Por Javier Sáez* (desde Madrid)

En los últimos meses, tras el atentado a los periodistas de Charlie Hebdo y la detención de algunos yihadistas en diversos países europeos, vuelven a escucharse en los foros políticos frases como “la amenaza del Islam”, “el conflicto Oriente-Occidente”, “ellos contra nosotros”, “los bárbaros que amenazan nuestros valores”, donde se identifica sistemáticamente a los creyentes musulmanes con el radicalismo, el terrorismo y el fanatismo integrista islámico.

La islamofobia que recorre Europa tiene un presupuesto de fondo profundamente racista, algo que no se explicita pero que está en la sombra de sus planteamientos. Europa sería una especie de entidad estable y homogénea, casi eterna, con una serie de valores “propios” vinculados al cristianismo (la civilización) y –sin que esto se diga de forma explícita– cuna de una raza blanca “autóctona” que se ve amenazada por otras etnias y creencias “extranjeras”.

Aunque se suele señalar el 11-S como uno de los momentos cruciales en el ascenso de la islamofobia en Europa y en EE.UU., el rechazo a los musulmanes es algo que está presente en Europa a lo largo de toda su historia. La islamofobia hunde sus raíces en ese proyecto de homogeneización social, cultural, étnica, sexual y religiosa que está en los orígenes del proyecto europeo: desde las expulsiones de judíos en España a finales del siglo XV y moriscos en el XVII, hasta las numerosas persecuciones contra los gitanos en toda Europa (que llegaron a legalizar su esclavitud en Rumanía y Moldavia), pasando por los pogromos antisemitas en numerosos países, y por la persecución y quema de los sodomitas y de las “brujas” (en realidad, mujeres libres e independientes).

Vemos desplegarse en esos siglos por toda Europa una serie de prácticas represivas intolerantes que buscan la homogeneización. Este proceso se agrava con la aparición de los Estados nación, que consolidan esa visión monolítica y uniforme de la sociedad. El islam es construido ya desde la Edad Media como lo otro, esa otredad que amenaza una mítica pureza blanca y cristiana europea.

Aunque la religión musulmana es una parte central de las culturas europeas desde hace trece siglos, los procesos de escritura de la historia intentan borrar una y otra vez su legado y su influencia. La religión musulmana es descrita como extranjera, ajena, exterior, oriental, exótica, bárbara, es “el otro”. Y en paralelo se construye el mito del cristianismo como la religión de “los europeos”.

De hecho, vemos hoy en día intentos de este tipo en algunos países europeos como Hungría, que en 2011 aprobó una Constitución que consagraba el catolicismo como religión del país; o el caso del dictador Franco en España, que impuso esta misma religión durante cuarenta años. Los millones de musulmanes que hay en los países balcánicos y en otros países de Europa desde hace muchos siglos son silenciados sistemáticamente en la representación cultural. Eso no es Europa. Esos no son “nuestros” valores. Eso nos recuerda a la perspectiva que aún se tiene a veces sobre los gitanos: aunque son ciudadanos tan europeos como los payos, aun hoy se les sigue considerando “extranjeros” (“vienen de la India”; como si los payos hubiéramos salido del suelo como los espárragos; los payos no venimos de ninguna parte) y son discriminados sistemáticamente en toda Europa.

Como vemos, la islamofobia institucional ha estado siempre presente en el seno del proyecto europeo. No es algo nuevo. Por eso ha sido fácil reavivar los sentimientos de hostilidad contra los musulmanes en los últimos treinta años, cuando vemos reaparecer fuertes discursos islamófobos en muchos países de Europa y numerosos delitos de odio contra personas musulmanas. El informe de 2006 de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales “Muslims in the European Union: Discrimination and Islamophobia” señala que los actos de discriminación contra personas musulmanas son moneda corriente en todos los países de la UE, y alerta sobre el ascenso de delitos y discursos de odio contra estas personas. Los ataques a mezquitas, la quema de viviendas y albergues, la discriminación en el acceso al empleo, los insultos y las agresiones físicas se suceden en muchas ciudades de Europa contra personas musulmanas.

