no conozco crítico que le haya dicho a un músico: “Por qué no agarrás el Word y te escribís una buena reseña”).

Sorprende que en tiempos en que la información musical está tan accesible, las editoriales apuesten más fuerte que nunca a la publicación de libros sobre el tema. ¿Por qué crees que tantos lectores siguen acudiendo al periodismo especializado?

La información circula masivamente y está alcance todo el mundo, es cierto. Pero es incontinente, carece de organicidad y generalmente está vertida sin filtros críticos. Y sin mucho espacio para la reflexión. Todo es un gran hipertexto, una corrida un tanto anodina de un link a otro link. Se supone que el libro requiere otro tipo de lectura, de una narrativa más articulada. Por supuesto, hay toda clase de libros, y aun se ve mucho texto meramente anecdótico, de pura data, pero coincido en que se escribe y edita más y mejor que antes. El autor –el crítico en general– funciona como agente cultural. Selecciona, relaciona, explica. Y escribe, no hay que minimizar el valor de la escritura sobre música. Quién lee artículos o libros sobre música no necesariamente busca complementar la experiencia de la escucha como si el texto fuera un apéndice o una continuación de la música por otros medios. La lectura es una experiencia en sí misma. La música como trama argumental puede resultar muy interesante. De todos modos no es un rubro sencillo, basta con observar donde guardan los libreros los libros sobre música, pasado un tiempo del servicio de novedades: al lado de los de cocina y jardinería.