Matías Ruiz es alto y tan flaco que parece siempre de perfil. Desde allá arriba suelta una catarata de palabras empapadas con un timbre de voz tan personal que no necesita documento. “Yo no puedo estar hablando y escuchando música porque tengo la mitad de la cabeza con vos y la otra desarmando todo lo que está sonando”, dice mientras de fondo se escucha la radio. “Por eso no puedo comer con música, la tengo que sacar”.

Desde fines de los 80, cuando llegó a la ciudad para hacer el secundario en Bellas Artes -después de pasar su infancia en San Juan, donde sus padres se recluyeron en plena dictadura militar-, Mato Ruíz tocó como sesionista en cientos de bandas durante las últimas dos décadas, como arreglador, saxofonista, guitarrista o cantante, transformándose en uno de los músicos más movedizos y requeridos de la escena local. “Todavía hay mucha gente que me habla como si yo hubiese empezado en Mutandina, pero fue mucho antes. Ahí llegué con un montón de información y de pretensiones, canchereando. Pensaba que me las sabía todas”.

“La mayoría de estos temas son de la época en que mi hijo había nacido, y cuando nace un pibito todos hablan muy bajito y reina el silencio en la casa”.

El viernes pasado, a sus 42 años y con más de 25 de carrera, presentó – ante un público conformado en su mayoría por amigos, familia y periodistas – Alimento, su primer álbum en solitario. Fue en el Teatro de Cámara de City Bell con quince músicos en escena.

¿Cómo nace esa necesidad de editar un disco tan íntimo?

Surgió después de Mutandina. Con la banda hubo momentos geniales, sobre todo en algunas improvisaciones que fueron muy voladoras, muy lindas. Pero para mí fue muy difícil, me di cuenta que estaba haciendo algo que no era capaz de sostener; no pude llevar ese proyecto a un escalón más arriba y lo disolví. La mayoría de estos temas son de la época en que mi hijo había nacido, y cuando nace un pibito todos hablan muy bajito y reina el silencio en la casa. Ahí agarre la criolla.

¿En relación al sonido y los arreglos, cuál fue la búsqueda?

De chiquito no me gustaba la orquesta, me aburría. Pero yo laburo en el Teatro Argentino, en la biblioteca de música, entonces el sonido orquestal es algo cotidiano para mí, y empecé a hacerme cargo de eso. El tema de la búsqueda está siempre: yo practico una filosofía de vida y estoy todo el tiempo buscándome, me observo a mí y a todo lo que sucede a mi alrededor; eso se refleja en las letras y en esa intimidad del disco. La elección de las cuerdas no es casual, te ponen en otro lugar, la tímbrica de las cuerdas frotadas (chelo, violín, viola) tienen algo que es distinto, más allá de si es más lindo o más feo. Cuando tocás con instrumentos acústicos lo que se genera en el aire, sonoramente, es distinto. En este disco quería curtir eso.

Según tengo entendido ese no era el plan original…

En realidad el disco iba a ser guitarra y voz, que es lo que grabé en lo de Alfredo Calvelo. Ese era el concepto que tenía Rigo Quesada, que produjo el álbum, pero se lo tiré a la mierda. Hice mucha fuerza por no ir al lugar natural que me salía. De hecho hice mucha fuerza por no poner más temas, que fuera un disco corto, no quería sobrecargarlo, pero estaba bueno ponerle algo más. Eso creo que se nota, porque el sonido desde Mutandina  hasta acá, no tiene nada que ver. No hay prácticamente coros salvo en algún tema, las percusiones son pocas y muchas cosas “chiquitas” las grabé en casa y en lo del Tano Cáccavo. Esta vestido con detalles sonoros que van a parar a la parte aguda.

¿Y cómo sigue Mato Ruiz como solista?

No sé, incertidumbre total, porque esto no lo puedo repetir, a no ser que tenga un subsidio o algo. Igual lo de la presentación fue un capítulo diferente. Ahora el disco tiene que seguir su curso, hará su camino. Tengo muchas ideas pero poca producción. Ahora con el celular por ahí estoy cocinando en casa y ¡pum! se me ocurre algo que me gusta, lo grabo así nomás y sigo. Y por ahí después lo agarro. Pero no soy de esos tipos que componen todo el tiempo. No hago un disco de veinte temas y elijo diez. Hago uno de ocho y tenía nueve.