Por Lisa Solomin

“¿Vos tenés las poesías de tu mamá?”. La pregunta disparó una búsqueda que terminó en un sobre acolchado con 48 poemas escritos a máquina en papel amarillento. Era la herencia oculta que Luisa Marta Córica, una militante y trabajadora del Hipódromo platense asesinada en abril de 1975 por el grupo paramilitar Concentración Nacional Universitaria (CNU), había dejado y que su hija, Andrea Suárez Córica, transformó en el libro La niña que sueña con nieves, que hoy presentará en un acto literario y de reivindicación de su memoria .

“Yo no recuerdo, ni sabía que mi mamá escribiera. Siempre la reivindiqué como militante, como trabajadora, como actriz, pero nunca como poeta”, explicó Andrea. El libro cobró forma a partir del interés de Julián Axat y Juan Aiub, creadores de la Colección Detectives Salvajes, en la que los escritores platenses (e hijos de desaparecidos) recuperan para la memoria los escritos de los militantes de la década del setenta arrebatados por el terrorismo de Estado, y también por el apoyo de José María Pallaoro, de la editorial Libros de la talita dorada. La sensibilidad de Luisa Marta Córica, a través de 48 poemas, se presenta hoy a las 18,30 en el aula C01 de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UNLP), en La Plata.

El poemario hizo un largo recorrido antes de llegar a las manos de su hija. En 1994, Andrea se conectó por casualidad con quien había sido su vecino en el departamento de 47 entre 10 y 11, donde vivió con sus dos hermanos y su madre hasta el día del asesinato. Fito Bergerot estaba exiliado en España. En su primera carta, le contó un montón de anécdotas y le preguntó si tenía sus poemas. Unas semanas después, el sobre acolchado llegaba desde Europa luego de un viaje larguísimo que comenzó ese fatal día de abril.

Cuando empezó a charlar con los editores la idea de publicar el poemario, sintió que tenía que desandar el camino que la llevó a ella. La búsqueda comenzó con una nota en birome al pie del primer poema mecanografiado de su madre: “Fito, me enteré que no podías venir por razones obvias. Muchos de estos poemas te pertenecen, por eso te los dejo. Un abrazo grandote, Novalgina”.

Luis Ostrovsky, alias Novalgina, era otro vecino y compañero de Luisa. El día que la mataron recorrió el departamento de la mujer buscando agendas, volantes o documentos que pudieran comprometer a los compañeros de la Juventud Universitaria Peronista, la organización en la que militaban. Al pasar junto a la mesa del comedor vio los poemas. “No sé por qué los agarré”, le explicó a Andrea en el reencuentro, ”pero yo sentí que ahí estaba el espíritu de tu mamá”. Se los dejó a Fito en su departamento con la nota al pie. Pero Fito no pudo volver nunca más al departamento de 47: de la clandestinidad pasó a la cárcel y de ahí al exilio en España. En esos días entró al departamento de ellos otro chico de Mercedes, “La bruja” Verón, el último de “los guardianes”, como los llama Andrea. Tomó los poemas y los guardó por diez años hasta que Bergerot pudo volver al país.

Cuando su hija los recibió habían pasado casi veinte años. “Es maravilloso el largo camino de las poesías”, dice. “En el 94, cuando llegan a mí, yo estaba en un proceso de construcción de la memoria muy intenso y de mi identidad. Estaba recién empezando a contactar a los compañeros de mi mamá, porque yo no venía con un acercamiento de lo que había sido la militancia de mi mama. Yo me crié de un modo en el cual la militancia había sido negada, o silenciada, así que ese momento fue de efervescencia absoluta. Ese año participé de la primera jornada de recuerdo, memoria y compromiso que se hace en Arquitectura, donde se forma el núcleo para hacer el homenaje en Humanidades en el cual se gesta la agrupación H.I.J.O.S.”, recuerda.

 

¿A esa mina vamos a matar?

Luisa Marta Córica nació en 1944. Estudiaba Filosofía en la Universidad de La Plata, trabajaba en el Senado de la provincia de Buenos Aires y en el Hipódromo, donde la habían elegido delegada. También era actriz y había hecho una escena con Alfredo Alcón en la película Boquitas Pintadas. Cuando fue secuestrada en la estación de trenes y asesinada por la CNU tenía treinta años. Su cuerpo apareció ese mismo día en Los Talas, Berisso. Andrea tenía ocho años y se acuerda como si fuera hoy de estar en el velorio mirando fijo a los ojos de su madre, esperando que los abriera y despertara de una vez.

