Por Ana Carbonetti

Domingo 23.30. Es una noche húmeda en la ciudad. La casa de los Bru está llena de amigos y compañeros. Puedo ver la complicidad de los años. De la lucha. En la esquina espera el colectivo que nos llevará a Pigué. A partir de mañana la Escuela de Educación Secundaria N° 5, de esa localidad, llevará el nombre de Miguel Bru.

Poco más de 500km nos separan de Pigué. Y de lo que allí nos espera. Llevo grabada la imagen de la foto de Miguel que reposa en el pasillo de la casa. Sonreía.

8 am de este lunes con neblina

Café con leche de entre tiempo. Y primer cigarro del día para los más ansiosos. Ya estiramos las patas. Ya sentimos el frío que roza los tres grados y cala los huesos. El vapor sale por la boca de Rosa, mientras nos organiza el recorrido por la estación de servicio. Y nos invita a pasar como en su casa, en una actitud anfitriona que se rehúsa a abandonar.

Veo a Néstor que entra por la puerta principal, frotándose las manos por el frío. Poncho, boina y lentes. Y en su mirada una puede imaginarse a Miguel, aunque no lo haya conocido. Las fotos delatan a padre e hijo.

10 am, llegamos a la escuela

El frío nos repliega adentro. Nos recibe una comitiva de autoridades escolares. Más que como autoridades nos reciben como compañeros. Nos da la bienvenida un cartel que dice “Yo quiero que mi escuela se llame Miguel Bru”, firmado por los pibes y pibas del colegio.

El establecimiento tiene, dentro de su currícula, la orientación comunicación. Y la elección del nombre fue por votación popular. Entre los candidatos –seleccionados por los 105 estudiantes que asisten a la escuela– estaban Walsh y Miguel. Y Miguel –en un acto de irreverencia– le ganó la pulseada a Rodolfo. Y una placa con su nombre de madera tallada, con barniz –que espié en un acto tramposo antes de entrar– aguarda para ser descubierta.

Los estudiantes llevan un cartelito en el pecho, del lado izquierdo –donde, dicen, se ubica el corazón– con la cara de Miguel. Nos invitan a llevarlo también. Y entendemos que aquí nace otro lugar de esperanza, donde vencer el olvido.

En el salón tres mesas nos arman una ronda grande, que reúne a las madres del amor.

Sebastián Bordón, Romina Acuña, Natalia Melman, Ezequiel Demonty, Christian Domínguez, Judith Giménez, Jorge David Corona y Pablo “El pollo” Gallo, son los hijos que las parieron en la lucha contra la violencia institucional. Cuentan aquí, como en cada rincón de la patria, su historia. Y esos hombres y mujeres renacen al calor del relato del amor. Y derrotan el odio.

El sol pega de lleno en todo el patio. Encandila los ojos que distinguen en la claridad los carteles colgados del cuello. “¿Dónde está Miguel?” más que una pregunta es un pedido de justicia y verdad. No pudieron asesinar la memoria. La respuesta está frente a nosotros. Puedo verla en Rosa, en Néstor, en sus amigos…

Miguel sigue vivo.

11.30 am

Ya se leen las adhesiones en el acto de nombramiento de la escuela. Más que adhesiones, estas son las palabras que reafirman el compromiso inclaudicable con la búsqueda de la verdad.

Se descubre el cartel que lleva tallados el nombre y el rostro de Miguel (lo hizo un pibe de sexto grado). Por los ojos de Rosa brota la nostalgia de los años de dolor transformados en lucha.

Aquí, a las 12 del día, bajo el sol de Pigué –y con el rostro de Miguel que sonríe, como en la foto que reposa en el pasillo de la casa de los Bru–, queda sembrada la esperanza.

Entra la murga. Y la leyenda de un estandarte que lleva dibujada a Rosa con Miguel habla de una mujer que sigue buscando el rock and roll que parió de sus entrañas.


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