Por Juliana Dias*

Pasó medio siglo desde el sueño del reverendo Martin Luther King Jr. por un Estados Unidos en el cual los negros no fuesen juzgados por el color de su piel. El día tan esperado por el activista de los derechos civiles está lejos de llegar, tanto para los negros estadounidenses como para toda la población negra mundial. El color de piel aún sigue siendo el principal crimen del negro, y la desigualdad social, la justificación de la violencia en la que es atrapado.

El lunes se dio a conocer a través de las redes sociales y medios de comunicación del mundo una nueva oleada de protestas en Estados Unidos motivadas por la muerte de otro joven afroamericano a manos de la policía. Esta vez sucedió en Baltimore (Maryland), ciudad que está a seenta kilómetros de la Casa Blanca, en la que más del 60% de la población es negra, frente a menos de un 30% de blancos.

Los momentos de tensión e indignación comenzaron con un escenario similar a lo que ocurrió en la ciudad de Ferguson, Mississippi, en agosto del año pasado. Pero a esa tensión se le sumaron otros problemas que alcanzan a los 622 mil habitantes: la pobreza, el narcotráfico y las desigualdades. El conjunto generó actos de vandalismo y saqueo, que redundaron en el establecimiento del toque de queda y en un discurso público en el que el presidente Barack Obama condena la violencia “sin sentido” y apunta a la crisis racial en la sociedad estadounidense especialmente relacionada con la policía.

En el año en que se inició el Decenio Internacional de los Afrodescendientes –una medida propuesta por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2014–, la violencia contra los negros es el principal y más persistente problema que la naciones deben enfrentar y condenar. Sea originado o no por el brazo armado del Estado, la violencia tiene color en los Estados Unidos y otras naciones.

Asumir el carácter racial de las desigualdades ha sido una pesadilla para diversos gobiernos en el mundo y resulta en el racismo estatal que persiste desde los tiempos de la esclavitud. El racismo enraizado en las instituciones e invisibilizado en las políticas públicas ubica a los negros entre los más pobres, que a su vez se justifica por la inclusión marginal del negro en la sociedad capitalista.

No es una triste coincidencia que la violencia policial alcance a los pobres y, consecuentemente, a muchos negros. Esta realidad de silencio que permea la violencia policial hacia los negros no es apenas una particularidad de Estados Unidos. En los países latinoamericanos está el ejemplo de Brasil, donde más de la mitad de la población se identifica a sí misma como negra, la violencia policial tiene como objetivo el cuerpo negro, pobre y joven.

Desde 2010, 109 personas fueron asesinadas por la policía de Baltimore: el 40% estaban desarmadas y casi el 70% eran negros. En el mismo período, 53,3% de las muertes por homicidio en Brasil eran jóvenes, de los cuales el 76,6% eran del color negro. Hoy, al contrario del siglo pasado, hay abundantes datos estadísticos e investigaciones científicas que confrontan el testimonio formal sobre la realidad discriminatoria de ambos países.

Una nueva era racial donde el cuerpo negro no sea siempre el sospechoso y punible de violencia empezará cuando los Estados asuman políticamente el carácter de discriminación racial de sus instituciones, de sus servicios públicos y de sus discursos de superación de las desigualdades entre blancos y negros. Mientras eso siga ocurriendo, la frase del Premio Nobel de la Paz, Elie Wesel, seguirá caracterizando las falacias de las relaciones raciales en el mundo: “El verdugo siempre mata dos veces, la segunda mediante el silencio”.

* Periodista brasileña y estudiante de la Maestría en Comunicación y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de La Plata.


En EE.UU faltan un millón y medio de hombres negros

baltimoreBasado en los números del censo nacional de 2010, un informe publicado por el diario estadounidense New York Times, recuperado por la Agencia Paco Urondo, expone la brecha estadística que existe entre los hombres con ascendencia africana y los de otros grupos étnicos. Allí se analiza que el total de hombres negros ausentes de la sociedad asciende a 1.500.000, número que contrasta fuertemente en comparación con los demás grupos étnicos. (Leer completo).