Según el estudio de la ONG británica Runnymede Trust (Islamophobia: a challenge for all us, 1996), la islamofobia tiene al menos ocho características esenciales:

-La creencia de que el islam es un bloque monolítico, estático y refractario al cambio.

-La creencia de que el islam es radicalmente distinto de otras religiones y culturas, con las que no comparte valores y/o influencias.

-La consideración de que el islam es inferior a la cultura occidental: primitivo, irracional, bárbaro y sexista.

-La idea de que el islam es, per se, violento y hostil, propenso al racismo y al choque de civilizaciones.

-La idea de que en el islam, la ideología política y la religión están íntimamente unidos.

-El rechazo global a las críticas a Occidente formuladas desde ámbitos musulmanes.

-La justificación de prácticas discriminatorias y excluyentes hacia los musulmanes.

-La consideración de dicha hostilidad hacia los musulmanes como algo natural y habitual.

Vemos todos estos rasgos en el movimiento islamófobo más llamativo en la actualidad, PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente). Desde octubre de 2014 organiza manifestaciones en Dresde y en otras ciudades alemanas en contra de una supuesta “islamización” del país. No es casualidad el claro vínculo de sus participantes y organizadores con la extrema derecha. De hecho la islamofobia es una de las señas de identidad de todos los movimientos ultraderechistas europeos, que aprovechan el descontento social de la crisis para atraer fieles y culpabilizar de la pobreza y del paro a diferentes cabezas de turco: los musulmanes, los inmigrantes, los gitanos.

 

Falsa defensa de los derechos civiles

Otra vertiente sutil de la islamofobia tiene que ver con la “defensa de los derechos civiles”. Un caso llamativo es el uso de la igualdad entre hombres y mujeres como argumento contra los/as musulmanes/as. En nombre de “la libertad de la mujer” muchos líderes nacionales y locales legislan en contra de que las mujeres puedan usar el velo (pero sin contar con la opinión de las mujeres musulmanas sobre el tema). Otro enfoque parecido es el que tenía el líder ultra holandés Pim Fortuyn, quien, siendo gay, basaba su islamofobia en el argumento de que los musulmanes amenazaban la libertad de las personas lgbt. Esta estrategia de la islamofobia, que se llama homonacionalismo, ha sido analizada por Jasbir Puar en su libro Terrorist Assemblages: considerar a los musulmanes como esencialmente homófobos, es decir, utilizar los derechos de minorías como las personas lgbt para alimentar la islamofobia.

En este contexto, las autoridades europeas y sus políticas actuales de austeridad tienen una responsabilidad que asumir. Aunque formalmente las instituciones europeas protegen los derechos humanos y la igualdad de trato, sus políticas neoliberales han agravado las desigualdades y han desmantelado los estados del bienestar en muchos países europeos. Eso ha creado las condiciones ideales para el ascenso del apoyo social al discurso ultraderechista islamófobo, que usa mensajes simples ante problemas complejos, y que desgraciadamente tienen cada vez más apoyo popular (partidos como Liga Norte, Front National, UKIP, Amanecer Dorado, Jobbik, y miles de grupos y webs neonazis a las que los servicios policiales y de justicia deberían prestar mucha más atención). Por otra parte, las duras políticas antiinmigración que mantiene la Unión Europea y los discursos de algunos de sus líderes, presentan la idea de una Europa-bastión que debe “resistir” los asedios de ese “otro” que intenta entrar en Europa por la valla de Melilla o en los numerosos barcos de refugiados que naufragan cada semana en el Mediterráneo.

A menudo se identifica a estos refugiados con “terroristas yihadistas” como hizo de forma irresponsable el ministro del Interior español recientemente. Por eso, no basta con condenar de forma abstracta la islamofobia. Las instituciones europeas y sus Estados deben cambiar sus políticas sociales y económicas; sólo Estados más solidarios capaces de reducir la pobreza lograrán que no aumente el apoyo popular a los grupos y partidos islamófobos. Sólo reconociendo esa conexión estructural podremos detener el ascenso de la extrema derecha y la repetición de una historia que conocemos demasiado bien en Europa.

Sociólogo. Docente universitario. Ex relator sobre discriminación a pueblos gitanos del Consejo de Europa. Creador de la página www.hartza.com