Por Florencia Abelleira

Sobre la esquina de 29 y 514, en el barrio Hernández, unos niños juegan al fútbol en una cancha improvisada. Cada vez que le pegan a la pelota los envuelve una nube de polvo denso. El paisaje es imponente: detrás de ellos se levanta una montaña de basura, escombros y tierra compactada que estuvo prendida fuego durante una semana, bañando de humo a media ciudad. Ya no hay más olor a quemado, pero el hedor agrio a basural es indisimulable.

Nadie sabe cómo se generó el incendio. Algunos creen que está involucrado un puntero de un partido político que, según los vecinos, recibía plata por cada camión que entraba al basural. Otros dicen que puede haber sido por una combustión de los líquidos lixiviados que produce la misma basura estancada, en descomposición. Pero lo certero es que los bomberos no pudieron atravesar la montaña hedionda para apagar el fuego y muchos habitantes del barrio quedaron con sus casas impregnadas de olor a humo.

Esos kilos de desechos acumulados durante años y años que contaminan el suelo, el aire y el agua de las napas guardan un problema histórico que se replica en varios lugares de la ciudad. De manera ilegal, la Municipalidad desvía camiones de basura hacia ese predio –que antiguamente era una cantera– hasta que los vecinos juntan fuerzas y protestan. Entonces lo clausuran por unos días, para luego volver al ruedo.

Pero esta vez fue distinto: el misterioso incendio ardió durante una semana y dejó a muchos habitantes internados y a muchos otros con unas incipientes ganas de organizarse.

“Los vecinos estamos con diarreas y vómitos desde hace días. Muchos nenes estuvieron y aún siguen internados, con problemas de bronquios. Los padres tienen que ir a buscar a sus hijos porque se quejan de que les pica la garganta y muchos de nosotros estamos con erupciones en la piel”, cuenta Nelly, una vecina del barrio, de esas que llevan la voz cantante.

Los vecinos están hartos de promesas. Desde el gobierno de Alak que les aseguran soluciones pero nunca ven los resultados. Y mientras desde la municipalidad piensan una excusa para encubrir lo que está a la vista, una lava fétida brota del gran volcán de basura en erupción.

“Mi sobrina es asmática y mi hermana ya no sabe qué hacer. El camión regador no sirve de nada, porque los camiones que llevan basura a la cantera pasan de 8 a 1 de la mañana. Está todo cubierto de polvo”, se indigna un hombre que asistió a la reunión vecinal.

Es la tercera que hacen desde que comenzó el incendio. En las dos anteriores planearon un corte de calle que hicieron el lunes a la mañana frente al municipio.

“Nosotros somos antipolíticos. Estamos saturados de promesas incumplidas”, grita Nelly para que la veintena de personas que se juntaron en la puerta de su club comunal, donde también funciona la radio comunitaria del barrio, la escuchen.

Pero cambia de actitud cuando Florencia Saintout se presenta junto con Ludmila Kostiuk y Guillermo Cara y les explican que ellos, desde el bloque FPV Nacional y Popular, no les pueden prometer nada, pero sí ayudar al menos con estudios medioambientales y pedidos de informe al Ejecutivo municipal para que rindan cuentas sobre el funcionamiento del basural, sobre el incendio y las consecuencias de degradación ambiental que todo ese combo trae consigo.

“Dijeron que iban a poner a la policía para que controlara que no pasen más camiones a tirar basura, pero es mentira, la policía no está”, protesta otra vecina.

“Qué paradoja, ¿no?”, dice la concejal Saintout, “necesitan de la policía para que los controlen a ellos mismos, si ellos son los que deciden dónde tirar la basura”.

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El predio, de unos 600 metros cuadrados, pertenecía, allá por el primer gobierno de Perón, a la empresa Orazi, que –como en otras zonas de la ciudad– dejó una cantera que se llenó con agua de lluvia y quedó como una laguna artificial en medio del barrio.

“Nosotros siempre íbamos ahí a tomar mates los fines de semana. Era un lugar lindo, te podías bañar”, cuenta Nelly, sentada en una reposera en la vereda, junto al altar del Gauchito Gil que tiene a la entrada de su casa.

La mujer, una jubilada descreída de la política –o mejor dicho, de los partidos políticos–, explica que más tarde asfaltaron algunas calles; entonces el agua corría hacia la cantera y ya no era tan limpia. Además, el agua estancada no era segura. Luego de que algunos niños se ahogaron, pidieron el cierre definitivo.

Les dijeron que lo iban a rellenar con escombros, hojas y ramas, pero finalmente fueron a parar las bolsas de residuos que cada ciudadano saca a la calle antes de que termine el día.

Los eslogan de la campaña del bruerismo hablan de ciudad verde y limpia. Pero ¿qué áreas de la ciudad son habitables?, ¿qué parte de La Plata tiene una plaza cada siete cuadras y el camión recolector pasa todas las noches? Quizás para algunos la periferia no es ciudad. La municipalidad debe hacerse ver en el casco urbano y dejar librado a la suerte a los alrededores. La norma sería: donde hay cantera, no hay municipio. Pero lo hay, para contaminar, para abrir basurales a cielo abierto de manera ilegítima.

Ayer a la mañana, unos cien vecinos hicieron la primera protesta frente a la Municipalidad. En el semáforo de 12 y 51 repartían folletos con una consigna clara: “No queremos más cantera”. También están juntando firmas en un petitorio para presionar al gobierno. Pero no tienen la misma respuesta de apoyo en todo el barrio porque muchos de los vecinos trabajan en las cooperativas de Ciudad Limpia, pertenecientes a la Municipalidad de La Plata, haciendo tareas de barrido y limpieza, y el puntero los “aprieta” para que no se metan.

Luego de la protesta los atendió el director de Centros Comunales del municipio, Rubén Gauna, y ahora están a la espera de una respuesta que al parecer les darán en la reunión que acordaron para este viernes a las 20 horas.

Pero el basural ilegal es un problema más que se sumó en el barrio: los vecinos de Hernández no tienen cloacas y hace más de dos años que vienen peleando para que Edelap les coloque los medidores.

Mientras en el casco urbano el ciudadano hace un nudo en la bolsa, la deposita en el tacho antes de que pase el recolector y se olvida de sus desechos, en el barrio Hernández siguen en medio de las ratas, la mierda y el olor a podrido.


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