Por Guido Pirrone*

 

En la última apertura de sesiones del Concejo Deliberante local se habló del concepto de “ciudad verde”, una idea que muchos enarbolan, pocos discuten y nadie lleva adelante. Hablar de una “ciudad verde”, de una ciudad comprometida con el cuidado del ambiente y las buenas prácticas ambientales, es un lugar común de quienes no quieren dar una discusión profunda de lo que implica un modelo ambientalmente sustentable de gestión local. Una “ciudad verde” es políticamente correcta, es “cómoda” y meramente discursiva.

Una ciudad que se configure como verdaderamente responsable en cuestiones ambientales y que sea, por ende, sustentable es por definición una ciudad incómoda para los grandes intereses instalados. Mirar con verdadero compromiso el crecimiento equilibrado entre producción y ambiente enfrenta el desafío de discutir algunos “derechos adquiridos” por los grupos de poder, ponerlos en crisis y bregar por un desarrollo equilibrado y responsable.

En ese marco, el primer paso para poder hablar de una “ciudad verde” no es definir qué decimos cuando decimos “verde”, sino qué decimos cuando hablamos de “ciudad”. No debemos restringir la ciudad a lo que conocemos como casco urbano. La ciudad tiene en total 926 km2, de los cuales el casco urbano representa sólo el 21% (203 km2). Por ello, pensar que el problema ambiental de La Plata implica atender a la problemática del centro es cuanto menos una visión miope, sino irresponsable.

Para poder instaurar un abordaje real, sincero, de la cuestión ambiental en la ciudad, lo primero que se debería hacer es dejar de darle la espalda a ese otro 80% de la ciudad, que resulta permanentemente relegado.

 

La cuestión de los residuos

Por tomar sólo un aspecto de la política ambiental que una comuna debería llevar adelante, podríamos mencionar el tema “residuos”. Allí las desigualdades entre centro y periferia son escandalosas.

Mientras desde el centro se anuncia una estrategia de recolección diferenciada de residuos sólidos urbanos (RSU), en la periferia la recolección no alcanza siquiera, en los mejores casos, a tener una continuidad semanal, y en muchos sectores (los más humildes, por supuesto) no existe recolección domiciliaria y los vecinos tienen que desplazarse con sus residuos hasta el punto por donde pasa el recolector o dejarlos en la calle y que “alguien más se haga responsable”.

Este panorama hace que la gestión integral que se reclama para el tratamiento de los residuos, no sólo desde la sociedad, sino la exigida por las leyes, en este caso la Ley Nacional N° 25.916 y la Provincial N° 13.592, se pierda en acciones aisladas y de mero maquillaje, que buscan mostrar gestión en donde se cree que se ve, mientras se invisibilizan los sectores más vulnerables, más alejados de ese centro, donde las políticas públicas rara vez llegan. No hay forma de pensar nada integral desde esta concepción.

Una gestión integral de los residuos supone un rol muy fuerte de la educación ambiental, de la concientización de la comunidad entre otros factores, pero exige necesariamente una gestión pública eficiente e inclusiva, una gestión que invite a pensar que el cambio es posible y sobre todo que el esfuerzo vale la pena.

Difícilmente podríamos convencer a un vecino que separe sus residuos entre secos y húmedos si luego ve cómo el camión recolector junta bolsas verdes, blancas, negras, sin distinción, o cuando ve que el “sistema de recolección” consiste en acumular las bolsas en una esquina para que “al rato” pase el camión, generando una especie de banquete para los perros y gatos, que suelen ser más veloces que el recolector.

Sería muy complejo pedir el compromiso de los vecinos en no sacar la basura fuera del horario estipulado o no arrojarla en lugares indebidos si luego es testigo de la proliferación de basurales “semiclandestinos” en canteras abonadas o privadas, donde se arrojan residuos incluso de la propia comuna.

Es muy difícil sostener desde el Estado un discurso ambiental cuando desde la gestión pública no se brindan las herramientas mínimas ni se ejercen los controles necesarios para garantizar el bienestar integral del ciudadano. Y, peor aun, es generar una distinción entre esos ciudadanos, ya sea que vivan dentro o fuera del casco urbano.

La idea de “integral” habla de un pensamiento oblicuo, que atraviesa los múltiples aspectos de una cuestión como es la gestión de los residuos, y que se tiene que pensar desde el momento de generación, no ya del residuo en sí sino del producto mismo, hasta el momento de la disposición final, segura y confiable.

Todo esto no puede hacerse sin tener en cuenta la diversidad, la desigualdad real que existe entre el adentro y el afuera. Parte de la integralidad implica pensar de manera inclusiva, derribar la misma idea de un “adentro y afuera”, para pensar una ciudad de todos, una verdadera ciudad verde para todas y todos los platenses.

* Docente e investigador de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social


 

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