Por Fernando Alfón* (desde Salamanca, España)

Imaginemos que queremos comprender un crimen puntual acaecido durante la conquista de América (pongamos por caso, el asesinato de un cacique), que aún no sabemos a cuál de las distintas leyendas darle crédito y que para interpretar los hechos sólo tenemos un grupo reducido de testimonios y crónicas de la época. Si renunciamos a esos documentos, so pretexto de que no podemos fiarnos de ellos, renunciamos, además, a la fuente fundamental para recomponer, al menos, el espíritu de época, la ideología de los conquistadores, la concepción que tenían de los indios, etcétera. Es probable que sólo podamos obtener una hipótesis del crimen, pero de seguro podamos recomponer algo aun más relevante: deducir si el crimen fue posible. Con este tipo de dilemas se encontró Todorov al encarar su extraordinaria investigación en torno a la conquista de América, cuyo principal acierto consistió en haber estimado los documentos, no como descripciones objetivas de los hechos, sino como descripciones de cosas «plausibles». Reemplazó la idea de lo verdadero por la de lo verosímil.

Tomar cierta distancia de la Argentina me permite ver los verosímiles que la embargan. Hoy salí a comprar algunos diarios aquí en Salamanca para ver qué se decía de ella y advertí que, para juzgar los acontecimientos públicos, los argentinos estamos casi en las mismas condiciones en las que está un historiador para pensar un suceso de hace cinco siglos. Los actuales nos son más cercanos en el tiempo, pero rápidamente se abisman. Paradójicamente, toda la tecnología dispuesta para echar luz sobre los hechos nos distancian de ellos: la prensa, las teorías conspirativas y los intereses cruzados de quienes los describen; las fotos de la evidencia son a la vez la habilidad de trucar las fotos, las filmaciones son también la sospecha de inautenticidad, los audios clandestinos, borrosos y confusos, incriminan pero también liberan a los sospechosos. Una extraordinaria brecha se crea entre los acontecimientos públicos y la dilucidación de los mismos. No hay manera, una vez mediatizados, de que se pueda saber qué ocurrió.

PARA JUZGAR LOS ACONTECIMIENTOS PÚBLICOS, LOS ARGENTINOS ESTAMOS CASI EN LAS MISMAS CONDICIONES EN LAS QUE ESTÁ UN HISTORIADOR PARA PENSAR UN SUCESO DE HACE CINCO SIGLOS. LOS ACTUALES NOS SON MÁS CERCANOS EN EL TIEMPO, PERO RÁPIDAMENTE SE ABISMAN.

El último caso que evidencia esto fue la muerte del fiscal Nisman, el pasado enero de este año. En pocas semanas, la audiencia había creído, con pruebas irrefutables, que se había tratado de un asesinato, de un suicidio, de un atentado terrorista y hasta de un crimen pasional. Todo había sido posible. Y, cuanto más se investiga y se suman peritos a la causa, el misterio crece. Los opositores al gobierno salieron a plantear que el propio gobierno había mandado matar al fiscal y eso se creyó a tal grado que se organizó una marcha multitudinaria para abrazar esa certeza: la de que esa muerte, independientemente de que hubiera sido un asesinato, era verosímil que lo fuera. Hecho y posibilidad del hecho equivalían. Como si lo fundamental del hecho no fuera su realización fáctica, sino enunciativa. En tanto crimen político, armonizaba muy bien en la narración-marco en la que esa multitud interpretaba todos los acontecimientos.

Orson Welles ya nos había regalado un extraordinario ejemplo de cómo funcionan esos «encuadres», al anunciar una invasión extraterrestre y poner en pánico a la sociedad norteamericana. El hecho era deliberadamente ficcional, pero la audiencia estaba preparada para asimilarlo como verdadero. En el caso del fiscal, no cabe duda de que está muerto, pero el público —es apropiado acá llamarlo de ese modo— vive esa muerte como un episodio teatral.

He aquí, entonces, la cuestión central del asunto. La posibilidad de saber la naturaleza real de las cosas que suceden en el plano público es tan incandescente, que la abreviamos encajándola en una narración-marco que ya conocemos, en la que creemos, y nos permite rápidamente leer los acontecimientos. Hoy, quizá, más que nunca, la gran parte de la ciudadanía cree en alguna de esas narraciones, que son diversas, pero no son infinitas, ni puras, ni estáticas, pero si las describimos nos asombraríamos de lo mucho que tienden a serlo. Son narraciones que sufren cotidianamente pequeñas fisuras y realizan suaves movimientos, aunque son tan lentos e imperceptibles que emulan el desplazamiento de un gigante adormecido.

Por eso es tan difícil hacer cambiar de opinión a un lector contemporáneo, ya sea de un medio o de otro; porque, por más que le digan que el director de su diario preferido es un mafioso, no lo creerá, aun con la documentación probatoria sobre la mesa, pues presumirá de que todo pudo haber sido armado, que los ataques no son a su referente intelectual, sino a la totalidad del encuadre.

LO VEROSÍMIL NO SE CONTRASTA CON LO REAL, SINO CON LAS PARTES INTERNAS DE LA NARRACIÓN-MARCO. FUNCIONA COMO UNA OBRA LITERARIA CUYAS REGLAS DE COHERENCIA SON INTERNAS A LA OBRA MISMA. SI EN ELLA LOS GATOS HABLAN, LO EXTRAÑO PUEDE SER QUE APAREZCA UNO QUE MAÚLLE.

Lo verosímil, por tanto, no se contrasta con lo real, sino con las partes internas de la narración-marco. Funciona, en este sentido, como una obra literaria, cuyas reglas de coherencia son internas a la obra misma. Si en ella los gatos hablan, lo extraño puede ser que aparezca uno que maúlle. De aquí que no es raro advertir que, a menudo, los críticos de la literatura estén más dotados para comprender ciertos acontecimientos que muchos analistas políticos, al menos aquellos que buscan una correspondencia prístina entre los hechos y la realidad.

No hay hechos públicos por fuera de esos encuadres narrativos. El que nos contiene a nosotros mismos es, lamentablemente, el que menos podemos ver, pues no es posible dilucidar el verosímil que nos contiene. No obstante esto, comprender los encuadramientos nos permite espiar los verosímiles ajenos y asumir el propio sin énfasis ni superstición. No pretendo reducir la realidad política a meras ficciones, digo que tendemos a percibirla incrustada en alguna de esas gramáticas. Como si el apotegma nietzscheano hubiera sufrido una ligera variación: no existen los hechos, existen sus encuadres.

Ahora bien, en los textos literarios los lectores ceden voluntariamente a la realidad interna de las ficciones. En la realidad política esa cesión de derechos es casi desesperada: la necesidad de la comprensión inmediata de lo que sucede requiere abandonarse casi por completo a la interpretación a priori: antes de que suceda el crimen, ya sabemos quién es el asesino. La consumación del hecho viene a confirmar nuestros puntos de vista.

Participar de esa narración-marco interpretadora de los hechos públicos no es participar sólo de un texto generador de otro texto similar a sí mismo, de una simplificación; es participar de una comunidad afectiva, es estar junto a otros tantos que comulgan con esa narración. La contención de ese encuadre no es sólo hermenéutica, es social; el encuadre no es más que un grupo familiar de ideas, personas, lugares y publicaciones rápidamente reconocibles. Saltar de esa comunidad es como saltar al vacío. Ser parte de esos grupos es creer que se descifra el mundo por razonamiento propio. No pongo en duda que eso a menudo sea posible, pero advierto más bien lo mucho que esa familia nos interpreta el mundo por nosotros.

* Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.