Por Roberto Álvarez Mur

“Acá tenés, pelotudo”, dijo sonriente un joven Ernesto Guevara a su amigo Carlos “Calica” Ferrer al mostrarle el certificado de las trece materias aprobadas que adeudaba en la carrera de medicina. “Ernesto me dijo que iba a aprobar las trece materias en un año así podíamos irnos de viaje, y yo no le había creído”, recuerda Calica, sesenta años después, con el brillo en los ojos de quien vio crecer al líder revolucionario desde que era un chico.

“Sobre el Che se miente y se guitarrea a lo loco”, dice a Contexto Calica Ferrer con la certeza de tener la versión que nadie tiene, de poseer un mundo de recuerdos como un tesoro guardado bajo siete llaves, apenas develado en su libro De Ernesto al Che. La publicación, es un compendio de memorias del vínculo que mantuvo desde su infancia con Guevara, sus andanzas adolescentes, y el viaje decisivo que emprendieron ambos por América latina, después de aquella primera emblemática travesía junto a Alberto Granado.

“Cuando éramos chicos, Ernesto seguía con un mapita el avance de la Guerra Civil Española, en base a lo que escuchaba en la radio, lo que le contaban nuestros padres, y lo que le relataban muchos exiliados españoles en Argentina. Ya en ese momento, incluso, mostraba su espíritu aventurero”, recuerda Ferrer.

Su vida y la del Che se remontan a la amistad que habían forjado los padres de ambos, provenientes del ámbito de la medicina, en el pueblo de Alta Gracia, de la provincia de Córdoba.

El 7 de julio de 1953, Carlos Ferrer y Ernesto Guevara emprendieron viaje sin un centavo encima, con el objetivo de retomar el recorrido ascendente hacia América latina. Luego de escalas aisladas en diversos puntos, fue en Bolivia donde tuvieron contacto con la intensa experiencia del Movimiento Nacionalista Revolucionario, por entonces en pleno proceso de lucha campesina, y que marcaría de manera definitoria el carácter político de Guevara. “Fue en ese momento, para mí, que Ernesto se convirtió en el Che”, sostiene Calica. Tiempo después, Ferrer perdería para siempre el rastro de su amigo. Jamás conocería al Comandante.

“La palabra miedo nunca existió para él. Yo, personalmente, nunca me hubiera jugado la vida a tal nivel. Ernesto me marcó la vida y me siento honrado de haber sido su amigo. Lamento no haber podido estar en la etapa final de su vida”.

“AL CHE LO VEO VIVO EN UNASUR, EN CELAC, EN TODO ESTE MOMENTO DE EXPRESIÓN LIBERADORA QUE HAY EN LATINOAMÉRICA, EN ESTA SEGUNDA INDEPENDENCIA”.

-¿Hubiera imaginado que ese amigo de la infancia se convertiría en algún momento en un personaje clave de la historia?

-No, exactamente. Creo que nadie podría haberlo imaginado. No obstante, no me sorprendió que haya llegado a esa instancia ya que siempre fue un tipo sumamente valiente, sagaz, por lo cual entró en la historia grande.

-¿Cuál considera su mayor virtud?

-Creo que su nobleza fue el mérito máximo de él como persona, fue un amigo fiel en cada momento de su vida. Tuvo una convicción fuertísima, a la que fue leal siempre; hizo lo que sintió que tenía que hacer, que era dejar todo de sí por un ideal.

-¿Y un defecto?

-No saber mentir. Si hubiese sabido mentir, quizás, la historia en Bolivia hubiera sido otra.

-¿Dónde observa el legado del Che, hoy?

-Al Che, hoy en día, la veo vivo en Unasur, en Celac, en todo este momento de expresión liberadora que hay en Latinoamérica, en esta segunda independencia, resistiendo contra el imperio. Yo me atrevería a decir que si el Che viviera hoy, estaría junto a Evo, Néstor, y Cristina.

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