Flavio RapisardiPor Flavio Rapisardi

David Harvey, uno de los más agudos críticos del neoliberalismo, analiza en su libro Ciudades Rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana qué tipo de umbral político constituyen los espacios urbanos. Allí, analizando ejemplos que nos llevan a ciudades de Asia, África, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, España y América Latina, deconstruye no sólo lo que se pretendió como modos de insurgencia (desde las asambleas barriales poscrisis de 2001 hasta los indignados de Madrid que desconfían hasta de la agrupación Podemos), sino que también desarticula el prejuicio del marxismo ortodoxo (pieza discursiva de especialistas en fogatas) que tiende a considerar las urbanizaciones como epifenómenos de la lucha de clases, y no uno de sus principales dispositivos de reproducción. Los procesos de urbanización que incluyen gentrificación, titularización de tierras, reordenamiento de códigos urbanos y hasta la apertura de espacios públicos funcionan como un engranaje en la absorción de excedentes por partes de bancos y financieras.

Parece contradictorio creer que una titularización de tierras en una villa ubicada en una ciudad pueda ser una medida conservadora. Sin embargo, Harvey, con una impecable economía política, demuestra cómo en distintas ciudades del mundo se titularizaron tierras de manera individual y luego fueron vendidas a grandes emprendimientos comerciales. En este enfoque, presagia que la Rosiña, ese morro magnifico que tiene la mejor vista de Rio de Janeiro, será pronto blanco de los capitales inmobiliarios especulativos a partir de ventas masivas por titularización con el nombre de “urbanizaciones”.

El próximo domingo, la Ciudad de Buenos Aires vota en las PASO. El triunfo está cantado: la derecha conservadora del PRO se apresta a gobernar por cuatro años más. ¿Qué hizo en estos ocho años de gobierno? Aplicar el manual del buen neoliberal.

Todos sabemos las diatribas sobre las bicisendas, los hospitales desarmados, la falta de vacantes en las escuelas y lo que propios y ajenos llaman el “embellecimiento del centro”. Quedémonos con esto último, ya que la masa mayoritaria de votantes porteñ*s no usan hospitales públicos ni escuelas estatales gracias a los altos ingresos que reciben vía paritarias comandadas por el Gobierno nacional y subsidios también federales. En primer lugar califican de embellecimiento a una política de “peatonalizar” calles, que fue un proyecto del arquitecto García Espil, del gobierno de Fernando De la Rúa y no del macrismo. Por otra parte, muchas de estas “peatonalizaciones” se hicieron en zonas de conventillos y casas ocupadas, lo que implicó no un mejoramiento de servicios para sus habitantes, sino una circulación más aceitada de la policía y su desplazamiento por continua acción de persecución por “portación de cara” y por la imposibilidad de que sectores marginados puedan sobrevivir en lo que se denomina el “mix de supervivencia” que combina políticas sociales, changas y algún tipo de actividad informal (y a veces ilegales).

Así, el embellecimiento deviene gentrificación. Lo mismo puede ocurrir con los disputados terrenos que ocupa la Villa 31. En ese barrio, que pertenece a la Comuna 1, fue uno de los pocos en los que el Frente Para la Victoria triunfó con su propuesta elaborada en conjunto con la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la UBA, en la que se proponía no una “urbanización”, sino la conformación de una espacio comunitario donde el suelo no se convierta en capital ficticio que luego sea fácilmente apropiado como renta futura. La tierra en los centros urbanos es, al decir de David Harvey, una “inversión de larga vida” que utiliza el Estado (en el momento de la titularización) y luego se apropian privados (grandes compañías constructoras, entre ellos). Por otra parte, su adquisición con créditos le otorga una temporalidad que facilita su apropiación inescrupulosa si esa titularización no se produce en el marco de un proyecto donde se produzcan “comunalidades urbanas”.

Un ejemplo en la Ciudad de Buenos Aires es el barrio del movimiento piquetero MTL. Autoconstruido, autosleccionad*s sus habitantes, con una radio, espacio de discusión y su negativa a crear servicios públicos en su interior para no guetizar la experiencia convivencial, este barrio es hoy un modelo donde el metro cuadrado cuesta diez veces menos que el valor de mercado.

Los resultados de las PASO en la CABA están cantados. El PRO va a triunfar en su versión cristiana conservadora (Gabriela Michetti y su grupo denominado “Festilindo”) o Rodríguez Larreta (la continuidad de los negocios de Mauricio). Mientras tanto, la oposición, resignada, no apunta más que a formalizar campañas con la felicidad de una fiesta en sus últimos treinta minutos, con una estrategia que pretende hacer valer los logros federales en una ciudad que se cree autónoma y que lo conquistado sólo le importa a un 30%.

El voto al PRO, si es analizado por comunas y barrios, es coherente. Es un voto de clase, etnia y género. Barrios blancos, acomodados, de edad alta y con rubios naturales o artificiales, donde varones patriarcales con camionetas cuatro por cuatro van de sus asfaltos al ripio de sus countries.

¿Qué lugar queda para una propuesta nacional popular en esta Ciudad? ¿Ibarra era progresista y hay posibilidades de girar? Preguntas complejas. El peronismo sólo triunfó dos veces en la CABA. En la segunda presidencia de Perón y con el menemato. La primera vez, el voto de las mujeres y la fuerte presencia de trabajadores organizados en zonas industriales de la Ciudad le dieron el triunfo. En la segunda, en cambio, el neoliberalismo del acomodado fue la fuente del triunfo.

Hoy Buenos Aires, como otras grandes ciudades, son reacias a las propuestas distributivas. Las explicaciones son históricas, sociológicas, comunicacionales y hasta psicoanalíticas, y dan para una tratado. Pero me gustaría apuntar algo sobre este último campo. El artista Daniel Santoro, utilizando a Lacan, habla de la insatisfacción-voracidad de la clase media; cómo las políticas de crecimiento que nos han permitido aumentar nuestro consumo o directamente acceder al mismo han producido subjetividades siniestras que no soportan el goce ajeno y consideran que ese resto les pertenece. Traduzcamos esto a términos políticos: en Argentina, los que se oponen a distribuir son much*s y no sólo llevan nombre como Sociedad Rural, monopolios varios y chirolitas de partido. Hay parte de la batalla cultural que no ha sido ganada y sobre la que deberemos volver una y otra vez hasta que los sectores que aún apuestan a la solidaridad no seamos otra vez minoría.