Por Luis Wainer*

La Guerra de Malvinas y la dictadura cívico-militar tienen un mismo signo de origen, de carácter imperialista. La Guerra de Malvinas, inscripta en una causa transversal a cualquier identidad política o partidaria, ha sido una acción de la dictadura a las órdenes del imperio: ese Ejército Argentino era uno de los tantos gendarmes de los Estados Unidos, cuando preparaba a sus soldados en la Escuela de las Américas para torturar e infligir todo tipo de vejámenes a sus subordinados, en el contexto del Plan Cóndor.

La Guerra de Malvinas, al igual que la dictadura, fue la emergencia de un programa imperialista pergeñado por la OTAN hacia los países del Atlántico Sur. Si bien resulta inconducente argumentar a favor de la Guerra, no sucede lo mismo sobre los ex combatientes. Porque allí emerge la dimensión imperial: dos terceras partes de los soldados fueron blanco de una misma caracterización de “enemigo interno”, con la cual la dictadura y el imperio pudieron torturar, desaparecer y asesinar tanto a combatientes del campo popular como a combatientes en Malvinas.

Hace una década y media que nuestros países –en tanto ejercicio de salida del programa neoliberal y sus consecuencias– han decidido romper con la cristalización de aquella historia fragmentada. La apología del Destino Manifiesto, la Doctrina Monroe y el Fin de la Historia se empezaron a desconfigurar: América Latina dejaría de estar atada a ese destino invocado desde el Norte como renovación del pacto colonial y sustento luego del neoliberalismo.

LA GUERRA DE MALVINAS, AL IGUAL QUE LA DICTADURA, FUE lA EMERGENCIA DE UN PROGRAMA IMPERIALISTA PERGEÑADO POR LA OTAN HACIA LOS PAÍSES DEL ATLÁNTICO SUR.”

Con la entrada a la globalización unipolar, nos decían que se terminaban los grandes relatos, y allí una causa histórica de los pueblos como Malvinas se quedaba en silencio. Durante un tiempo sólo se recordaría la Guerra en tanto error, abuso, violencia innecesaria o funcionalidad británica, con lo que aquello encierra de peligro para caracterizar un reclamo de carácter histórico y antiimperial. Que haya estado ordenada a la Doctrina de Seguridad Nacional expresa que lo que se jugaba por entonces era seguir impidiéndole a Argentina autonomía ante los intereses imperiales, condenándola luego al ingreso definitivo a una matriz concebida por Washington que, a su vez, condensaba la histórica relación de subordinación colonial trazada por Londres unas cuantas décadas atrás.

Paradójicamente, después de la Guerra, Gran Bretaña fue construyendo la mayor base militar de la OTAN en el Atlántico Sur. Como sabemos, no existe poder imperial sin desplazamiento de fronteras continentales hacia el mar y dominio del mismo. Allí se inscriben las bases militares y así lo hace Mount Pleasant, a menos de cincuenta kilómetros de Puerto Argentino. En la permanente amenaza británica vemos que la extensión del control imperial permite el abastecimiento y aprovisionamiento de la maquinaria de guerra como garante del poderío comercial marítimo-hidrocarburífero.

Por eso es necesario no sólo considerar que la Guerra ha sido funcional a Gran Bretaña, sino que además, y sobre todo –por sus mismas marcas de origen–, lo ha sido al programa imperialista norteamericano, de la OTAN y de las grandes potencias que hoy controlan allí cuantiosos intereses.

* Sociólogo. Investigador del Centro de la Cooperación “Floreal Gorini”, Clacso y el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.


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