los cuentos del negro josePor Rafael Ton

Nació en el año 1904, en Figueres, provincia de Girona, aunque quienes escudriñaron en las sombras de su historia descubrieron que a Eugenio Salvador Dalí lo precedía otro nacimiento. Su madre, ferviente católica, había dado a luz a un niño al que llamó Eugenio Salvador Dalí, su hijo primogénito. En circunstancias extrañas y en tiempos no exactamente determinados, el primer Eugenio Salvador falleció. Lo poco que se sabe es que su desaparición fue tan impredecible como vertiginosa.

Desde antes de apreciar un notable parecido con el difunto, sus padres ya habían determinado un perverso homenaje que comenzó al otorgarle el nombre de su hermano muerto. Posteriormente lo fueron vistiendo con la ropa heredada de su antecesor y le prodigaron los mismos retos y los mismos consejos. Pretendieron, innumerables veces, repetir hechos pasados y celebraban emocionados cuando esto sucedía.

“¡Es él!” ––exclamaba su madre, gozosa.

Una vela alumbraba la ilustración del hijo muerto, al lado de un pesado crucifijo y una copia del Cristo de Velázquez. Elementos de culto inamovibles que causaron al pequeño Salvador una fuerte impresión desde muy niño.

Meticulosamente lo hicieron sentar, acostarse y estudiar en el lugar donde lo había hecho su hermano; lo empujaron a comer y a disfrutar los platos que el paladar del difunto primogénito, años antes, había preferido y saboreado. Los padres lo cercaban con trampas y comentarios capciosos intentando que el pequeño Eugenio acabara reeligiendo los juegos de su antecesor.

Ya llegando a su adolescencia, Dalí comprendió que no era dueño de su vida, que lo habían encerrado en un rito mortuorio permanente. Fue entonces cuando decidió hacer desaparecer a su antecesor de alguna manera, con el convencimiento de que solo de esta forma podría ser el principal artífice de su destino. Lo único que parecía distinguirlo del hermano era una habilidad prodigiosa que mostraba al dibujar. Y esa fue el arma escogida.

Para consumar el crimen eligió pintar un cuadro fidedigno del difunto y destruirlo. Era traspasar ese fantasma interior al lienzo. Y de ese modo empezar a extirpar de su propia existencia, desde las entrañas de su cuerpo, todos los restos de ese espíritu que, aun sujeto a sus huesos y a su carne, le era extraño.

Le revelaría a Gala, muchos años después: “Fue transportar la esencia de mi hermano al albo nada del lienzo”.

Exponiéndose a recibir un castigo severo en caso de que sus padres lo descubrieran, decidió crear una imagen que, siendo en verdad la representación del primer Eugenio Salvador, fuera, ante los ojos de sus progenitores, él mismo.

Atrapó en el lienzo los movimientos y los gestos que, según se había percatado, no le pertenecían, incluso los habituales, guardándose para sí los más extravagantes. Encerró en los colores las costumbres, los deseos y los miedos que, hasta ese instante, habían sido confusamente similares a los suyos. Diluyó en sombras y perfiles desnaturalizados las huellas de un tránsito que no le correspondía.

En una oportunidad, tras una cena con la familia del poeta Ramón Pichot – reunión que finalizó a altas horas de la noche –, y ya seguro del sueño de sus padres, llevó el paño al patio trasero de su casa. Lo alzó sobre maderas y papeles y esparció a su alrededor restos casi putrefactos de las flores que su madre llevaba, junto a él, al camposanto. Todo lo hizo con minucia y movimientos solemnes, en completo silencio, como montando un ritual sacro que fracasaría si no se erguía puntillosamente.

Su hermano ardió y el Salvador Dalí sobreviviente fue el único testigo mudo de esta segunda muerte. El paño se fue consumiendo, retorciéndose; los colores de su hermano se fundieron entre las llamas. Recordaría Salvador la fragancia, la tibieza de sus propias lágrimas, el temor de que sus padres despertaran, los ruidos del fuego consumiendo cada tonalidad, cada atributo, toda la esencia del primogénito. Pero, inexplicablemente, y tal como se lo confesara a Gala, solo a ella: “Ya nunca más logré recordar los colores exactos que observé en las llamas de aquel lienzo. Y a partir de aquella noche puse una máscara que cubrió el rostro del fatal recuerdo”.

Quizá tras una máscara escondió la culpa de haber acabado con esa existencia que le había signado el camino a recorrer. Gala, al escuchar la historia, y sin juzgarlo, le permitió apaciguar cierto cargo de culpa. Entonces, solo entonces, se acabó una pesadilla que cada tanto lo flagelaba en su descanso, una pesadilla en la que todo se oscurecía imprevistamente y una niebla gris le saltaba a los ojos. Era una mancha oscura, impenetrable, un fuego azabache y espeso presto a quemarlo. Despertaba asustado y, como una forma de escapar de aquella espantosa sensación, viajaba con su mente a otro lugar, volando en arcoíris, montando animales fantásticos, jamás vistos por ningún hombre; o reposaba junto a cuerpos desnudos de mujeres en cuyas curvas descubría ciudades, figuras geométricas o juegos. A veces se quedaba contemplando los fulgores emanados de antiquísimas ceremonias y de los divertimentos infantiles donde sucede lo que solo la mirada de los niños percibe; o se quedaba extasiado observando y tratando de recordar, para luego llevar al lienzo, los gritos mudos de las estatuas en los parques abandonados o los ecos de las remembranzas humanas, en el mundo que solo es concurrido por espíritus y al que tuvo acceso desde aquella noche.