De la política efímera a la construcción histórica

De la política efímera a la construcción histórica

¿Hasta qué punto es funcional para los políticos prestarse al circo audiovisual? La clase dirigente comprendió la necesidad de adaptarse a la dinámica televisiva, atravesada por la lógica de lo comercial. La diferencia entre la tele y el territorio.

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Por Laura Ferrandi

Ya tiene poco de novedad la aparición de políticos en las pantallas televisivas relacionadas al entretenimiento, y menos novedoso es aun verlos en el programa de Marcelo Tinelli, quien desde hace rato se posicionó como magnate del espectáculo televisivo de la Argentina. La visita de los principales presidenciables a la primera edición de Showmatch despertó, como siempre, la simpatía y el divertimento pasajero, por un lado, y la indignación y el rechazo, por otro. ¿Hasta qué punto es funcional para los políticos prestarse al circo audiovisual?

Nadie escapa a la obviedad estratégica de la TV: más que caja boba, es una máquina de generar impresiones masivas. Instala temas y perspectivas que no determinan decisiones pero sí despiertan emociones que se traducen en información para la toma de decisiones. Claro que lo que ella nos muestra sobre nuestros políticos no es asimilado de igual manera por todos. No obstante, la TV colabora en algunas de las funciones de las campañas políticas: de información, de activación de actitudes y tendencias previas, de legitimación del sistema político (a través del nivel de participación que se logre), de movilización/desmovilización de voluntades, entre otras.

¿OTRA VEZ LA VIDEOPOLÍTICA? EN REALIDAD, NUNCA SE FUE. LA CLASE DIRIGENTE COMPRENDIÓ HACE MÁS DE DOS DÉCADAS LA NECESIDAD DE ADAPTARSE A LA DINÁMICA TELEVISIVA, QUE INDEFECTIBLEMENTE ESTÁ ATRAVESADA POR LA LÓGICA DE LO COMERCIAL.

Pero, ¿otra vez la videopolítica? En realidad, la videopolítica nunca se fue. La clase dirigente comprendió hace más de dos décadas la necesidad de adaptarse a la dinámica televisiva, que indefectiblemente está atravesada por la lógica de lo comercial. Pero una cosa es hacer uso de unas formas de producción simbólica y otra muy distinta es acotar la política a lo simbólico.

Hay un sector de la consultoría política cansado de repetir que los candidatos no se construyen cual productos de góndola. El traslado directo y acrítico de las técnicas del marketing a la política, más aun en lo electoral, no sólo la frivoliza sino que es equivocado, inútil y caro. Tarde o temprano, lo que no es decanta.

Por suerte hay otras variables que influyen en las decisiones de los electorados y que tienen, de acuerdo con el escenario, más peso que otras. La práctica de la política es una fuente en sí misma de generar adherencias. Algunos olvidan esto porque resumen la política a la rosca y las picanas internas del campo. Pero se olvidan de que también se trata de tender redes de vínculos y sobre todo confianza con la sociedad, a través de un sistema de significación que unifique las individualidades bajo identidades colectivas, pero que sólo adquiere credibilidad y perdurabilidad en la medida que se manifiesta en la realidad.

Por eso, la construcción territorial es tan importante. Todavía los barrios son grandes espacios de socialización y establecimiento de vínculos que sirven para hacer circular estas ideas e impresiones, seguro que por medio de la palabra, pero mucho más a través de acciones que transformen aunque sea mínimamente las condiciones de vida y la rutina de las personas.

NI EL RATING NI LOS “ME GUSTA” DE FACEBOOK O LOS SEGUIDORES DE TWITTER SE TRADUCEN EN VOTOS. PORQUE LA REPRESENTACIÓN ES MÁS COMPLEJA QUE LAS TECNOLOGÍAS DEL ENTRETENIMIENTO.

Por eso la dificultad de las oposiciones para inspirar confianza a partir de la ausencia de gestiones. Y, en contracara, la oportunidad que tienen las gestiones para cosechar adherencias (aunque no siempre lo logren). Ni el rating ni los “me gusta” de Facebook o los seguidores de Twitter se traducen en votos. Porque, como resumió extraordinariamente hace poco otro periodista, la representación es más compleja que las tecnologías del entretenimiento. Los candidatos y las fuerzas electorales que no poseen un armado territorial caen apenas dejan de destinar dinero a la publicidad política en sus diferentes formas.

Esa es la diferencia entre la tele y el territorio. No vivimos más en el paradigma posmoderno de los noventa. La realidad no es así de efímera. Detrás de lo simbólico está la historia hecha por los hombres y las mujeres que la hacen, valga la redundancia. Ese complejo entramado es el que define los resultados electorales en la coyuntura y el que configura el destino de los pueblos en el largo plazo.

Héctor Schmucler, sociólogo reconocido y muy querido en Argentina y Latinoamérica, supo decir que “la política en cada época se muestra como una manifestación más de lo que es la sociedad en su conjunto”. Y los argentinos, desde aquel 2001 hasta hoy, sin dudas cambiamos; no podríamos no haberlo hecho, vivimos muchas cosas en el medio. El kirchnerismo cambió, entre otras cosas, la cultura política de los argentinos, cambió la manera de entender y vivir esa herramienta de transformación en la que se había dejado de creer y hoy es legitimada nuevamente. Y es en esa clave que una parte no menor de la Argentina piensa la política hoy.


 

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