Por Mariana Sidoti

Daiana García, de 19 años, estaba asfixiada, semidesnuda y muerta dentro de una bolsa de arpillera cuando la encontraron el 14 de marzo a la vera de la ruta, en Lomas de Zamora. Primero fue un “siluetazo” de alto impacto: mujeres echadas en el asfalto, una línea de tiza rodeando sus cuerpos, consignas por toda la calle. Días después, una Maratón de Lectura. Escritores, activistas y familiares de mujeres asesinadas compartieron fragmentos de libros y poemas bajo la consigna “Ni una menos”.

Antes de Daiana habían sido muchas más; precisamente, una cada treinta y dos horas. Hasta que apareció Chiara. Tenía 14 años y la habían enterrado, semidesnuda de la cintura para abajo, en el jardín de su novio, en Rufino. La Justicia determinó que, minutos antes de matarla, habían intentado realizarle un aborto. Al enterarse de la noticia, la periodista Marcela Ojeda tuiteó harta y cansada: “¿No vamos a levantar la voz? Nos están matando”.

Colegas y activistas se sumaron al grito y así surgió, espontáneamente, la convocatoria para el 3 de junio. Ingrid Beck, periodista y directora de la revista Barcelona, asegura que todavía “nos sigue sorprendiendo” estar organizando el acto y que tanta gente se haya sumado a la campaña. El próximo miércoles exigirán la implementación del Plan de Acción contra la Violencia hacia las Mujeres (Ley 26.485), el acceso de las víctimas a la Justicia, la elaboración de un Registro Nacional Único de mujeres asesinadas, garantizar la Ley de Educación Sexual Integral y asegurar que las víctimas estén protegidas. Todos los pedidos redundan en leyes existentes.

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La Ley provincial de Violencia Familiar (12.529) obliga a toda institución donde se reciba una denuncia, cualquiera sea, a derivarla a la dependencia que corresponda. Están obligados a tomarla”, explica Valeria Segura, abogada y directora del Centro de Atención a las Víctimas de Violencia de Género de la Facultad de Derecho (UNLP). Pero las leyes se infringen todo el tiempo: “Lo que hacen en las comisarías de barrio es no recibirles la denuncia, o derivarlas a la Comisaría de la Mujer”, en 1 y 42, que para muchas personas es el otro lado del mundo.

“La violencia de género es algo estructural, no es un episodio en una relación. Y no es que haya un arranque de ira o de locura: es una forma de relacionarse socialmente aceptada.”

El Centro atiende a mujeres víctimas de violencia, en la mayoría de los casos, psicológica. Es que no hace falta llegar a los golpes para que el cuerpo sufra: dieron asistencia, por ejemplo, a una mujer desnutrida que luego de veinte años de relación violenta entró en estado depresivo y dejó de comer. “La violencia de género es algo estructural, no es un episodio en una relación. Y no es que haya un arranque de ira o de locura: es una forma de relacionarse socialmente aceptada”, explica Segura.

Las políticas públicas para prevenir y contener a las mujeres que sufren violencia no son suficientes. En La Plata, por ejemplo, el Refugio comunal cerró el año pasado y no volvió a abrir nunca más. La municipalidad, desde la Dirección de Políticas de Género, se había comprometido a reabrirlo a principios de este año, pero todavía no hay novedades. Desde la policía en el barrio, hasta las instituciones de amparo para los casos más extremos, todos los mecanismos de acceso tienden a fallar. Y aunque las denuncias crecen, medidas como las del botón antipánico o las llamadas al 911 continúan reproduciendo las lógicas de defensa antes que las de prevención. Para Segura, revertir esta situación requiere de “una decisión política, consciente, con un plan de trabajo serio. Nosotros vemos personas comprometidas, pero están aisladas en organismos públicos. Hacen lo que pueden”.

Beck insiste en la necesidad de capacitar a los agentes judiciales y las fuerzas de seguridad: “Todo esto ocurre por la falta de protección a las mujeres. Tiene que ver con una responsabilidad del Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Es un reclamo a todos los poderes del Estado”. Sólo con políticas integrales y transversales, las personas comprometidas y aisladas podrán tener una espalda que los impulse y no los abandone, sistemáticamente, una y otra vez.

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En el trajín de la viralización, muchos políticos y personajes televisivos posaron ante las cámaras con el cartel. Tampoco faltaron las acusaciones: hasta Marcelo Tinelli se dio el gusto. A pesar de todo, Beck reconoce que “el hecho de que se esté hablando de femicidios es un paso”. Hasta hace muy poco tiempo, todavía se hablaba de crímenes pasionales. De hombres que matan “por amor”.

Como tantas otras veces, los avances legislativos podrían comenzar a generar un verdadero cambio cultural. Para Segura, esos cambios “van a tener que ser muy profundos, y creo que esta marcha es un aporte para que eso pase”. Para que los femicidios y las violencias contra las mujeres no ocurran sin que haya un costo político.

Movimientos sociales, activistas, funcionarios, organismos estatales y agrupaciones de todo el arco político ya confirmaron su presencia en el acto del 3 de junio. Beck asegura que lo más importante es que se escuchen las demandas y se llene de gente la Plaza Congreso, porque “ahí es cuando los políticos no van a poder desoír el reclamo”. Y, aunque todavía no hayan números concretos, arriesga: “Me parece que nos van a sorprender”.