Por Florencia Abelleira

Darío Sztajnszrajber revolucionó la enseñanza de la filosofía. Los métodos clásicos de pararse frente a una clase en la universidad los sigue manteniendo, pero fue más allá y protagonizó una serie de ficción, una obra de teatro y música, y algunos programas de radio que acercan la filosofía a cualquier persona. Hoy vuelve a La Plata para inaugurar junto con Pacho O’Donnell y Felipe Pigna el Encuentro de la Letra y la Historia, que se celebrará en el Teatro Argentino. En diálogo con Contexto, adelantó que su disertación se llamará “La verdad en la Historia” y filosofará acerca de las tensiones que se producen al pensar la Historia sin caer en absolutismos ni relativismos.

 

Al hablar de la historia resaltás el hecho de no caer en lo relativo ni lo absoluto. ¿Cómo analizás en estos términos el presente narrado por los medios de comunicación?

Creo que en estos últimos años ha irrumpido la posibilidad de hacer otra lectura de la historia a través de lo que es, por un lado, un proyecto cultural y comunicacional alrededor de los distintos proyectos de televisión pública que buscan contraponer a las lecturas del mercado comunicacional otras formas de relacionarse con la historia. En la medida en que esa otra lectura que proviene más de las políticas comunicacionales públicas no reproduzca la misma matriz con la que se pelea, entonces va a estar todo bien. Quiero decir, si frente a las lecturas más liberales de la historia lo que se propone es un antiliberalismo sustancialista y a secas, me parece que no se sale de la dicotomía. Creo que la función del Estado no es librar una batalla contra el mercado, sino compensar más bien todo lo que el mercado en su afán acumulativo deja afuera. Entonces, muchos de los proyectos que han salido del mundo de la comunicación en estos años van por ese lado. Me parece que también desde el punto de vista del saber pasa algo parecido, hay una profusión de investigaciones que van posibilitando una reflexión sobre la historia de manera plural, entonces ya es difícil hoy ver en la academia líneas investigativas hegemónicas. Uno se encuentra por suerte con una diversidad bastante creciente que posibilita lo que para mí es tal vez la forma más democrática de vincularse con la historia, de poder acceder a diferentes lecturas e ir uno permanentemente redescribiendo la historia a partir de esos abordajes.

 

El kirchnerismo hace hincapié en la importancia de un proyecto y no en sus líderes. ¿Con qué creés que se identifica la sociedad?

Yo creo que la recuperación de la política tiene que ver con priorizar los modelos a los líderes. Me parece que el concepto de liderazgo, cuando se vuelve muy personalista, está atravesado por una lógica mediática o consumista que prioriza características del líder que lo alejan de lo que son los principios con los que uno puede pensar un modelo de país. Creo que mal le ha hecho a la política y ha sido como un factor que ha generado lo que hoy se puede llamar la crisis de la política tradicional: esos personalismos que vaciaron a la política de lo político. O sea, le quitaron su principal propósito, que entiendo que está siempre más cerca de una concepción de la transformación, de un modelo de vida, de personalismos que seducen o provocan adhesión por cuestiones carismáticas, que no es algo que en sí mismo sea negativo o positivo, sino que esos carismas hoy están demasiado influidos por la espectacularización de la política por medio de valores más propios de lo que es la circulación mediática.

“NO LE TEMO A LA DIFERENCIA, LE TEMO MÁS A QUE UNA DE LAS TANTAS FACCIONES QUE HACEN A UNA SOCIEDAD SE IMPONGA SOBRE EL RESTO EN NOMBRE DE LA NORMALIDAD.”

Hablando del futuro, ¿qué lectura podés hacer del rumbo que podemos adquirir como país?

No creo en esos conceptos como “la gente”, “el país” en un sentido homogéneo. Creo que una sociedad, un país, una población, son siempre escenarios de conflictos entre distintos proyectos o particularidades o diferencias que entran en contacto. No le temo a la diferencia, le temo más a que una de las tantas facciones que hacen a una sociedad se imponga sobre el resto en nombre de la normalidad o en nombre de la unicidad. Creo que si algo ha hecho el kirchnerismo fue poner en evidencia eso: que una sociedad es una zona de conflictos y lo que resta es reflexionar sobre el carácter de un conflicto. Diferenciar conflicto de violencia por sobre todo, entendiendo que la violencia tiene que ver con la supresión de la diferencia en nombre de la disolución del conflicto. Creo que los conflictos son creativos, ayudan a pensarnos mejor a nosotros mismos. Conflicto en término de lo que me diferencia del otro. Entonces, ¿qué me aporta la diferencia del otro para pensar mejor mi propia narración?

