Por Roberto Álvarez Mur

A dos meses de su partida física, el escritor y periodista Martín Malharro fue homenajeado en la Facultad de Periodismo de la UNLP. Entre los anfitriones del acto se encontró el reconocido cronista policial Ricardo Ragendorfer, quien habló con Contexto sobre periodismo, la bohemia y el recuerdo de quien definió como un “militante de la conversación”.

En algún momento de la década de los ochenta, la oscura redacción de la revista El Porteño puso en contacto a Ricardo “Patán” Ragendorfer, editor de la publicación, con un escritor que traía excitantes crónicas y relatos de diversos viajes por las partes más recónditas del planeta; su nombre era Martín Malharro.

A partir de allí forjarían una amistad que alternarían entre las oficinas de redacción y las trasnoches en el mítico Bar Británico de San Telmo, bastión porteño donde se cocinó la obra entera del escritor y titular de la “famosa” cátedra de Gráfica III de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. A dos meses de su fallecimiento, Martín Malharro fue homenajeado en su propio salón de clases.

“El legado de Martín es su modo de observar el mundo, y la excelencia con la cual trasmitía lo que percibía de su alrededor.”

“Me cuesta hablar de legados y herencias literarias, aunque sí existen. Pero cuando uno habla de legados está refiriéndose a un problema o un dilema sucesorio, que en este caso no es un bien material sino un modo de mirar el mundo. Pienso que el legado de Martín es su modo de observar el mundo, y la excelencia con la cual trasmitía lo que percibía de su alrededor”, expresó Ragendorfer.

El especialista en periodismo policial recordó los días de la vieja escuela de la crónica narrativa, de la mística de la noche y los bares, y –desde ya– el recuerdo de su viejo amigo.

-Luego de tantos años y tantas historias, ¿se mantiene vivo el espíritu de aquella generación de escritores que se conformó entre los setenta y ochenta?

-Hoy son tiempos distintos. Y en el caso de Malharro, de una amistad de casi treinta años, en ese tiempo nos convertimos en personas distintas. En ese sentido, desde luego que entre aquellos tiempos y estos, la diferencia entre aquel mundo y el actual fue el reemplazo del ruido que hacen las Olivetti por el silencio de las computadoras. Es decir, en la época en que nosotros nos hicimos amigos los diarios y las revistas se hacían en los bares. Las redacciones funcionaban en los bares que quedaban frente a las redacciones nominales. En ese sentido, eso mismo se fue perdiendo, aunque sí existía en Martín, como muchos lo señalaban en este homenaje. En su militancia por la conversación. Cada encuentro con Martín era un viaje a través del tren de la conversación y eso iguala en intensidad a las épocas más intensas del periodismo.

-¿Cuál es la clave para entender la sensibilidad de esa escritura?

-Yo pienso que la mirada de Martín era muy cinematográfica. Tanto su literatura como su prosa periodística están marcadas por la sencillez, por la sencillez de un gesto o de un pequeño disparador. O incluso del humor que sobrevuela sobre toda su materia humana. Estaba puesta en su puntería.

“Cada encuentro con Martín era un viaje a través del tren de la conversación y eso iguala a las épocas más intensas del periodismo.”

-¿Dónde reside la importancia política de esta clase de periodismo?

-Considero que, más allá de la visión política que uno tenga de la realidad, el modo de escribir –al menos en el caso de Martín– nos pone ante una ideología misma de la escritura. A partir de ese modo de ver el mundo, la escritura y la vida personal de Martín articulan una determinada escala de valores que expresa el significado de la ideología. No es que la obra de Martín sea fruto de una visión política de demostrar a través de la escritura una presunta verdad. En todo caso, sus textos nos lanzan a los lectores no a certezas, sino a más preguntas.

Durante el acto conmemoratorio se hicieron presentes, además de familiares y amigos del docente, el periodista Carlos Gabetta, ex director del diario Le Monde Diplomatique, el fotógrafo José Mateos, autor de las imágenes que ilustran las novelas de Malharro, y el director de la revista digital Anfibia, Cristian Alarcón. Un último largo adiós para un militante de la palabra.


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