Por Edgar De Santo

No hay peor enemigo de lo bello que lo lindo.
Leónidas Lamborghini

La performance se aceptó como medio de expresión artística a partir de 1970, a pesar de que a sus orígenes los podemos remontar mucho más atrás en la historia. ¿Acaso el Carnaval o las procesiones y conmemoraciones cristianas, las “mansiones medievales” entre otras, no lo serían?

La performance es una forma de dar vida a ideas formales y conceptuales sobre las cuales se basa toda expresión artística. Trabaja con gestos vivos como medio de quebrar con viejas categorías, transgrediendo el valor de la representación. Produce una ruptura con hábitos estereotipados.

Desde Jonh Cage, la jerarquización del azar en el proceso de construcción de la obra cambió un signo, poniendo el acento en la importancia del proceso por sobre la obra como producto. Trabajar sobre el espectro de la acción tendrá necesariamente una fuerte consecuencia en la creación y en la obra final tanto de artistas plásticos como de actores. “A causa de mi desconfianza hacia las formas fijas y definidas, mi obra evoca continuamente las siguientes preguntas: ¿Cuánto dura un objeto? ¿En qué momento se convierte en performance? ¿En qué momento se convierte una acción en escultura?” (Erwin Wurm, artista).

“Odiábamos la palabra ‘performance’. No podíamos, no queríamos llamar a lo que hacíamos ‘performance’ […] porque la performance tenía su lugar, y ese lugar era por tradición el teatro, un lugar al que acudías como cuando ibas a un museo” (Vito Acconci).

Las palabras del artista Acconci reflejan certeramente la promiscuidad, ambigüedad e indefinición que aún hoy, casi cuarenta años después, existe en torno al término performance, como también su marcado carácter antiinstitucional. Tan pronto denominada acción, evento, actuación, arte corporal, como acontecimiento, pieza, fluxus o happening, básicamente podemos definir la performance como un arte interdisciplinario que busca (aunque no necesariamente) la participación activa del espectador. La influencia que ha venido ejerciendo desde entonces se deja notar en las manifestaciones artísticas más recientes dentro del campo del vídeo, la instalación, la escultura, la fotografía, la pintura o, incluso, el arte cibernético. Sorprendentemente, ni la historia del arte ni las instituciones museísticas han sabido o querido hasta ahora recoger este imprescindible testimonio, muy diferente de lo acontecido con, por ejemplo, el minimalismo o el arte conceptual, cuyo reconocimiento ha sido unánime. A la hora de analizar este concepto expandido de la performance, debemos obligatoriamente remitirnos de manera breve al lingüista John L. Austin, que fue quien acuñó en el año 1961 el término “performativo”, definiéndolo como “una manifestación lingüística que no sólo describe sino que también cambia el mundo creando situaciones nuevas”. Se trata, en definitiva, de una actividad que crea aquello que describe. Así, el consabido “Yo los declaro marido y mujer” sería un buen ejemplo por cuanto ejecuta una acción y describe un estado de ser nuevo. Desde entonces, esta noción lingüística se viene aplicando al contexto del arte y de la vida por cuanto explora actividades capaces de cambiar la realidad existente. Por otro lado, recientemente las teorías homosexuales han acudido a lo performativo a la hora de interpretar los discursos relacionados con el sexo y el género, como la cultura cibernética.

Si el teatro es la forma artística performativa por excelencia, también lo “teatral” y la “teatralidad” entran aquí en juego. Para muchos artistas y críticos, la performance no sólo comparte el hecho de estar ante y con una audiencia, sino que también se ha acercado al teatro a través de los conciertos fluxus y los happenings. En este mismo sentido, hemos de referirnos por fuerza al entre tanto clásico artículo de Michael Fried en el que manifiesta que “El arte [se refería al minimalismo] degenera a medida que adquiere rasgos teatrales”, siendo lo “teatral”, según Fried, “lo que se encuentra entre las artes [entre la pintura y la escultura]”, como también “la preocupación por el tiempo o, más precisamente, por la duración de la experiencia”. ¡Qué duda cabe que la performance fue quien más experimentó con la interdisciplinariedad y la temporalidad! En Latinoamérica existen artistas como César Bries (Bolivia) o Augusto Boal (Brasil), que recuperan en sus teatralidades el sentido profundo de “presentación preformativa” y no de mera representación teatral.

Pero ¿en qué se diferencian o se parecen las obras actuales a las de entonces? De manera esquemática podemos señalar los siguientes rasgos: 1) el artista actual trabaja con el firme deseo de hacer un arte público, esto es, con público o en espacios públicos; 2) la acción tiene un carácter “portátil” y puede ser reproducida en diferentes entornos y ante públicos diferentes; 3) el tono de la obra ha adquirido hoy un carácter más íntimo, personal y también más desenfadado; 4) ya no hay ningún tipo de jerarquía entre la acción y su registro; 5) se favorece una producción abundante de información escrita, grabada o fotografiada; 6) el “remake” de ciertas performances históricas trasciende la mera reproducción de la acción original para convertirse en una forma de arte nueva; 7) al igual que ayer, continúa preconizando un espíritu crítico con la sociedad; 8) sigue siendo la única disciplina dentro de las artes visuales que ofrece un arte directo, vivo, espontáneo y sin intermediarios.

Se podría afirmar que la performance no ha gozado del interés de los medios ni de las instituciones abiertamente, pero ha renacido con fuerza (próximamente en BA se realizara la Primera Bienal de Performance 2015, por ejemplo). Tal vez, y para ser más justos, deberíamos decir que en realidad nunca se dejó de lado, sentando mediante su naturaleza las bases para disciplinas nuevas –el vídeo, la videoinstalación, el arte cibernético– e infiltrándose en otras –la escultura, la fotografía, la pintura– y renovando sus cimientos. Asimismo, tampoco deberíamos olvidar su destacado papel en cuestiones relacionadas con el género, el sexo y la raza, y, dentro de este, el de las mujeres artistas.