Por Luciana Isa

“No lo soñé…” escribía el Indio Solari hace ya más de dos décadas, y muchos saltábamos y bailábamos en el “pogo más grande del mundo”. Sin dudas esa frase puede remitirnos a múltiples significados y hacia muchos lugares, ya que, como bien sabemos, la comunicación es producción de sentidos.

Sin embargo, por estos días de mayo, en los que resulta una utopía no recordar a aquel flaco que vino a transformar nuestra historia, se dispara la reflexión sobre los sueños y lo que soñábamos y hacíamos hace diez años atrás.

Cuando pensamos en el 25 de mayo de 2003, creo que muy pocos argentinos (que luego fueron argentinos y argentinas) soñábamos lo que iba a venir. No sólo porque era imposible imaginar siquiera un país diferente, que no fuera devastado, ninguneado internacionalmente, atravesado por el hambre, la pobreza y la exclusión, en todas sus dimensiones, sino porque también, entre tanta pérdida y vulneración de derechos, muchos habíamos perdido el derecho a soñar.

Muy pocos estábamos en la Plaza el 25 de mayo de 2003, día en que aquel hombre, a quien sólo algunos conocíamos, ya empezaba a hacerse escuchar, a hacerse sentir y a marcar sus diferencias con ese pasado tan reciente. Marcas que empezaron a hacerse visibles ya en su rostro, cuando fue golpeado en su frente por el tumulto de gente que, esperanzada, intentaba acercarse a saludarlo, sorprendiendo a sus guardaespaldas, quienes tampoco imaginaban el trabajo que aquel hombre, flamante Presidente de la Argentina, les daría durante los siguientes cuatro años, marcando sus diferencias.

Y esas diferencias fueron, como después nos acostumbraríamos, para todos y todas. Durante los meses siguientes a ese 25 de mayo, escuchaba decir acerca de los primeros anuncios de Kirchner: “Son puros gestos”, “Hay que ver qué pasa después con esos anuncios”, “Son guiños para la izquierda…”. Y lo que vino a posteriori, y casi de inmediato, es lo que todos conocemos, porque nos tuvo a todos como protagonistas, y trascendió la mera retórica progresista.

Vino una renovación de la Corte Suprema de Justicia, conocida como la “Corte adicta”, y una democratización de la cúpula militar, herencias del ex presidente Carlos Menem. Vino la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Más tarde vino la salida del default y un plan de reforzamiento del Mercosur y el rechazo del plan del ALCA de Bush. Pero sin dudas, entre tanto, una de las marcas más endebles de sus años de gobierno fue haber venido a “pedir perdón en nombre del Estado nacional, por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades” (Néstor Kirchner, 24 de marzo de 2004, creación del Museo de la Memoria ex Esma). Si hay algo que caracterizó al kirchnerismo, y de lo cual todos los argentinos debemos estar orgullosos, es de haber hecho de la política de derechos humanos, una política de Estado.

Y sin olvidar que Néstor asumió con una legitimidad casi nula (el 22,4 % de los votos), gracias a la retirada de Menem de la segunda vuelta, no podemos olvidar aquello intangible que dejó su paso por la Casa Rosada, y que tienen que ver con cuestiones difíciles de medir por encuestas, pero sencillas de percibir a través del pueblo. Hago referencia a cuestiones como devolver la dignidad a todo un país que se avergonzaba de su propia identidad de “argentino”; que renegaba de las prácticas de “la política” y los políticos; que vivía con los ojos puestos en una América del Norte que nos pisoteaba en forma permanente; que naturalizaba la vulneración de sus derechos humanos esenciales, sin ninguna capacidad de asombro; y que había borrado de la memoria, pero también del cuerpo, las imágenes de su propia historia de país.

Hoy, a trece años de aquel día histórico, pero también a casi cinco años de que aquel hombre se nos fuera (esta vez no de la memoria ni del corazón), no podemos más que agradecer y celebrar esta década ganada y más, rememorando una y otra vez otra de las pérdidas recuperadas: la celebración de nuestras fechas patrias. ¡Feliz 25 de Mayo!, ¡feliz día de la Patria!