Por Florencia Abelleira

El día está gris y denso. La ciudad es un sauna caldeado: todo transpira. Susana “Pocha” Camiña no sabe si son las nubes o la humedad pero se siente mal, extraña a su hijo. Está en la habitación del fondo de su casa, en el barrio Altos de San Lorenzo, donde se dictan clases del FinEs martes, miércoles, jueves y viernes de 8 de la mañana a 10 de la noche.

Los alumnos del último turno se están yendo y la saludan con un abrazo. Pocha los mira fijo a los ojos y les pide que no falten a las clases así se gradúan.

Susana Camiña es peronista y evangélica. Dice que está en su ADN tener esa vida en la que se entrega a los demás. “No me imagino yendo al gimnasio, viajando. Yo nací y vivo para esto”. A los 61 años, Pocha mantiene el mismo pelo corto de siempre, pero ahora se dejó las canas. Lo más valioso que tiene es una cámara digital compacta y una computadora vieja, de esas que el monitor ocupa todo el escritorio. Cuando no está charlando con los alumnos o cuidando a alguno de sus diecisiete nietos, Pocha está en el Facebook. Dice que se hizo adicta.

El salón está pintado de rosa y cubierto de sillas y pupitres. Algunos días son tantos los alumnos que algunos se quedan afuera, escuchando a través de la ventana al/la profesor/a.

“No me imagino yendo al gimnasio, viajando. yo nací y vivo para esto”. A los 61 años, Pocha mantiene el mismo pelo corto de siempre, pero ahora se dejó las canas. Lo más valioso que tiene es una cámara digital compacta y una computadora vieja, de esas que el monitor ocupa todo el escritorio.

Esa habitación tiene historia. Fue el sostén de Pocha cuando la vida se le derrumbaba, cuando se había quedado sola, con hambre, con un hijo detenido y con otro hijo enfermo que al tiempo murió.

Corría el año 1998 y, aunque Pocha ya trabajaba en el Estado, su sueldo lo destinaba a los medicamentos para Emilio, uno de sus siete hijos. Una noche llegó a su casa y se encontró con que tenía un poco de sal, orégano, aceite y un paquete de maicena. “¿Qué voy a hacer? Voy a tener que disolver un poco de maicena en agua”, pensó. “Yo siempre digo: no quiero volver a tomar nunca más una sopa de maicena”.

En el país ya habían empezado a surgir los primeros piquetes y los cortes de calles, señal de que el neoliberalismo empezaba a desarmarse en pedazos. “Un día salgo al patio y miro mi casa y veo las ruinas de mi hogar. Sentía que se me habían desbandado los pibes. Y ¿cómo lo solucionaba? Primero tenía que encargarme de la comida, porque panza llena corazón contento”. Así fue como Pocha puso una copa de leche en la misma habitación donde ahora funciona una sede de FinEs.

Con el tiempo, el comedor llegó a alimentar a 134 familias del barrio y también a recibir niños que estaban en conflicto con la ley penal. En ese entonces, en lo de Pocha también se hacía apoyo escolar, había un taller de panificación donde los chicos cocinaban en un horno de barro y una huerta. “A mí nunca me gustó la palabra copa de leche o comedor. Yo quería hacer una fundación, pero en ese momento necesitaba doce mil pesos”, cuenta. Finalmente, el 30 de mayo de 2004 inauguraron el Centro de Día Por un futuro mejor. “Yo siempre digo que acá se ve la década ganada, porque, de estar trabajando con chicos en conflicto con la ley penal y dándole de comer a la gente, terminamos haciendo una escuela”.

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A los 16 años comenzó a militar en la Juventud Peronista. Aunque tenía un padre conservador y una madre radical, no sabía qué era la política. A fines de 1972 la invitaron a la inauguración de una unidad básica en el barrio que tenía el nombre de Susana Lesgart. “Yo me llamo Susana, así que cuando leí el nombre me interpeló. Después averigüé quién era: había sido fusilada en Trelew”. En ese momento comenzó a leer, a formarse y a admirar a Eva y a Juan Domingo. “Un día de esos voy a ver Operación Masacre y me llamó la atención que tanta gente con tanto entusiasmo muriera por ser peronista, y creo que fue eso lo que me convenció de ser peronista. Ahí conocí esas palabras que ahora se repiten mucho y algunos las toman tan livianamente: distribución de la riqueza, igualdad y justicia social, por sobre todas las cosas”.

