Por Flavio Rapisardi

Clarín operó temprano: se juega la sucesión de Macri. Acostumbrad*s Noble y Magneto con sus esbirros de pluma bien pagada (y a veces ni eso) despreciaron en ese título a millones de porteñ*s de todos los colores: desde el amarillo desgracia oficialista hasta el rojo recientemente variedad fogata que vota con sus razones, excusas, condensaciones que nos pueden gustar o no. Pero Clarín dejó claro lo que le gusta: cambio de administración, porque si bien el catolicismo “festilindo” de Marta Gabriela Michetti se pretende diferenciar de los negocios sin respiro del ingeniero Macri, al territorio porteño lo controla un sector de la derecha peronista como plataforma de una articulación que calma al arrasado sur de la ciudad y “embellece” el tilingo norte.

Ayer no fue un sábado común: el tránsito fue signo de que much*s renunciaron a su finde de quinta-country para votar. A pesar de lo que voten, pienso que, como sostiene Analía del Franco en la entrevista que publicamos en este número, esto es un signo positivo: las PASO, criticadas desde la derecha hasta la izquierda, les sirve a todos y repolitizó a tod*s. El porcentaje total de electores fue del 73%, la media histórica. Apartado para la izquierda: ¿dónde quedaron sus críticas a este sistema que según ell*s estaba armado para “dejarlos afuera”? Las PASO les dio un lugar que sólo habían logrado como voto castigo y/o condensador de la protesta en la crisis de 2001.

El triunfo de Enrique Larreta sobre la “austera” Marta Gabriela Michetti deja muchas lecturas. Pero, a la hora de sumar votos, el aparato en la ciudad funciona con la caja que pisa Mauricio. La consigna macrista de “continuemos el cambio” no deja de asustar: todo seguirá mal. O, peor, van a profundizar al sur empobrecido con porcentajes de mortalidad infantil vergonzosa y obras con nombres como “sapitos”: pasos bajo nivel de una mano para automóviles en la zona norte de la ciudad endeudada de manera vergonzosa comparativamente con la política nacional.

La ex segunda fuerza UNEN (arena circense del odio que iba desde un cineasta retirado hasta un ponebomba en democracia) implosionó al calor de las palabras que salían de sus propias lenguas: se enterraron como almejas, como debía ser. Pero esta ruptura de la política mamarracho no importó a un electorado al que la noción de organización política le repele y un candidato que propuso la política de retenciones moviles es votado ampliamente. El FpV supo construir un espacio tan plural que llevo siete candidat*s que, si bien se ubican dentro del proyecto que conduce la presidenta Cristina Kirchner, presentan matices que el que triunfe deberá saber articular si pretende ser un contricante real y constructor del proyecto nacional que requiere una formación política amplia y con capacidad de pelear y construir la hegemonía popular en la ciudad con niveles de PBI per capita que “dan” Suiza, sin serlo.

Si bien los datos que hasta ahora se conocen son los de l*s candidat*s a Jef* de Gobierno, capítulo aparte merecen los de legislador*s: en el caso del FpV se complejiza, ya que las listas de legislador*s se ajustan, son menores a la oferta de “jef*s de gobierno”. La cuenta será engorrosa y larga durante la semana; su conformación final será resultado de conteos y devaneos.

Este voto fue una primaria. Entre este acto y las elecciones habrá rearticulaciones. En la Ciudad de Buenos Aires el voto se mueve más que en otras zonas. Pero su autopercepción en importancia difiere de su peso real en el voto nacional que se juega en la provincia de Buenos Aires y otras. Sin embargo, los símbolos importan; por eso, avanzar en Buenos Aires no es poca cosa, es poner un pie donde el discurso antipopular se arraiga y se reproduce como emblema que debemos combatir.