Por Lalo Painceira

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.

Lo escribió Eduardo Galeano cuando, con habilidad de cirujano político, nos mostró con toda crudeza las venas abiertas de nuestra Patria Grande. Y necesito contarle a él, ahora que habita ese infinito insondable entre el estar y el ser ausencia, que lo conocí a través de ese libro suyo en aquellos años de combate y en la soledad de una celda, exactamente la 786 del pabellón 15 de la Unidad 9 de La Plata (que era entonces el destinado a presos políticos) que obligadamente habité durante once meses y algunos días más. Pero, como decía Mattelart de Cortázar, “me duele usar el pasado imperfecto para él. Sigue vivo, merodeando por ahí, por aquí cerca. Es –sí, ES– un ser angelical”.

Galeano también ES, así, como lo escribió Mattelart refiriéndose a otro santo laico y solidario con las revoluciones latinoamericanas. Por eso no necesito sumergirme en el pasado, en la historia, porque Galeano vive en la memoria, que es el cielo que los pueblos abrieron a sus elegidos. Por esa misma razón, las generaciones de los sesenta y los setenta no son historia ni pasado; su proyección los lleva a ser presente y, más aun, a ser futuro. De esta manera digo, mejor dicho decimos, que Galeano vive, y más aun, convive con nosotros guardado en la memoria. ¿Cómo voy a olvidar yo cuando, allá en 1972, era uno de aquellos quince o veinte jóvenes, todos menores de treinta años, vestidos de gris pizarra como monjes porque nos obligaban a vestir uniforme, que en rueda y sentados en el suelo áspero del patio de recreo te leíamos, Galeano, a vos y a Marta Harnecker, trampolines para la discusión política, porque, por esos milagros que a veces tienen las cárceles, el censor los dejó pasar y llegaron a nuestras manos.

Por lo tanto, compañero Galeano, usted vive en mí desde aquel tiempo. Usted, compañero, no permanece guardado en el silencioso y casto estante de las bibliotecas académicas, maternidad en donde nacen los cánones y en donde se llenan de polvo y tierra las ideas. No, para nada, compañero. Usted comparte el diálogo con aquellos textos que hablan de los procesos revolucionarios de nuestra Patria Grande, de peronismo, de marxismo, de socialismo o cualquiera de los otros procesos populares de este continente ardorosamente vivo y que el imperio se empeña en no tolerar ni recordar. En usted nos seguimos reconociendo, nos seguimos tuteando, porque nos interpelás enriqueciéndonos y nos conducís para que caminemos detrás de la gran utopía, que como siempre será inalcanzable, pero que nos hace marchar hacia ella, que es lo importante, según la recordada anécdota que contaba Fernando Birri y que te gustaba repetir tanto, que hasta muchos terminaron adjudicándotela.

Y fíjese la coincidencia, compañero. Usted nos deja en un momento clave, como si se hubiera quedado sin aliento por prestarle la palabra, allá en Panamá, en la Cumbre de las Américas, a las compañeras Cristina y Dilma y a los compañeros Correa, Evo y Maduro. ¡Qué pena que no le alcanzó para su compatriota Tabaré Vázquez y qué diferente hubiera sido con el Pepe! ¿No? Pero no importa, la Patria Grande vale con todas sus diferencias y a esto lo conoce usted, compañero Galeano, que ha participado de numerosas redacciones de publicaciones míticas, como Marcha, Crisis y tantas otras. Allí, en las redacciones, la convivencia teje lazos tan profundos entre sus integrantes que los hace familias. Y, como suele suceder en el ámbito familiar, la disparidad en algunas medidas o acciones o silencios nunca rompe la convivencia.

Como usted sabrá, vivimos una semana agitada. Los monopolios mediáticos se valen de matones para impedir que un compatriota y colega suyo, Víctor Hugo Morales, demuestre tal servilismo de algunos gobiernos locales para con ellos que hasta permiten levantar muros, como si los existentes desde la ideología que encarnan no fueran suficientes. En otro barrio de la misma ciudad (¡qué coincidencia!) quisieron prender fuego un local de La Cámpora, integrada, como otras agrupaciones, por la juventud maravillosa de hoy.

Ante estas muestras de prepotencia que tanto recuerdan a los tiempos dictatoriales pasados, la compañera Cristina, nuestra Presidenta, abrió el juego para quienes son los herederos reales de aquella fuerza nacida en la revolución de 1890 y que con su lucha logró imponer el voto universal y obligatorio, que se acunó en la Reforma Universitaria que, desde Córdoba y nuestra ciudad, empezó a hablar de Patria Grande. Hablo del radicalismo popular, ese que no se dejó tentar por el antiperonismo visceral de algunas capas medias privilegiadas.

Así están las cosas, compañero Galeano, en este año electoral que importa a nuestra Facultad de Periodismo de La Plata, porque la compañera Florencia, que conduce desde Periodismo este proceso abierto a la ciudad, demuestra que es compatible con la vida académica integrarse y jugarse por los vecinos que menos tienen.

Y quiero despedirme de usted, al que no recordamos porque sigue presente, con un fragmento del párrafo final de Las venas… que completa la edición de 1978: “Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro”.