Pasaron cuarenta años desde el domingo 6 de abril de 1975, cuando Luisa Marta Córica fue a trabajar y al cruzar a la estación de trenes para encontrarse con su hijo mayor la intercepta un grupo de personas entre quienes estaban Carlos “El Indio” Castillo, uno de los jefes de la CNU que pronto se sentarán en el banquillo de los acusados para enfrentar a la justicia. En el libro La CNU: el terrorismo de Estado antes del golpe, de Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal, cuentan que uno de los integrantes de la patota se quejó del blanco que le “marcó” Castillo: “Uy, che, ¿a esta mina vamos a matar?”.

El recorrido fue letal. “La subieron a un auto y a la madrugada llamaron a la casa de mi abuela para avisar que habían encontrado un cuerpo en la costa de Berisso. Los pescadores escucharon detonaciones y luego encontraron el cuerpo. Mi tío reconoció el cuerpo en la morgue”, recuerda Andrea. Y completa: “Fueron tres días, repetía mi abuela: el domingo que la matan, el lunes la encuentran y el martes la velan y la entierran”.

A partir de allí, Andrea y sus dos hermanos fueron a vivir a lo de sus abuelos paternos. Les dijeron que Luisa había tenido un accidente en un taxi. “Al tiempo, uno o dos años encuentro una caja con fotos y allí un recorte del diario El día que decía que habían encontrado muerta a una mujer en Los Talas. Por los datos me doy cuenta que es mi mama y ahí tengo una charla con mi papá y mi abuela en donde me lo confirman. En mi familia en particular se silenció la militancia de mi madre. Yo empiezo a reconstruir la historia, a mis 28, 29 años. Me acercaba a la edad de mi madre cuando la matan”, relata.

“Quiero reivindicar a mi madre desde lo más íntimo, lo más singular de ella”, dice Andrea. “Si analizamos las primeras reivindicaciones, fueron por los treinta mil, algo colectivo. En un primer momento no se nombraba a las organizaciones donde ellos militaban, ni se particularizaba: eran siluetas negras. Fueron etapas todas necesarias. Cuando nace H.I.J.O.S. nosotros ponemos las fotos de nuestros padres, el nombre de la organización a la que pertenecían, hacemos una resignificación. Se fue de lo general a lo particular. Y lo singular de mi madre, lo particular, está en estos poemas. Lo más íntimo, lo más propio, lo más privado, está en esto, cuando se sentaba a escribir”, reflexiona.

 

Trabajando juntas

“El libro lo experimenté como una temporada con mi mama, trabajando juntas”, recuerda. “Me encuentra como una mujer, adulta, alejadísima de esa nena de ocho años y medio a la que le mataron la mama. Me produjo un cimbronazo pensar que podía concretar un proyecto con mi vieja y trabajar juntas, ayudarla a que pueda publicar sus poemas y también trabajar junto a mi hijos que me ayudaron a transcribir las poesías”, explica.

La publicación y presentación de La niña que sueña con nieves es un acto contra el olvido. Como define su hija, “Es cambiar los verbos: antes era separarnos, exterminar, desaparecer, omitir, silenciar, olvidar. Ahora es contar, reivindicar, decir, acompañar, reencontrarnos, juntarnos, buscarnos”. Es también la materialización de un sueño en el que los roles se invierten: “Soy la hija ayudando a su mamá a concretar sus sueños”, dice.

“Después de cuarenta años, ver el libro de mi madre es como que ella vuelve en un cuerpo de palabras. Cuarenta años es casi como la mitad de la vida. Yo era una niña, ahora soy una mujer. Qué maravilla, sigo esperando sorpresas: ahora sé que pueden pasar veinte, treinta o cuarenta años pero algo va a volver”, dice con alegría Andrea Suárez Córica. “El libro me llena de esperanza y de futuro. Va a trascender y seguramente viajará como lo hicieron sus poesías: de mano en mano, de lugar en lugar, con todos los sentidos de alguien que luchaba por un país mejor. Alguien que amaba, que se enamoraba, que sufría, que tenía desamores, amores rotos, desilusiones, tristezas. Una mujer, entera, apasionada, amante de la vida y de la sensibilidad. Vuelve en una nueva belleza de esta militante y poeta”, completa.

Hoy Luisa Marta estará, en palabras y en canción, nuevamente en la facultad donde estudiaba.