Por Roberto Álvarez Mur

A mediados de la década del cincuenta el tango recibió un fuerte cachetazo que le dio vuelta la cara: un irrespetuoso se atrevió a quebrantar la ley del dos por cuatro para convertir el tradicional género rioplatense en una vertiginosa mixtura de jazz, rock y música clásica. El responsable de esto fue un furioso muchacho que estiraba el fuelle de su bandoneón hasta hacerlo gruñir como una bestia. Su nombre era Ástor Piazzolla.

Marplatense de nacimiento, curtió los diversos lenguajes musicales del mundo ya a partir de su infancia neoyorkina, donde entró en contacto con el jazz en su pleno desarrollo, como también con el abanico barroco de Bach y Mozart. “(Piazzolla) reinventó el tango reinventándose él mismo. Llegó a un nuevo territorio musical y quemó las naves que lo habían llevado hasta allí”, escribió el historiador y especialista en música Sergio Pujol sobre la obra de ese visionario que supo encastrar en la estructura tanguera guitarras, bajos eléctricos y batería. Una impronta que marcaría la dialéctica de su vida, debatida de manera permanente entre tradición y ruptura.

“Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires”, afirmó con coraje frente a los fundamentalistas de una escena musical que iba en camino a la prehistoria de la cultura, en un panorama social que empezaba a parir una juventud nueva, con nuevas incertidumbres, gustos y búsquedas. Piazzolla encontró más cabida en la bohemia y la vanguardia –palabra polémica, si las hay– que en la vieja escuela de guapos y malandras de los arrabales en decadencia.

Ese caos organizado con delicadeza y rabia que es la música de Piazzolla encuentra su mayor esplendor en las rupturas de ritmos, que se vuelven acelerados y erráticos, como también se conducen a un clímax de melancolía y quietud máxima. Piezas como el despliegue de desgarro y dulzura de “Romance del diablo”, también presente en el cálido movimiento final de “Inverno porteño”, o el infeccioso latido constante –casi para el pogo– de “Escualo”, muestran la versatilidad inclasificable de un tipo que tomó el bandoneón para jugar como un niño eterno, perdido en las calles de Buenos Aires. Su constante experimentación le valió ser observado con reticencia por las vacas sagradas de la música durante muchos años.

Danzando entre la lírica de poetas mágicos como Jorge Luis Borges o Ernesto Sábato, y la voz hueca y gélida de Edmundo Rivero, los enrosques musicales de Piazzolla abrieron un surco en la música argentina que, hasta el día de hoy, genera tanta admiración, misterios, controversias y emociones. En la actualidad, la sombra de Ástor ronda entre cientos de jóvenes músicos que se ponen de pie, apoyan una pierna en la silla y, sobre el regazo, desgranan las risas y lamentos del bandoneón, siguiendo el camino sellado en clásicos ya internacionales como “Adiós nonino”, “Oblivion” o “Libertango”.

Piazzolla dejó este mundo el 4 de julio de 1992. El bandoneón quedó sin aire en la recta final del siglo XX. Desde entonces, el invierno porteño ya no es el mismo.