Por Roberto Álvarez Mur

A los siete años de edad, Daniel Quintero jugaba con las preguntas y respuestas del juego “Cerebro Mágico”, y una de las consignas decía: “¿El padre de qué dramaturgo inglés era carnicero?”. La respuesta era William Shakespeare. El padre de Quintero también era carnicero. El niño decidió ese día que iba a ser escritor. Cincuenta años después, se prepara para presentar su noveno poemario, Malhoja.

“Malhoja es el deshecho de la zafra de la caña. Cuando todo ese residuo se procesa en fardos, los cañeros lo incendian y provocan lo que suele llamarse nieve negra. Una gran cantidad de ceniza cayendo por los poblados”, comenta a Contexto Quintero, quien presentará su nueva obra en el Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata el próximo sábado a las 18.30hs.

El escritor explica: “Está dedicado a Tucumán, a lo que representa esa ceniza como metáfora de todo lo que se quema en la historia de la zona. Aunque no era mi intención, algunos trayectos del libro apuntan a los tiempos del Operativo Independencia, y la figura de Bussi, esos tiempos oscuros”.

El libro está compuesto por tres partes: “Malhoja”, “Escribidor” y “Letra Sucia”. Cada pasaje presenta un recorrido diverso por el lenguaje y las memorias del escritor bonaerense. “’Letra Sucia’ es un conjunto que nuclea poemas que tienen un tiempo ya de veinte o veinticinco años y nunca fueron publicados, y otros que a lo mejor escribí hace unos tres meses”, indica Quintero, y agrega: “Es un título que cargo desde mis años de vida en Ushuaia, que originalmente pretendía ser un libro único y ahora añadí a Malhoja”. El libro, de unas 128 páginas, posee alrededor de un centenar de piezas poemáticas de la incipiente obra de Quintero.

A pocos días de la entrada de Malhoja en editorial, Quintero se enteró del galardón con el que fue premiado en un concurso de Villa María, en la provincia de Córdoba, por su libro Cotillón. El autor se detiene y piensa en el atractivo máximo que posee el lenguaje literario que enmarca su obra: “En la poesía hay síntesis, contundencia. Esos golpes que tal vez te llegan directos y no los advertís. La poesía tiene esa particularidad más eficiente”.

“Cerebro mágico” es uno de los poemas que componen la obra de Quintero, en alusión al juego de niños que lo involucró, casi sin advertirlo, en la poesía. Hoy está dentro de “Escribidor”, de Malhoja:

Cerebro mágico

a Joaquín, mi viejo

William Shakespeare
cuyo padre, como el mío, era carnicero,
posiblemente haya recibido poesía
en esas mañanas de picardía y quejas
cuando las vecinas esperaban su turno
y entre carnes de estofado y trozos para guisar
el pequeño Guillermo construía sus letras.
El padre del niño William nunca supo
que marcaba su oficio,
así llegaban a él resoluciones literarias
por trozos de carne cortada por un cuchillo en prosa,
pulpas y huesos para un caldo desde donde
salían los vapores que después fueron sonetos.
Tal vez Julieta haya sido una joven vecina
próxima, inalcanzable sin escalera, hija de Otelo,
sobrina de Hamlet
y Romeo un rey Lear desvelado
por darle un sentido moderno a los mitos griegos.

Mi infancia fue algo más cómoda,
por esos tiempos, y entre otras cosas,
los mitos estaban resueltos y ya existía el psicoanálisis,
las vecinas eran más factibles,
y ya había luz eléctrica y pilas
que en un juego del Cerebro Mágico
encendía una lámpara cuando se preguntaba…
“el padre de qué gran dramaturgo inglés era carnicero?”

Así llegaron a mí entre churrascos
y carne de poesía picada
versos coloridos de sangre, cuentos, quejas y murmullos
en la melancolía y al amparo
de una diminuta luz de este juego
que acierta, da conmigo, responde William Shakespeare
y sin saberlo, como su padre/como el mío
marcan mi oficio.