Por Matías Kraber

Tendría que llover a mares cuando la muerte llega así: sin preámbulos y traicionera como una amante. Cuando se van tipos como él: románticos del oficio y predicadores de lo simple. Maestro de los que tienen las canas de la calle y la academia.

Tal vez muchos no tuvieron la suerte de conocerlo, pero para mí –y para muchos– fue una eminencia. Un Hemingway terrenal que se paraba frente a un aula de cuarenta mudos para desmenuzar las relojerías del periodismo y la literatura. Los secretos de la simpleza. Citas y consejos de un viejo sabio que enseñaba a pescar con la carnada de la realidad más pura. Llegaba puntual, enfundado en bufandas, aliento a cigarrillo y voz de whisky para despabilarnos a todos. Él, Martín Malharro: un talibán y un cordero al mismo tiempo. Un hombre cátedra que citaba de memoria a Chandler, a London, a Hammet, a Dotoievsky, a Boris Vian, a Fray Mocho, a Cortázar, a Borges.

Martín Malharro murió un lunes 11 de mayo de 2015. Un lunes de su histórica Gráfica III mientras otros cuarenta entusiastas de escritores esperaban su voz por el pasillo.

Había nacido en Córdoba en 1952, había estudiado Periodismo en La Plata, militado en la JP, escrito en Página 30, en la revista Siete Días, en el Porteño. Publicó ocho libros y sus últimos tres fueron una trilogía del bar Británico, que era, según él, el living de su propia casa de San Telmo. “Acá recibo a mis invitados”, nos dijo una tarde porteña cuando acudimos a él para contarle que nuestra revista de cultura 4 de Copas tendría una nota suya que Juan Forn no le publicó porque –también según él– no había podido dar con el delirio prometido.

Todavía lo oigo. Lo seguiré oyendo hasta el final. Su voz con eco de otra época. Su “buenas noches, jóvenes”, como un maestro de ceremonia abriendo el telón para siempre.

Martín Malharro, la última vez que charlamos a fondo en el pasillo, me dijo que había toreado a la muerte. “Zafé de una grosa”, me dijo, y festejamos con un cigarro y un abrazo. Hoy, un lunes de mayo, no pudo: la mañana lo agarró mudándose. Espero que lo reciban como merece. Espero que se saquen el sombrero como yo y como tantos.

 


Hasta siempre profesor