Por Carlos Ciappina*

El 7 de mayo de 1919, en un pueblito pequeño de la pampa llamado Los Toldos, atendida por una comadrona mapuche, nacía María Eva Ibarguren, luego Duarte, cuando su padre la reconoció.

La Argentina de 1919 era una república oligárquica con todas las letras. El “granero del mundo” o el país del “ganado y las mieses”, al decir de Lugones, escondía en sus entrañas una realidad completamente distinta: un mundo de obreros, jornaleros, peones, campesinos, hacheros y braceros mestizos, criollos y extranjeros, creaban con su sobreexplotación y su mal remunerado trabajo la riqueza que una élite usufructuaba, adueñándose de todo: la tierra, las artes, la historia, el país que creían suyo y entregaban sin miramientos al capital inglés.

Una élite misógina, patriarcal y racista que toleraba la inmigración como un mal necesario, exterminaba a los indígenas que se oponían al robo de sus tierras y trataba a las mujeres como semi ciudadanas atadas legalmente a la suerte de su padre y, en su defecto, a la de sus maridos; sin participar de la vida política, de la educación o de las ciencias, salvo para un muy pequeño y selecto grupo de mujeres de la élite, a las que el dinero y su posición les permitía desafiar el patriarcado.

A esas varias exclusiones debía sobreponerse una mujer joven nacida en un pueblito de 12.000 habitantes en el medio de la pampa: provenir de un mundo de carencias, no tener prosapia en un país de “apellidos” y ser mujer en un país de patrones.

Que tenía la voluntad y la decisión de escapar al destino que ese país le otorgaba a las mujeres humildes del interior (“sirvientas”, amantes, esposas sumisas y obedientes, o solteronas) lo demuestra su llegada a Buenos Aires a los ¡quince años! en 1935. En plena década infame, en plena crisis del treinta, con la élite nuevamente en el poder disfrutando de las carnes y las mieses mientras el pueblo se estrellaba contra la pobreza y la miseria cotidiana.

Una más de los cientos de miles que huían de la pobreza del interior para volverla a encontrar en la Buenos Aires “París del Plata” y el conurbano.

Una más que se sumó, como otros millones, a eso que Scalabrini llamaba “el subsuelo de la patria sublevado”, una más que veía en ese extraño coronel obrerista una chance para los y las excluidas, una oportunidad para terminar quizás con ese poder omnímodo de la élite, terminar con la desigualdad.

Pero Evita fue una más y también una excepcionalidad, ambas dimensiones. A los 27 años es la “primera dama” de un gobierno que encabeza ese coronel elegido por el pueblo. ¿Ocupará el lugar tradicional de las primeras damas? ¿Transitará los cocktails, las reuniones protocolares, las veladas de gala con una actitud complaciente y sumisa, feliz de haber llegado a ese lugar como se llega a lo más alto de un currículum individual? Lejos, pero muy lejos de eso, Evita será una militante: en las galas, con los sindicatos, en las unidades básicas, en los clubes deportivos, en el partido peronista femenino; en los viajes al exterior, en la vida privada. Militará en todo y con y contra todos. Militará vitalmente, no como un trabajo, sino con todo su ser, con su cuerpo y contra su cuerpo…

El peronismo debía cambiarlo todo y Evita no dejaría de ser nunca la militante más comprometida: si los ministros se olvidaban de la máxima que debía guiar su labor (no ceder frente a la oligarquía y no ir en contra de los intereses populares), allí estaba ella para ponerlos en caja; si los burócratas retrasaban las acciones del gobierno popular, Evita los desplazaba; si los sindicatos tenían dificultades o flaqueaban, allí estaba Eva para ser la abanderada de los humildes y comprarles las armas que defendieran la revolución peronista.

“Donde hay una necesidad, hay un derecho” en Evita no era una frase de ocasión: era la definición de una acción concreta. Entre su palabra y su acción a favor de los “descamisados” no había distancias. Ella misma hija del pueblo, militó cada causa emancipadora a fondo: las mujeres no votaban, pues bien, estableció el voto femenino; las mujeres apenas participaban en política, creó el partido peronista femenino; los Ministerios no alcanzaban a los más necesitados, niñas y niños, ancianos y discapacitados, entonces la Fundación Eva Perón llegó a todos los extremos del país, desterrando la concepción de la beneficencia y estableciendo de una vez y para siempre que todas y todos tienen derechos como ciudadanas y ciudadanos iguales de la nación.

La élite oligárquica no se equivocó cuando la identificó como “esa mujer” que venía a alterarlo todo, en especial el mundo de privilegio en el que vivía la oligarquía. En vida le dedicó sus peores insultos y ataques y luego la convirtió en la primera desaparecida, cuando oscuros verdugos creyeron que el pueblo la olvidaría si desaparecían su cuerpo.

Hoy, a 96 años de su nacimiento, Evita sigue señalando los caminos a seguir.

Por estos días se lleva a cabo una muestra sobre su vida en la Plaza Roja de Moscú. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner inauguró la exposición. Dicen que los trabajadores rusos que armaron la muestra se detuvieron cuando las imágenes y los discursos de Evita se probaban en la pantalla: ¿es para asombrarse? Evita, hoy, le sigue hablando a las y los trabajadores de nuestro país y del mundo; sigue siendo la revolucionaria que no tiene distancia entre el decir y el hacer. Y por eso allí, en la Plaza que aún conmemora a otro gran líder de su pueblo que todo lo dio, Lenin, Evita conmueve y llama a la acción.

Es una alegría que comencemos a celebrar los nacimientos y no a conmemorar las muertes como modo de construir nuestra memoria colectiva. Por eso es una gran iniciativa de la concejal Florencia Saintout la de proponer el 7 de mayo como el “Día de la mujer militante” en homenaje a Eva Duarte de Perón.

Celebrar los nacimientos de nuestras y nuestros líderes populares es la mejor forma de cambiar la historia de los próceres que se vuelve finalmente acartonada, por la memoria presente que celebra el nacer y la vida .

Nada mejor que hacerlo con la militante de todas y todos los humildes, la compañera Evita.

* Profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP.


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