Por Alex Trujillo Giraldo y Lourdes Rivadeneyra

A un año de la muerte de Gabo, nos preguntamos si en vez de ser un autoexiliado en París a mediados de los años cincuenta, debido al cierre de El Espectador por el gobierno de Rojas Pinilla, Gabito fuera un estudiante colombiano en Buenos Aires, autoexiliado debido a la educación de mercado del gobierno Santos. Este Gabo imaginario se encontraría en medio de los nutridos cafés porteños, seguramente sobreviviendo como mesero. Entre lágrimas y medialunas, sería un atento oyente de las discusiones del día a día. Capaz, escucharía que River y Boca podrían enfrentarse en la Copa Libertadores, y que el fútbol moviliza a la mayoría de los clientes. Pero también –probablemente– que se acercan las elecciones.

No sería ajeno ni a los titulares de TN, canal preferido por los propietarios de los locales gastronómicos en Capital Federal, ni a los comentarios que se generan: “ASÍ ES LA VILLA 1-11-14: ZONA PERUANOS-Paco, cocaína; ZONA PARAGUAYOS-Marihuana”. Por ejemplo, y Gabo tendría que escuchar comentarios típicamente porteños: “Son todos unos narcos”, “viven de planes y subsidios”, “que se vayan a su país”, entre otros.

Pero el pobre Gabo, en su impotente condición de mesero, evitaría, con la formalidad  que caracteriza a los colombianos, entrar en discusión. No sólo soportaría estos comentarios de mal gusto, sino que yendo a su casa que no es el Hotel Lacroix—donde se alojó el Gabo real en París—ni su pueblo macondiano en algún rincón de Colombia.

También encontraría otros comentarios similares que reproducen el discurso televisivo, hay miedo y rabia. Pulula la cólera y hay poco amor estos días en Buenos Aires. Migrar en estos tiempos de cólera (el estado mental, no la infección) es complicado, han llevado al centro de la agenda política la inseguridad, y el primer enemigo creado ha sido la inmigración.

Gabo, seguramente, se daría cuenta de que este es un país construido por migrantes, lo notaría cuando vea a los obreros de la construcción, comprando en el supermercado o en la verdulería. Agradecería, sin duda, las bondades que la Ley de Migraciones 25.871 le da al migrante. Pero se vería interpelado por la zozobra si esto irá mejorando o empeorando, y si en este ambiente tan hostil que se genera en los medios, alguien tendría la fortaleza para abanderarse junto a la comunidad migrante.

 

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Frente Patria Migrante: organización política como clave de los derechos

Por Flavio Rapisardi

Fue en los 2000. Argentina apoyó y trabajó para que la Conferencia de Durban no naufragara frente a la presión de Estados Unidos e Israel, que se oponían a la reparación de los países africanos por años de despojo; y del Estado israelí, que no aceptaba la presencia palestina. En ese encuentro, se decidió que los distintos países firmantes se comprometieran a impulsar planes nacionales contra la discriminación.

Argentina, con el apoyo de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la Naciones Unidas, y con el trabajo de un equipo coordinado por Waldo Villapando y Miranda Cassino, convocaron a organizaciones, junto con la Dirección de Derechos Humanos de la Cancillería Argentina, a cargo del Embajador Federico Villegas Beltrán.

En un trabajo con movimientos y organizaciones, Argentina tuvo su Plan Nacional contra la Discriminación en el año 2005, que el entones presidente Néstor Kirchner impulsó con el Decreto 1086/2005.

Pero no todo quedó ahí. El gobierno del ex presidente decidió impulsar la política de un organismo que estaba “congelado” en la estructura institucional. Bajo la conducción de María José Lubertino, el Plan pasó a ser el programa de acción del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación). El Plan exigía la participación de organizaciones y movimientos no sólo en el Directorio del organismo donde la APDH, la DAIA y la FEARAB tienen aún lugares vitalicios, sino que se crearon dos instancias de apertura, participación y acción: el consejo asesor y los foros de la sociedad civil. Fue una época de crecimiento, multiplicación e instalación de los debates antidiscriminatorios.

En ese marco surgieron alianzas, articulaciones y también rupturas: la relación con el Estado era piedra de discusión porque seguía siendo considerado enemigo, como una continuidad del Estado neoliberal. El Plan Nacional contra la Discriminación era lúcido en su diagnóstico y osado en sus propuestas. Pero la dinámica política de la última década se aceleró y avanzó sobre las propuestas no solo consagrándolas, sino también superándolas.

En lo que respecta a migraciones y refugio, lo que allí se solicitaba se cumplió en gran medida: la Ley 25.871 fue un cambio radical de perspectiva: los derechos humanos fueron su paradigma. Luego vino su reglamentación, lo que siempre resulta dificultoso por las inercias burocráticas, los intereses en pugna, las propias disidencia de las organizaciones.

Sin embargo, podemos decir que, en estos años, la Ley de Migraciones es única en su tipo en todo el mundo: los derechos humanos son el marco de una política de inclusión. Pero hay deudas que no hacen peligrar el progreso, ya que algo fue entendido por la militancia política y social: entender que la organización es la herramienta y el reaseguro de la emancipación.

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