Visto desde esa lógica, me parece difícil volver atrás en este sentido. Creo que se han manifestado muy abiertamente distintos modelos de país y hay una repolitización bastante fuerte de la esfera pública que permite tener bastante claras las diferencias y poder apostar a un diálogo entre ellas.

 

Desde hace un tiempo, y desde el Memorándum de entendimiento con Irán, la denuncia y la muerte del fiscal Nisman, las asociaciones judías tomaron notoriedad y comenzó una discusión sobre la relación entre comunidad y organizaciones, la relación de ambas con el Estado de Israel, la relación entre Estado y Gobierno en Israel, el papel del progresismo. Hace algún tiempo vos introdujiste el concepto de posjudaísmo, ¿qué significado tiene?

Fue hace muchos años. Van a cumplirse diez años de cuando organizamos una serie de mesas redondas como para repensar lo judío a sabiendas de una transformación importante que se iba produciendo en el mundo judío argentino. Sobre todo en la visualización de la existencia de muchos judíos que no se sentían representados por las instituciones comunitarias que en la historia del judaísmo argentino siempre habían sido bastante representativas. Entonces se había dado un proceso novedoso en los últimos 20 o 25 años, que era, a diferencia de lo que tradicionalmente ocurrió en nuestro país, que los judíos argentinos también se sentían identificados como judíos pero por fuera de los marcos comunitarios que eran los que tradicionalmente habían albergado la vida judía en la Argentina. Eso permitió que habláramos de posjudaísmo, entendiendo que se habían descentrado los marcos referenciales del judaísmo verdadero. Había explotado la idea de que había un único judaísmo. Dijimos entonces que ya no se podía hablar de un judaísmo, sino de judíos, cada uno de los cuales iba construyendo su propia interpretación de su identidad, lecturas muy distintas y hasta antagónicas. Toda esta reflexión teórica implicaba también como una deconstrucción de los márgenes más epistémicamente. En la tradición judía se establecen marcos normativos para definir quién es judío y quién no. El posjudaismo deconstruye toda definición y se basa en una máxima que intenta definirse desde la no definición, que es que judío es el que se siente judío.

“La academia ha sido muy dura con la divulgación. La ha considerado casi como una faceta bastarda del saber, se ha peleado con la popularización del conocimiento.”

¿Qué opinás de la relación que hay entre la academia y el público en general, sobre todo teniendo en cuenta que sos un referente de la divulgación?

No hay que poner en competencia la divulgación con la academia como si fuesen dos proyectos en pugna. Me parece que lo que ha aparecido en los últimos años es la posibilidad de una divulgación de los saberes avalada por una política de Estado que ha hecho de la divulgación justamente la posibilidad de una apropiación de parte del conocimiento por sectores cada vez más amplios de la sociedad, a través de proyectos como Canal Encuentro o Tecnópolis, que son proyectos que tienen ese propósito. No el de pelearse con la academia, sino de complementarla, demostrar que muchas de las investigaciones académicas pueden circular al mismo tiempo por sectores más bien exógenos y ser bastante útiles para generar otro tipo de sentido. Nadie por consumir programas de televisión como los que hacemos nosotros en Canal Encuentro va a hacer una carrera de filosofía. Tienen propósitos diferentes. El problema es que la academia ha sido muy dura con la divulgación, la ha considerado casi como una faceta bastarda del saber y se ha peleado con esa vocación de popularización del conocimiento. Me parece que en estos tiempos, gracias al trabajo sostenido de todos los sectores, hay una relación más cordial. La academia entiende que la divulgación es necesaria y la divulgación no sale a discutir en las zonas que no le compete, y se complementan muy bien. De hecho, el CONICET exige a todo proyecto de investigación que pueda ser divulgado, y me parece que la divulgación, así como más burda, más falta de rigor, no ha tenido éxito en los medios más bien públicos que se ponen muy rígidos a la hora de apostar a la divulgación pero sin renunciar a la calidad y al rigor.