Por Leandro Gianello

La semana pasada se cumplieron cien años del Genocidio Armenio, el primer holocausto del siglo XX, una limpieza étnica que forzó a la deportación y llevó al exterminio a un número aproximado de un millón y medio de personas.

Esta masacre, perpetrada por el gobierno de los Jóvenes Turcos en lo que era por esos años el Imperio Otomano, comenzó en abril de 1923, cuando fueron detenidos cientos de intelectuales de la comunidad armenia en la ciudad de Estambul, hecho que continuó luego con la deportación masiva de ciudadanos de ese origen en una larga marcha a pie que pocos resistieron.

La sed y el hambre, sumados a los ataques constantes de las milicias turcas y la provocación gubernamental para obligar a un levantamiento y así poder justificar la masacre, confluyeron para que el penoso desplazamiento masivo del pueblo armenio desde Anatolia hacia las zonas desérticas de la mesopotamia y Siria se convirtiera en una carnicería reconocida como la primera limpieza étnica de la modernidad.

Sin embargo, el Genocidio Armenio, negado por las autoridades turcas, sólo es reconocido por ventiséis países y algunas regiones con independencia parcial, entre los cuales figura Argentina, cuyo gobierno encabezado por Néstor Kirchner aprobó en diciembre de 2006 una declaracion en carácter de Ley 26.199 que establece el 24 de abril como “Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos”, en conmemoración del genocidio.

Este impulso al reconocimiento, uno de los primeros a nivel global, es un apoyo fundamental para reivindicar la memoria de quienes han perdido la vida a manos de una potencia imperial y para quienes debieron emigrar forzadamente a lugares tan lejanos como nuestro país, en donde se calcula que viven alrededor de 135 mil armenios, entre descendientes directos e indirectos de los primeros inmigrantes arribados en 1915.

Carlos Manoukian, referente de la colectividad y encargado de Prensa y Asuntos Culturales del Centro Armenio en Buenos Aires, destacó a Contexto que “en general, la posición de Argentina ha sido siempre de vanguardia”, una decisión muy importante que se reforzó con la aprobación “de la ley nacional, impulsada por Néstor Kirchner y respaldada por todo el arco político nacional”.

“Es destacable que, a pesar de los años transcurridos, se haya decidido trasladar los mismos principios de justicia y memoria”, añade Manoukian, que priman en la actualidad bajo el esquema de reconocimiento de los derechos humanos aplicados por los gobiernos kirchneristas.

El interés y los intercambios culturales constantes entre los armenios residentes en Argentina y su país hacen que “las relaciones con la colectividad sean muy buenas”, una realidad que se vislumbra también a través del “compromiso de los descendientes” con el reconocimiento y la memoria, que es permanente.

Además, “las relaciones con el gobierno argentino son muy buenas, y eso quedó demostrado en el último acto” en conmemoración de la masacre, realizado el miércoles 29 de abril pasado en todo el país, y que reunió a casi 10 mil personas entre la marcha y el homejane principal realizado en el Luna Park, en el que participó el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, y al que adhirieron funcionarios como el Canciller Héctor Tímermann y organizaciones como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Si bien la cuestión de la masacre armenia es cada vez más contemplada en el mundo, Argentina es el único país en el que sus tres poderes de gobierno, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, reconocen en forma oficial la existencia del genocidio, lo que en la práctica es “un respaldo fuertísimo y muy importante”, ejemplificador para el resto de las naciones, agregó Manoukian.

Además de Argentina, el genocidio del pueblo armenio es aceptado y reconocido oficialmente por Bolivia, Chile, Uruguay, Venezuela, el propio Gobierno de Armenia, Alemania, Austria, Bélgica, Canadá, Bulgaria, Chipre, Eslovaquia, Francia, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Países Bajos, Polonia, República Checa, Rusia, Siria, Suecia, Suiza y el Vaticano.

 

Un siglo de negacionismo

Si bien la República de Turquía, heredera moderna del Imperio Otomano, no oculta las masacres de armenios que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XX, niega su condición de genocidio, argumentando que las muertes sistemáticas de habitantes de ese origen no fueron consecuencia de un plan de exterminio masivo y premeditado impulsado por el gobierno otomano.

Oficialmente, Turquía señala que el millón y medio aproximado de víctimas se debieron a diversas luchas intestinas o a las enfermedades y el hambre reinantes durante pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial, una teoría que casi todos los historiadores y estudiosos descartan de plano, ya que los datos y testimonios históricos recolectados encajarían perfectamente en la definición actual de genocidio.

La consecuencia más dramática de la limpieza étnica llevada a cabo en territorio turco durante el que se considera como primer genocidio moderno, además de las muertes, fue la llamada diáspora o destierro obligado de cientos de miles de armenios en todo el planeta. Actualmente se calcula que, de los doce millones que viven en el mundo, solo tres lo hacen en territorio armenio.