Por Roberto Álvarez Mur

El 18 de julio de 1937 nació en Estados Unidos Hunter Stocktom Thompson. El mismo que en febrero de 2005, 67 años después, se llevó el caño de una pistola calibre 45 a la boca, en la cocina de su rancho en Woody Creek. Entre medio de ambos hechos, dedicó sus días y noches a reinventar el periodismo, enquilombar la cultura popular, y ser el cronista de una generación de jóvenes naufragados entre ácido lisérgico y napalm vietnamita.

Luego de pasar años en Puerto Rico como joven redactor de un diario de poca monta, entre jornadas de maratónicas de escritura y borrachera, Hunter Thompson parió su primera novela Días de ron, inédita hasta varios años después, y hoy convertida en una pieza indispensable dentro del género de novela moderna. Recién llegado a Estados Unidos a los veintipico, luego de deambular por el caribe como freelance, hablaba en un idioma irreproducible. Para mediados de los sesentas, Hunter pasaría al reconocimiento público por introducirse como reportero entre las filas de la célebre banda de motoqueros Hells Angels. La experiencia, que luego convirtió en el libro Hells Angels: la extraña y terrible saga de las bandas forajidas de motociclistas, lo llevó a un grado de involucramiento tal con sus protagonistas que le valió unas cuantas palizas.

A través de revistas clásicas como Harper’s, o Reader Digest, Thompson comenzó a calibrar el estilo de narrativa fresca y descarada que lo marcaría de por vida. Pero es en la llegada a la redacción de la precoz Rolling Stone, por entonces un pasquín alternativo para marginetas, donde Hunter presentaría al mundo su estilo de periodismo deforme, rebelde y jodido. Sus crónicas sobre eventos deportivos o congresos políticos de derecha, cargadas de rupturas narrativas como el monólogo interior, la perspectiva en primera persona y una observación  irónica, sagaz y desvergonzada de los hechos, serían la carta de presentación de un periodismo incendiario que luego sería bautizado con nombre propio: Gonzo.

“Para desarrollar  gran parte de su obra periodística, Hunter se inyectaba la sustancia química de la adrenalina. En otras palabras, se inyectaba miedo. Escribía en un estado de permanente miedo. Fue un temerario y desafiante”, recuerda Enrique Symns, periodista de culto y uno de los grandes admiradores del escritor norteamericano que aseguraba que Bush era el Ku Klux Klan.

Cuando el prestigioso escritor Tom Wolfe, a principios de los setentas, sentó las bases del llamado “Nuevo periodismo”, a través de las innovaciones constituídas por tipos como Truman Capote, Norman Mailer o Guy Talese, allí estaba Thompson. Asomando su incipiente cabeza calva, gafas Ray-Ban y el infaltable pucho con boquilla. Cuando el imperialismo yanqui envió miles de sus propios pibes a suicidarse en masa a Vietnam, ahí estaba Thompson para fotografiar con palabras cómo las bombas destruirían el gran sueño americano. En la salsa más picante del siglo, llena de hippies, rockeros, milicos y falopa, estuvo el señor Gonzo.

Hunter entró en la puerta grande de la cultura popular con su Fear and Loathing in Las Vegas -traducido al español como “Miedo y asco en Las Vegas” y luego “Pánico y locura en Las Vegas”, para la celebrada película protagonizada por Johnny Depp en el rol de Thompson-. Esta obra se convirtió no sólo en un exótico viaje a través de peripecias y desventuras cargadas de drogas, sexo y decadencia, sino que además reflejó el punto culminante la utopía adolescente de derrumbar a patadas el aparato de conformismo norteamericano. Sueño que nunca pasaría de ser eso: un lindo sueño.

A través de su prosa salvaje, Hunter desafió a las vacas sagradas de la academia que aún pregonaban la objetividad periodística y la incorruptibilidad de los hechos, casi siempre funcionales a los criterios corporativos del sistema. Continuó la tarea alguna vez librada por tipos como Hemingway o Scott Fitzgerald, de relatar cada minuto de su época como si fuera el último, lo más rápido y directo posible, con la sensibilidad de un poeta y la agilidad infalible de un boxeador.

Thompson continuó su carrera periodística colaborando para diversos medios de prestigio en su país, y ocasionalmente elaborando algunos relatos como Screwjack, u obras como Kingdom of fear, a veces firmados con su seudónimo de preferencia, Raoul Duke. Pero, con el correr de los años, las aventuras de la juventud quedaban cada vez más lejanas en la vida de un Hunter Thompson viejo y cansado que prefería pasar más tiempo chupando whisky y disparando a la nada con su viejo rifle de caza, que sentado frente a la máquina de escribir.

A 78 años de su llegada al mundo, y a una década de haber apretado el gatillo por última vez en la tierra, ahí está Hunter Thompson, Raoul Duke, y el señor Gonzo. Todos ellos, repartidos en las páginas más desenfrenadas del siglo XX. Sin miedo a la muerte. Con simpatía por el diablo.

Desde aquí se recuerda a ese bicho demente que rompió con la reproducción en masa de la cultura. Como él mismo alguna vez escribió: muy extraño para vivir, muy raro para morir.