Por Andrés López

Fue en Chile, se definió en el Estadio Nacional y no este 2015, sino hace 24 años, en 1991. Esa vez, Argentina volvió a ser campeón de América después de 42 años. El entrenador era Alfio Basile, que tomó la posta de Carlos Bilardo. Se hizo cargo de un seleccionado campeón del mundo y decidió hacer lo que se hacía por entonces: armó un plantel con jugadores que estaban en el país y entrenó con ellos. Eran 25, la mayoría jóvenes y algunos líderes. Uno de ellos se llamaba Gerardo Martino.

El Tata, que la rompía en el Newell’s de Marcelo Bielsa, estaba llamado a ser el técnico dentro de la cancha. Pero en el medio llegó una oferta de Tenerife, viajó a jugar a España y se quedó afuera del equipo. Sin él, Basile siguió trabajando con los futbolistas que todos los fines de semana se lucían en las canchas argentinas. Y con ellos decidió afrontar la Copa América del otro lado de la cordillera.

Para la hora de la competencia, el DT apenas llamó a dos futbolistas de todos los que estaban en Europa: Diego Simeone (con apenas 21 años) y Claudio Caniggia. El Cani venía de un gran Mundial en Italia 90, y cuando se sumó apenas encontró a dos de los subcampeones mundiales, Oscar Ruggeri y Sergio Goycochea. Con Maradona suspendido, el rubio era el as de espadas en la delantera y el único al que el entrenador consideró necesario sumar del exterior. Y no se equivocó.

El Tata la rompía en Newell’s y estaba llamado a ser el técnico dentro de la cancha. Pero llegó una oferta de Tenerife, viajó a jugar y se quedó afuera del equipo.

“Una de las virtudes de un técnico es aprovechar el mejor momento de los jugadores”, decía Basile. Por eso completó el ataque con Gabriel Batistuta, el goleador de Boca, y Leonardo Rodríguez, el armador de San Lorenzo. Los dos la rompieron junto con Caniggia y fueron una de las claves de un equipo que sorprendió a propios y extraños hasta quedarse con una copa que nuestro país no ganaba desde 1959. Y que en el futuro se demostró que iba a ser muy difícil de volver a ganar.

Esa Copa América, además, le sirvió a Basile para renovar una selección que había dado todo en los ocho años en los que Carlos Bilardo estuvo al mando. Con otro estilo, con otros nombres y con otros objetivos, Argentina siguió siendo un equipo de primer nivel mundial, tanto que llegó a estar 33 partidos consecutivos invicto, con un envión que lo hizo repetir la Copa América en 1993.

Todo el proceso se forjó en los seis meses previos a la cita de Chile. Con un grupo casi sin experiencia de selección, pero con el desafío de hacer su propio camino. Para eso se juntaban a entrenar todas las semanas en Ezeiza, en el predio de la AFA. Con la única receta posible en deportes por equipo: la de trabajar en conjunto, consolidar un grupo y ponerse plazos para esperar los resultados.

Todo el proceso se forjó en los seis meses previos a la cita de Chile. Con un grupo casi sin experiencia de selección, pero con el desafío de hacer su propio camino.

Otro camino elegido

De un tiempo a esta parte, mientras tanto, el fútbol argentino abandonó ese camino. Sin ir más lejos, en la última década ningún entrenador completó un proceso de cuatro años. Desde que Bielsa se quedó sin energía en 2004, pasaron Pekerman, otra vez Basile, Maradona, Batista y Sabella. Con suerte diversa, todos estuvieron menos tiempo. Tal vez por eso la selección se parece cada vez más a un conjunto de individualidades y cada vez menos a un equipo. Para darle forma a un equipo es necesario juntarse y entrenar. Y eso sucede cada vez menos.

Martino, si llega a dirigir el próximo Mundial, llegará con más tiempo en el cargo que el que tuvieron los anteriores. Lo que le espera, claro está, no será sencillo. Acaba de perder la final de la Copa América y eso le quitó gran parte del crédito que hubiera tenido si la ganaba. Y en breve empezará a rendir examen ante su púbico, tanto que en octubre van a comenzar las eliminatorias para Rusia 2018, con un plantel de indudable jerarquía pero golpeado en el alma luego de perder dos finales consecutivas.

Con el diario del lunes, además, Martino no sólo perdió con su equipo la final de la Copa América, también perdió la chance que se dio a sí mismo Basile en 1991: la de tomarse seis meses para entrenar en campo con un equipo, conocer a nuevos jugadores y testear en una competencia de primer nivel cuál es la respuesta que ellos pueden darle. No lo hizo antes de viajar a Chile y parece difícil que vaya a hacerlo ahora, con las eliminatorias tan cerca en el horizonte.

Nadie duda, entonces, que el camino hacia Rusia 2018 tendrá dentro de la cancha al grueso de los mismos protagonistas. Y en lo inmediato no parece haber mejores candidatos para vestir la camiseta celeste y blanca, por más que en las últimas horas las redes sociales estén inundadas de mensajes expresando un hartazgo por ver siempre los mismos nombres convocados. De lo que poco se habla es de que la edad general del grupo marca una alarma de cara al futuro.

Nadie duda, entonces, que el camino hacia Rusia 2018 tendrá dentro de la cancha al grueso de los mismos protagonistas. Y en lo inmediato no parece haber mejores candidatos.

De cara a Rusia 2018, Argentina proyecta un equipo más que veterano. Chiquito Romero llegará con 31 años, Zabaleta con 33, Demichelis con 37, Garay con 31, Otamendi con 30 y Rojo será el benjamín, con 28. En el medio, Mascherano tendrá 34, Biglia 32, Banega 30, Gago 32 y Pastore 29. Los de adelante están en la misma línea: durante el Mundial, Messi cumplirá 31 años y sus socios también cumplirán en este lapso, por lo que Agüero, Higuaín y Di María llegarán con 30, Tevez con 34 y Lavezzi con 33.

Todos los nombrados tienen al menos un Mundial en el lomo y casi todos tendrían edad para llegar al próximo, pero llevar a Rusia un plantel con un promedio de edad tan alto sería suicida. La tarea de Martino, entonces, debería incluir una necesaria renovación de su plantel. El principal problema que tendrá hacia adelante es que no le sobrará tiempo para hacerlo, porque la dinámica de las eliminatorias sólo permite un puñado de prácticas antes de cada partido.

Como en 1991, el mejor momento para trabajar sin presiones era antes de esta Copa América, aquella que el Tata se perdió de jugar. Se sabe: el DT priorizó respetar a los subcampeones del mundo y darles la chance de una revancha en un torneo que era factible ganar, tanto que estuvo a penales de lograrlo. No lo logró y ahora tendrá un desafío doble: lograr que renueven el compromiso y a la vez incorporar sangre joven en el grupo. Con la competencia que se le viene, no la tendrá sencilla. Lo mejor hubiera sido hacerlo en Chile. Pero esa Copa ya se la perdió.