Desde que dedica cada fin de semana a retratar, uno por uno, a los asistentes a distintos eventos en casas culturales de La Plata, la obra del fotógrafo Nazareno Borrach, alias Zanarenco, ha cobrado un espesor acorde al interés que produce. El registro no solo exhibe el semblante de un conjunto de personas, sobre todo jóvenes, con intereses en común y modos diversos de presentarse en público, sino que resitúa a la fotografía en una de sus operaciones fundacionales: la de documentar un momento determinado de un conjunto social determinado, y a la vez construirlo. “Pienso en la fotografía norteamericana de los ’50 y ’60”, dice Zanarenco, “que en ese momento no era nada importante porque simplemente veías fotos que sacaba la gente en la ruta y otras cosas cotidianas que hoy, años después, tienen algo exótico y atractivo”.

La obra, que al momento reúne más de quinientos retratos tomados sobre todo en Milton y en Cösmiko, es una invitación al extrañamiento o, quizás, a una suerte de arqueología del presente. “Creo incluso que va a cobrar valor, no sé si más, pero algún otro valor, con el paso del tiempo”, especula.

“HAY UNA DIFERENCIA ENTRE UN FOTÓGRAFO Y UNA PERSONA QUE TIENE UN DISPOSITIVO Y SACA FOTOS: NOSOTROS TENEMOS LA OBLIGACIÓN DE CONTAR ALGO”

El conjunto de retratos de este fotógrafo de 32 años, que se reconoce discípulo del argentino Andy Goldstein y del norteamericano Don Rypka -ambos de linaje documental-, está disponible en su perfil de Facebook, hecho que no solo invita al stalkeo, también abre lecturas e interrogantes alrededor de lo social y su relación con la imagen.

¿Cómo surge el proyecto?

El embrión apareció en 2003, en otro contexto. Entonces no había casas culturales, ni había tantas fiestas, incluso la gente se ponía recelosa al ver una cámara en un lugar así. Lo empecé a hacer en el sótano de un boliche, con una cámara analógica, pero se me rompió la cámara la segunda vez que fui. Muy feo, mucha frustración, así que abandoné el proyecto hasta que hace un par de años los chicos de la galería Cösmiko me invitaron a hacer fotos de un evento, acepté el trabajo pero les dije que bajo ningún punto de vista iba a hacer sociales, y les propuse hacerlo a mi manera.

¿Cuál es para vos el tema de estos retratos?

Desde el principio mi interés fue trabajar la construcción de identidades colectivas e individuales en la cultura contemporánea, un tema que me obsesiona. Me interesa ver cómo nos construimos públicamente, cómo nos presentamos, sobre todo en la redes sociales, qué pasa con eso colectivamente, y ver también qué me pasa a mí con todo eso. Aunque al principio no lo pensé como un trabajo documental

¿Cuál es la relación de esta obra con las redes sociales?

Creo que a través de las redes sociales visualizamos la otredad de un modo distinto. Antes construir una personalidad pública llevaba más tiempo. La construías en eventos, a partir de amigos en común, pero con las redes sociales me parece que se esa construcción se potencia mucho más, aparece una inmediatez que a mí me resulta por lo menos interesante.

¿Y a vos qué te pasa con este trabajo?

Básicamente refleja mi inquietud por el otro. Cuando arranqué en 2003 estaba terriblemente neurótico, tenía mucho miedo al otro, me costaba. Entonces la cámara funcionaba como un mediador interesante que me ayudó a descubrir que la gente es increíble. Ese fue el eje principal. Ahora es un tema que tengo medianamente resuelto y estoy concentrado en contar algo.

En el proceso van apareciendo caras que se repiten

Eso también me resulta interesante, la repetición, porque enfatiza lo de identidad local. No inventé nada, lo que estoy haciendo es retrato psicológico del siglo XIX, pero con una estética posmoderna. A veces juego con que entiendo que esa construcción identitaria es una ilusión, pero para la acción fotográfica elijo creérmela, y que el otro también se la crea. Y ver qué me pasa a mí y qué le pasa al otro que está al otro lado del lente. Por ejemplo, aparecen cosas como la ceremonia de la sonrisa, el momento Kodak, y a mí me resulta interesante sacar a las personas de ese lugar. También hay personas que se arrepienten y días después me piden que los saque del álbum de retratos, lo cual me parece entendible.

Hablemos de la fotografía en general, ¿cuál el rol hoy?

El paradigma cambió cuando apareció la Nikon d70, que fue la primera réflex digital que se masificó. Eso potenció la idea de personas que tienen un dispositivo y que sacan fotos, pero yo creo que no son fotógrafos. Hay una diferencia entre un fotógrafo y una persona que tiene un dispositivo y saca fotos, y me parece recala en que los productores de imágenes tenemos la obligación de contar algo. Lo importante hoy es concientizar que hay que sacar menos cantidad de fotos. El desafío está en pensar la práctica, porque me parece que hay mucha gente que tiene mucha inercia con el dispositivo pero no trabaja el lenguaje, no conceptualiza. Eso también habla del lugar desde el cual nos paramos los fotógrafos, más allá de la formación técnica, lo que te hace fotógrafo es la posibilidad de contar algo.