Por Roberto Álvarez Mur

A principios del 92, el grupo de cumbia Los Leales incorporó como nuevo cantante a un talentoso morocho de ojos color miel y voz de conductor de televisión. Después de pasar la década de los ochenta deambulando por los bailongos de Bernal Oeste, ese pulmón gris de Quilmes atravesado por la columna vertebral atrofiada que es la Avenida Calchaquí, el cantante original Marcelo Agüero había abandonado la banda y su séptimo disco, Quédate mi amor, consagró la llegada del nuevo vocalista, que se ganaría el reconocimiento del público bajo el nombre de Luis Ángel.

Eso fue en el 92. En 2015, todos en el barrio sabemos que Luis Ángel en realidad es el Pichi. Que Pichi nunca se llamó Luis Ángel, sino Luis Pereyra. Que el Pichi aprendió a cantar y tocar la guitarra antes de saber leer y escribir. Que Pichi vivió toda su vida enfrente de mi casa, en el barrio El Sol de Berazategui, a siete cuadras de la estación de Ezpeleta. Que su padre era el viejo Juan “Pampita” Pereyra, quien pasaba tardes enteras en su rancho con mi abuelo jugando al truco, chupando vino y puteando a River. Que mi vieja, cuando eran chicos, le enseñaba a Pichi a pulir faltas de ortografía, y el negrito iba con su cuaderno de apuntes y la guitarra que lo doblaba en tamaño. Que el Pichi pasó su vida en la calle 6 y un día, así de la nada, nadie volvió a verle la jeta.

Hace algunos días, en la maroma de publicaciones de Facebook, un pibe del barrio subió un video de Youtube de Los Leales, mostrando la portada de aquel séptimo álbum del tristísimo 1992, y adjuntó la frase: “A ver si adivinan, ¿Dónde está el Pichi?”. Y en la tapa ahí estaba; la sonrisa reluciente, brillante, del Pichi; los ojos claros, la cara de pendejo fachero bonaerense, mezcla de Luis Miguel y Palito Ortega. Dónde está el Pichi, preguntó. Y yo le respondo: “El Pichi está acá, amigo, nunca se fue”. Cada tanto lo cruzo en la estación de Berazategui y me saluda, me da un abrazo, se acuerda de mí como si yo todavía tuviera cinco años y fuesen las navidades en mi casa, cuando venía con la guitarra y se quedaba toda la noche canturriando cumbias y rocanroles en espanglish. “Mandale saludos a tu vieja y a tus hermanos”, me dice el Pichi que, veintipico de años después, todavía tiene cara de tapa de disco de cumbia romántica. Todavía es el Pichi del 92, que iba a los actos de mi escuela primaria República del Paraguay con su camisa de ensalada de fruta y cantaba un par de canciones para toda la monada. El Pichi se subía al escenario polvoriento del colegio y era un rockstar, lo más; pleno verano, hasta las manos de gentío, cincuenta grados a la sombra, y el Pichi la rompía, cantando alguna cumbita y alguna que otra balada ochentera.

Después, durante la semana, le mangueaba a mi vieja si tenía unos puchos o algunos hielos de los que teníamos en uno de los pocos freezer de la cuadra. “Susy, ¿no tenés cubitos?”, preguntaba con su carisma para recordar el “Susana”, el espantoso segundo nombre de mi madre.

Hoy suenan Los Leales en el barrio, con los temazos del entrañable Quédate mi amor; cumbianchas antológicas, una atrás de la otra. “Con el corazón en la mano”, “Por creer en el amor”, “Qué lástima”, hits que no fueron, o fueron quince minutos y después pintó el bajón. “Qué grande Luis Ángel en la voz, un cantante de la puta madre y gran tipo, vecino de Berazategui, lástima que no tuvo gran éxito este CD”, agita un comentario de Youtube de un tal Ramón, que se lamenta por Pichi; por él y su voz de costanera Quilmes en verano, que un día se borró del barrio y nos dejó a todos sin guitarreada.

Y dónde estará el Pichi, se pregunta la vagancia. Está por aparecer en alguna esquina de Berazategui, para preguntarme cómo anda mi vieja, para saber cómo están mis hermanos que ya ni viven en el barrio, para mandarle saludos a mi abuelo que ya falleció hace siete años. Está por renacer en la tapa de algún CD que ande pululando por el mundo.


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