Una mañana de 1975 Pocha estaba en su casa, embarazada de cuatro meses de su primer hijo, cuando apareció un hombre pelirrojo, de bigotes, en una camioneta Ford con tres más adentro.

-Me tiene que acompañar, hay una denuncia.

Sin decir nada, Pocha subió y la llevaron a la comisaría tercera de Los Hornos. La tuvieron todo el día y toda la noche en una celda. Al otro día apareció un vecino del padre que trabajaba en la Policía, la miró y le preguntó qué hacía ahí.

-No sé. Me trajeron ayer a la diez de la mañana y no sé para qué estoy acá -le respondió.

-Yo voy a dejar que te vayas. Pero no vuelvas a tu casa, andate a otro lado.

En ese momento se fue a lo de la abuela que vivía en Ringuelet y años más tarde volvió a su barrio. “No hablé nunca más de política ni le conté nada a nadie de mi militancia. Tuve mucho miedo. Yo vi cuando la Policía se llevó a un compañero y prendieron fuego su casa”.

***

El piso que su hija Pamela baldeó hace una hora sigue igual de mojado. La luna está llena pero rodeada de una espesa neblina que no la deja brillar. Comienza a ladrar un perro y la jauría que habita el barrio lo imita con ganas. Pocha se queda unos instantes en silencio, aturdida por los aullidos. “Gracias a Dios nació Pocha, porque la vida se estaba haciendo dura y pesada para mí. Ya éramos dos en una, lo que no puede Susana lo puede Pocha y lo que no puede Pocha lo puede Susana”, continúa. Cuando ya había entrado en los cincuenta, le descubrieron un cáncer de útero y tuvo que someterse a radiaciones que le debilitaron los huesos. Para ella, Por un futuro mejor le salvó la vida. “Yo sabía que a las ocho tenía que estar abriéndole la puerta a mis alumnos. Fue lo que me dio fuerzas para no quedarme postrada en la cama”.

A Pocha le encanta sacar una reposera a la vereda y esperar a que algún estudiante o algún vecino se acerque a conversar. Conoce el barrio como la palma de su mano y está orgullosa de saber que su casa no es una más, sino que va a pasar a la historia. Su sonrisa es amplia, constante y lleva las huellas de lo que vivió con su ex marido. Él se encargó de arrebatarle cada uno de sus dientes a trompadas. A los 43 años, cuando tuvo su última hija, logró separarse.

Susana Camiña también es conocida como “la madre de los presos”. Desde 2000 conoce la cárcel, pero como madre. “Así como a las Madres de Plaza de Mayo las identifican con el pañuelo blanco, a nosotras con las bolsas negras de consorcio”.

Susana Camiña también es conocida como “la madre de los presos”. Desde 2000 conoce la cárcel, pero como madre. “Así como a las Madres de Plaza de Mayo las identifican con el pañuelo blanco, a nosotras con las bolsas negras. Cuando vas a la cárcel a llevarle cosas a tu hijo, tenés que llevar bolsas de consorcio. Sentimos que llevamos basura, porque la bolsa negra de consorcio es para la basura”. Cuando inauguró el Centro de Día, Remo Carlotto asistió al acto y le ofreció un puesto en la Secretaría de Derechos Humanos. Así fue que Pocha terminó por conocer cada una de las cárceles de la provincia de Buenos Aires. “He entrado novias, madres, tías, he ido a casamientos, he agilizado casamientos, he gestionado que vayan a reconocer sus hijos a la maternidad. Siempre por las vías legales”, recuerda.

Por primera vez sintió orgullo de sí misma días atrás, cuando fue a un acto en la Facultad de Economía y todos la reconocieron y la abrazaron. “Sentí que algo había hecho bien, porque ahí estaba lleno de académicos, pero a mí todos me reconocieron. Me sentí querida”.

Ahora le resta seguir sintiéndose orgullosa de sus chicos, esos jóvenes y adultos que aspiran a tener un título secundario, asignatura pendiente que le dejaron sus hijos. De vieja se imagina con la misma vida pero con más arrugas. Dice que todavía no quiere morirse y tiene un deseo: “Lo único que le pido a Dios es que cuando me muera me convierta en fantasma. No me quiero perder de nada. Quiero ver qué hace la gente cuando se entere que no voy a estar más”.


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