Por Luciana Isa*

Durante los casi doce años de gobierno kirchnerista en la Argentina nos hemos habituado a leer y escuchar, de letra y voces de periodistas opositores –disfrazados de independientes– y también de referentes de partidos políticos de las llamadas izquierdas, pero –y vaya paradoja– también opositores a este gobierno, que primero el ex presidente Néstor Kirchner y posteriormente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner “se apropiaron de la causa de los derechos humanos”, o ideas equivalentes pero que siempre persiguen la meta de instalar la idea de que ambos gobiernos usufructuaron las banderas de los derechos humanos haciendo de ellas una política demagógica. Más allá de esas simplificaciones absurdas y de lo magro de los argumentos, y justamente por su opuesta solidez, resulta significativo pero a la vez elocuente, conmovedor, escuchar las palabras de Cristina Fernández de Kirchner en la tarde de ayer durante la inauguración del Sitio de Memoria, ubicado donde estuvo el ex Casino de Oficiales del centro de detenciones clandestino que funcionó en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Todos sabemos que el discurso no es simple enunciación, sino práctica social, intercambio de sentido, resignificación; sin embargo, muchas veces tendemos a creer que estas dos dimensiones quedan en la práctica escindidas y caemos en ciertas comparaciones del decir y el hacer. Y hago esta mención porque ayer, al escuchar cada una de las palabras que enunció la Presidenta, no podía dejar de ir para atrás en el tiempo, once años atrás, cuando aquel flaco que intentaba ser presidente de un país que venía del desgarro, la angustia, el desarraigo, nos hablaba a quienes estábamos allí, expectantes de cualquier palabra, cualquier señal que pudiera brindarnos una mínima esperanza, pero también a los millones de argentinos, diciendo que él estaba allí y había venido a “pedir perdón en nombre del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia tantas atrocidades”. Porque sin dudas, y aunque sabemos que las fechas y los hechos son puntos que encuentra la Historia para contarnos un relato, ese día, aquel 24 de marzo de 2004, fue el inicio de una historia, nuestra historia, y trascendió el mero relato progresista.

Y los puntos que encuentra la Historia son hechos que para ser contados necesitan que haya quienes los cuenten, pero fundamentalmente quienes los vivan, los protagonicen. Y son esos hechos los que nos marcan, y dejan sus marcas endebles porque tuvieron que ver con decisiones políticas que por primera vez tuvieron en cuenta el dolor, el sufrimiento del otro, un sufrimiento negado, violentado y ocultado. Fue la primera vez que un gobierno democrático tomó la decisión de hacer de la política de derechos humanos una política de Estado, y, como tal, fue estratégicamente diseñada e implementada, llevada hasta lugares impensados, haciendo de cada decisión un intento de reparación histórica y poniendo en valor la recuperación de la Memoria, la Verdad y la Justicia. Sin discusión, fueron esos los ejes articuladores de esa política, a través de las distintas medidas que fueron tomando Néstor y Cristina, comenzando por la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los juicios a los genocidas, la política de recuperación de Nietos e Hijos de Desaparecidos, víctimas del terrorismo de Estado, la recuperación y puesta en valor de predios que habían sido utilizados como centros clandestinos de detención, entre los avances más trascendentes.

La política para serlo debe ser transformadora, como lo es en este caso. Sin embargo, pese a lo innegable de los hechos, de sus protagonistas, de sus Hijos y Nietos, hay que leer y escuchar las mismas reiteraciones acerca de sus componentes demagógicos, acerca de lo que aún no se hizo, de lo que falta, de la reparación vs la justicia. No me inquieto, no me preocupo. Mientras Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini acompañen a Cristina, significa que estamos en el camino correcto. Pero a esta altura cabe preguntarse qué implica “apropiarse de la causa de derechos humanos. Más allá de las controversias valorativas que genera el término apropiación, pienso en cuáles son las razones por las que el pueblo debería desconocer esa causa, cuáles serían las razones por las que el pueblo no puede hacerlas propias. Las políticas se piensan, se construyen, se diseñan e implementan para todos. No sé si la respuesta aparece. Entiendo que, por las dudas, Cristina lo deja claro: “Yo quiero decirles a los cuarenta millones de compatriotas que ya no tenemos que esperar la protección de un presidente o de una presidenta. Los cuarenta millones tenemos que garantizar el respeto de los derechos humanos, el pueblo se tiene que empoderar en su propia historia, en las tragedias y las victorias. Hoy, aquí, hay una victoria de la vida sobre la muerte”.

Cristina no se está despidiendo, todo lo contrario, pero en cada uno de sus discursos, en cada una de sus frases, encuentro una historia que cierra, que nos cierra como argentinos y que nos abre a la posibilidad de la esperanza y la reparación. Néstor la empezó a construir allá por 2004 en el mismo lugar en el que hoy Cristina la funde, une cada punto de ese relato con palabras que hacen tambalear y emocionan hasta el llanto. Quizás en algunas de ellas encuentro la respuesta.

* Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP.