“Cada persona brilla con luz propia”. Así comienza Fuegos, uno de los textos más reconocidos de Eduardo Galeano, el escritor que a los 74 años ayer murió en su Montevideo. Su llama será difícil de apagar.

En Contexto sabemos que su aporte a la cultura popular de Latinoamérica vivirá a través de la vasta obra que logró darle palabra a las vivencias, sentimientos y percepciones de los pueblos. Su marca única como escritor, periodista comprometido e incansable luchador por los derechos humanos es el legado que nos deja a todos y todas para la posteridad.

Sabemos que siempre estará con nosotros, con su Latinoamérica. Por eso lo despedimos con un hasta siempre y un abrazo en las palabras de Carlos Ciappina, Hebe de Bonafini, Milagro Sala, Marcelo Belinche, Manuel Protto Baglione, Luciano Altamirano, Gabriela Pesclevi y Marina Arias.

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“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se aleja diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Eduardo Galeano.

 

Las venas abiertas o de los libros imprescindibles

Carlos Ciappina*

La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores en carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortes y los Infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors.

Así comienza Las venas abiertas de América Latina, libro escrito en 1970 cuya primera edición de 1971 inició el camino de un texto que resulta indispensable para conocer y reconocerse latinoamericano.

Cuando Eduardo Galeano escribió este libro imprescindible, el continente olía a futuro de esperanza y liberación: Cuba era un faro que anunciaba el porvenir de un hombre nuevo; en Chile gobernaba la Unidad Popular de Salvador Allende y la “vía pacífica al socialismo” parecía enrumbarse hacia su realización. En Argentina, la movilización obrera y juvenil comenzaba a cercar a la dictadura militar: desde el Cordobazo, la dictadura había entrado en retirada y las organizaciones políticas resistían y combatían por el regreso de Perón y/o por la Patria Socialista. En Uruguay, el Frente Amplio crecía y anunciaba sacudir la modorra de la vieja estancia que sólo había conmovido el general Artigas hacía ya demasiado tiempo. En la Nicaragüa de Anastacio Somoza, el Frente Sandinista de Liberación Nacional crecía en la selva y en las ciudades, comenzando a cercar al dictador cuya familia había asesinado a Sandino. En Panamá, Omar Torrijos se plantaba por primera vez frente al protectorado norteamericano del Canal usurpado y reclamaba su devolución. En Perú, un extraño general llamado Velazco Alvarado llevaba adelante una reforma agraria que afectó a los grandes terratenientes, la reforma educativa bilingüe (español-quechua) y la revisión de la historia elitista y eurocéntrica del Perú. En Colombia, Brasil, Bolivia, El Salvador, México y Guatemala, los pueblos y sus organizaciones políticas se movilizaban y combatían por construir un nuevo orden para América Latina.

Las venas abiertas nacen en ese continente que se subleva y que cree al fin que de la mano de la política puede dejar de sangrar… Las venas abiertas no sólo cuenta el saqueo, sino que explica las razones profundas del mismo, muestra a los beneficiados y a los verdugos. Las venas abiertas, en su bello lenguaje, expresa un método, un modo de aproximarse a nuestra historia y a los presentes de América Latina. Allí radica su atractivo, su profundidad, su necesariedad.

El texto de Galeano se extiende por toda América Latina. En aquellos años, militar políticamente, enseñar políticamente o simplemente interesarse por el destino de América Latina y no leer Las venas abiertas era un contrasentido.

Pero la historia es sinuosa y las victorias trocan derrota demasiado rápidamente.

Cinco o seis años después, apenas un lustro después, una pesada cortina de dictaduras aplastaba los sueños y las realidades de los pueblos latinoamericanos: las dictaduras cívico-militares de Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Guatemala y Perú iniciaron, de la mano del apoyo ideológico y logístico de los Estados Unidos, un enorme proceso de represión nacional y continental. Decenas de miles de asesinados y desaparecidos, cientos de miles de desplazados, exiliados y encarcelados, garantizaban el sostenimiento del “modo de vida occidental y cristiano”. La larga noche de la dictadura latinoamericana también perseguía libros, y Las venas abiertas era el objetivo predilecto de los represores: estuvo prohibido por todas las dictaduras latinoamericanas, su posesión era garantía de encarcelamiento a lo menos, su lectura, un recordatorio en medio de la noche sobre los porqué de esas dictaduras tenebrosas, sus objetivos y sus cómplices civiles.

Las dictaduras fueron además el preámbulo de la marea neoliberal, de la instalación en América Latina del Consenso de Washington. En los noventa no eran las bayonetas, sino los bancos, las empresas transnacionales, los organismos financieros internacionales, las grandes cadenas concentradas de medios de comunicación y los propios gobiernos quienes volvían a hacer sangrar a Nuestra América. Y allí estaban Las venas abiertas, señalando con densidad de poeta las razones de este nuevo desastre para los pueblos latinoamericanos.

Pero, como diría Galeano, la historia anuncia lo que será y, desde ese escenario de destrucción, los pueblos de América Latina resistirán y elegirán gobiernos como ellos mismos, para ellos mismos.

Hugo Chávez en Venezuela (1999), Lula da Silva en Brasil (2002), Néstor Kirchner en Argentina (2003), el Frente Amplio en Uruguay (2004), Michel Bachelet en Chile (2006), Evo Morales en Bolivia (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007), Daniel Ortega en Nicaragüa (2006), Cristina Kirchner en Argentina (2007). Y la lista sigue con Dilma Rouseff, Nicolás Maduro, Pepe Mujica. Los presidentes latinoamericanos del siglo XXI comenzaron a construir con sus pueblos sociedades más inclusivas, economías más autónomas del capital transnacional, programas sociales universales, uniones regionales que se plantan frente al mundo.

En todos ellos retumban las enseñanzas de Las venas abiertas. La “historia del saqueo”, “el desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes”, “la pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra”, “el rey azúcar”. Las palabras y las voces de Galeano las encontramos en los discursos y las acciones de nuestros presidentes. Todos ellos han leído Las venas abiertas, pero ahora no están en los márgenes del poder, en las orillas de la política, ahora son el poder, el pueblo los ha elegido y por eso el discurso de Las venas abiertas cobra nueva y potente vida. Está en las palabras, en las palabras que crean hoy (o recrean) una América Latina que parece por fin cerrar sus venas.

* Profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP.

 

Carta de Hebe a Eduardo Galeano

Por Hebe de Bonafini*

Querido Eduardo:

Esta mañana me desperté con la noticia que, como nos pasó a todos, nos deja sin respiración. Sólo quiero decirte que ojalá que en todos los últimos momentos de tu vida te haya acompañado ese pañuelo de las Madres, con la ternura con la que siempre lo trataste, con las bellas cosas que vos dijiste de él. Ojalá te haya acompañado porque seguro que te habrá dado fuerzas.

Como todo hombre que hace lo que vos hiciste, rescatar a los más pobres y a los más desposeídos, no vas morir nunca. Te aseguro que vas a estar en la Plaza junto a todos los que allí nos acompañan cada jueves.

¡Hasta siempre, Eduardo!

* Presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo

 

Una memoria del fuego desde Jujuy

Por Milagro Sala*

“Debajo de la tierra, los muertos la florecen”, escribió alguna vez Eduardo Galeano sobre la Pachamama. De ella dijo también que “recogía en sus brazos a los cansados y a los rotos, que de ella han brotado”, y que se abría para darles refugio al final del viaje. ¿Y cómo no darle abrigo a este escritor, a este periodista, a este militante de la política y de la palabra cuya obra significó tanto para los oprimidos y olvidados del continente? Con un lenguaje claro, sencillo, transparente, escribió lo que muchos callaban o lo que, simplemente, muchos no podían decir porque estaban marginados, desplazados, invisibilizados.

En cuanto a la historia, cómo no destacar Las venas abiertas de América Latina. El relato del saqueo que sufrieron nuestros pueblos, nuestras tierras, nuestros antepasados. Un texto impecable sobre la colonización que no puede estar ausente en la enseñanza de nuestro pasado. O su relato sobre Tupac Amaru, sobre su lucha, sobre lo que llamó “la nostalgia peleadora” de este cacique que encabezó uno de los movimientos revolucionarios de mayor envergadura.

Y qué decir de Memoria del fuego, en cuyos textos recupera las tradiciones y leyendas de quienes habitaron las tierras de Latinoamérica.

¿Cómo no sentir esta pérdida tan profunda para quienes reivindicamos el ser latinoamericano y las enseñanzas y la cultura de nuestros ancestros?

¿Cómo no despedirlo sin agradecerle por haber permitido que los que no teníamos voz habláramos a través de tus textos? Marcó un camino, seguiremos en él.

Dejó este mundo, “donde caben muchos mundos”, pero su llama no se apagará.

* Diputada provincial por el Frente Unidos y Organizados por la Soberanía Popular. Referente de Tupac Amaru

Estaba ahí

Por Marcelo Belinche*

Después de Malvinas se produjo un punto ciego.

La historia tiene esos momentos: difíciles de recordar, inhallables en los libros, ausentes en la memoria colectiva, que sin embargo existieron. Meses, incluso años, que parecen un salto, una pausa de la que no recordamos nada.

En julio de 1982 el tiempo se detuvo por un rato.

Seguir, levantarse cada día, fue un ejercicio inconsciente. Por un rato, por un buen rato, lo cotidiano se volvió una rutina sin rumbo. Nos sentimos espectadores de las vidas de otros.

Habíamos sido protagonistas de traumas sobre traumas sociales devastadores. Padecimos temporales sucesivos aunque la naturaleza lo niegue, algunos incluso ciegamente celebrados, todos finalmente padecidos.

Pasó la guerra, y el tiempo se detuvo por un rato.

Hasta que las cosas volvieron a tener movimiento y el país volvió a funcionar anduvimos a tientas, caminamos sobre papel de arroz.

Cada uno recordará sus puntos de luz, las señales que le permitieron dar un paso en el mareo del que emergimos como pueblo.

Como pocas veces, necesitamos la ayuda de los que saben darla cuando hay que darla.

Galeano estaba ahí, con sus venas abiertas, iluminando el camino.

* Profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP.

 

Una despedida al cartógrafo de los fuegos latinoamericanos

Por Manuel Protto Baglione*

En un primer momento, deberíamos decir que esta mañana murió en Montevideo Eduardo Galeano, que era un escritor y periodista uruguayo, que tenía 74 años y padecía cáncer de pulmón. Esta crónica fría es precisa y completamente cierta, pero dice menos que lo que esconde: el profundo tajo, el denso significado que esta partida implica para la historia del pensamiento latinoamericano.

Lo vimos durante todo el día. Las redes sociales se hicieron eco de las tristezas y los reconocimientos de quienes caminaron los siglos, las rutas y las voces de Nuestra América mediante la potencia poética y la polifonía de la obra de Eduardo. Nos vimos impelidos a buscar aquellas frases suyas que nos marcaron, a forzar nuestra imaginación para transmitir el vértigo de una primera lectura de Las venas abiertas, la perplejidad suscitada en cada tramo de El mundo patas arriba, la diversión y la picardía que despertaban, a sol y sombra, sus escritos sobre fútbol. Esto no es en absoluto algo menor: en la defensa de la palabra, la oralidad era una de las armas de Galeano; de su mano, el privilegio de citar y ser citado dejó de ser de unos pocos.

Hoy a la tarde Osvaldo Bayer dijo, llano desde la altura de su trayectoria, que “ha muerto el mejor de nosotros”. Para comprender la ausencia que se inaugura con la partida de Galeano, tenemos que pensar quién es ese nosotros, cuáles son los rasgos de esa mirada colectiva, de esa tradición heterogénea, revuelta y barrosa que nombra el querido Bayer.

Para arrancar, tenemos que decir, de nuevo, que es un pensamiento nuestro: de Latinoamérica, de sus pueblos, de sus pasiones. Cuidado: Galeano anduvo por todos lados del mundo, en los cinco continentes escucharon sus historias, leyeron sus cuentos. Pero nunca nuestro continente desapareció de su voz; por el contrario, en un planeta cuya cultura global estuvo marcada por intercambios injustos, desarraigos artísticos y despiadadas estrategias de mercantilización de todo lo existente, sus travesías, la contaminación recíproca de su arte y su pensamiento con tradiciones de todos los colores y lugares fueron un ejemplo de enriquecimiento heterogéneo y mutuo.

Además, como tantos otros (el mismo Bayer, pero también Gabriel García Márquez, Juan Gelman, Rodolfo Walsh, por nombrar algunos), nunca pudo producir nada que fuera puro. Quizás todo lo contrario, fue un certero y al mismo tiempo impredecible alquimista: del arte y el periodismo, de la ética y la política, de la verdad y la belleza salieron sus criaturas más perdurables y recordadas.

Y un compromiso que vertebró la historia de sus ideas, sus confusiones y sus versos: la construcción de un mundo más justo, la denuncia de los dueños del mundo, la exploración de los placeres, los dolores y las revanchas de los sectores populares. Su identificación clara con los proyectos políticos emancipatorios que gobiernan América Latina desde principio de siglo da cuenta de ello. Vale recordar hoy su reacción ante la muerte de Néstor Kirchner, a quien le dedicara un fragmento de El libro de los abrazos, aquel texto donde señala que “algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros fuegos arden la vida con tantas ganas que no se pueden mirar sin parpadear y quien se acerca se enciende”.

Precisaríamos de alguien como Eduardo, también lúcido historiador, para arriesgar una hipótesis, una descripción del significado de su ausencia. Pero él mismo enseñó que la historia no es una cosa muerta, sino la expresión de las posibilidades de un mundo diferente. Y seguramente no es una casualidad, sino la salida de esas enredaderas del cosmos que Eduardo apreciara tanto, el hecho de que partiera el mismo día que Ernesto Laclau el año pasado. Dos latinoamericanos que se animaron y nos animaron a pensar desde nosotros cuando muchos intelectuales miraban con los anteojos de la indiferencia y la resignación.

Quienes integramos el campo de la comunicación y el periodismo tenemos cierta afición a los mapas. Algunos seguramente también a los geográficos, pero principalmente a los mapas de discusiones, de disputas: a los mapas culturales, a las ciudades invisibles y las topologías nocturnas. Eduardo también fue un excelso cartógrafo; buscó y señaló los lugares más bellos del arte olvidado, los puntos resplandecientes del sentido común de nuestros pueblos. Para nosotros, su aporte más inolvidable, su marca indeleble, será haber dedicado su generosa mirada a cartografiar los fuegos latinoamericanos.

* Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP.

Indeleble

Por Luciano Altamirano*

La avenida circunvalación rodea el casco de la Ciudad de La Plata. Es un atajo de tiempo, pero no de espacio. Uno la elige para sortear el centro de la ciudad e ir de un lado a otro. Pero, como toda decisión emanada del sentido común, a veces no funciona muy efectivamente.

Esta mañana, mientras recordaba una vez más por qué no tenía que hacer ese camino, me llegó la noticia a través de la radio. Galeano había muerto y yo inmediatamente pensé en la soledad.

Miré los tres carriles de la avenida y vi la gente en los autos. Éramos muchos y todos bien distintos, en una escena cortazariana.

Imaginé cómo le caería la noticia a los conductores y pasajeros que se enteraban de lo mismo que yo. Sin duda, algunos se consternarían, otros dejarían pasar un rato para pensar; y para otros, seguramente, habrá sido intrascendente, alguien más que dejó de respirar.

Mientras avanzaba con el coche me puse triste. La muerte le sienta bien a pocos.

Llegar al escritorio y revisar las redes sociales fue automático. Ahí estaba la efeméride colectivamente sentida, los lugares comunes y las imposturas. Las fotos y recuerdos y las frases. Me vino a la cabeza la avenida circunvalación en horario pico, todos recorriéndola a la vez. Sin dudas que muchos habrán de enterarse hoy mismo quién fue, otros volverán a desandar los caminos de las utopías personales, a medida, para encontrarse con los mapas que cada uno de los libros representaron.

Allí volverán a ver el destino, la utopía, la felicidad, la tristeza, el alma, los fuegos, la izquierda, escribir y leer, sentir el sangrado de la tierra y de los hombres, la opresión, los oprimidos, el fútbol, la política, el fútbol y la política. Su pluma iluminará otra vez las noches de los descalzos, los tristes y los sensibles. Y también de los preocupados y los valientes, los que encontraron el amor y los que lo siguieron buscando, los que lo usaron para acercarse a alguien. Esos otros que necesitaron ponerle una manija a la realidad para poder asirse de ella.

Galeano cumplirá, gracias a su obra, el humano deseo de la trascendencia que prefiere dejar una huella indeleble en las almas. Seguirá conmoviendo mientras alguien camine el horizonte.

Quienes aún no lo leyeron tienen para sí una deuda y una tarea imprescindible: dejarse encender para ver cuán grande es el fuego que ilumina su noche.

* Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP.

 

Eduardo Galeano

Por Gabriela Pesclevi

Por los muertos de Ayotzinapa y por los muertos queridos, los próximos, los desplazados como Pochita. Por los que viven en nuestra fe, cualquiera fuere, cualquiera sea. Por los muertos que ríen y acomodan sus cosas sin culpa, desnudos, charlando en un idioma parecido al nuestro. Abiertos a los otros muertos y abiertos a los otros vivos. Por los que se toman una copa de vez en cuando, copa alborotada de almas, la que suelta la lengua y las caricias y se expande por la piel y las saudades.

Y por Eduardo Galeano. No más, asunto de despedidas, así hablaban las estrellas anoche y ni siquiera pensaban políticamente con corrección.

Con el primer sueldo en blanco compré tres cosas: una máquina “Royal” de hierro negro –estado impecable– que estaba en manos de un anticuario de la Ciudad de La Plata, un disco de Chico Buarque y Memoria del fuego III. El siglo del viento, de Eduardo Galeano (una reedición de 1988). Ya estaba en la casa en la que vivíamos el mítico Las venas abiertas de América Latina (primera edición, 1971), que en ese tiempo se había convertido en material circulante en las mesas de la Facu de Periodismo, en las bibliotecas de casas amigas –dónde se iba descuartizando–, cita recurrente en trabajos de consulta con los que muchos comenzábamos a referenciarnos. La música, la poesía, el periodismo, las revistas, siempre fueron la zona entrañable, la zona de cultivo, una zona inestable aunque potente, zona de mutaciones y de tradiciones disimiles: dónde alojar lo nuevo, dónde avivar lo viejo. La devoción por las hemerotecas y la política también viene de ese tiempo. La lectura de diarios ya no era sólo una consigna de alguna cátedra, sino una cuestión de actitud ante el vértigo que se impone, el día ligado por una agenda de contexto a la que hay que penetrar de alguna manera, con preferencia desde la crítica, o la irrupción incluso de otras temporalidades, otras temporalidades coexistiendo en el presente, en el reclamo de lo que urge.

La revista Crisis, la de todas sus etapas, se volvía un insumo fundamental. Allí había “otra manera” de hacer periodismo, de pensar las artes, la sociedad. Eduardo Galeano había sido su director editorial invitado por Federico Vogelius a sugerencia de Sábato y desde ese entonces habían inventado un “nosotros”. Es cierto que priman nombres de hombres y –esto podríamos pensarlo en un marco mayor para profundizar cuando se quiera–, nombres más y menos conocidos de ese tiempo –un tiempo que tiene que ver con momentos de ruptura desde muchísimos ámbitos, un tiempo que nace en los sesenta y que transita los setenta desplazándose desde el hastío, la represión a las manifestaciones, la gran ilusión, al mito, a la hecatombe, a la catástrofe, a la masacre, al exilio, a la resistencia, al reviente, al ostracismo–. Son nombres que fueron dejando huellas, mapeando trayectos, abriendo constelaciones que interesan: allí están Rama, Torres García, Gelman, Lamborghini, Giglio, Piglia, Briante, Heker, Rivera y el otro Rivera, Conti, Veiravé, Juan L. Ortiz, Mastronardi, Tizón, entre tantos. Un paisaje de tonos mezclados, la “Mezcolanza” diría L.L., dónde las voces van de más graves a díscolas, pero en las que actúa una época particular, un atravesamiento del que nosotros, otros, tomamos uno y varios legados.

Tengo que decirlo: hace años que no leo a Eduardo Galeano; es posible que más de veinte o veinticinco. He perdido la noción de las últimas publicaciones, y cuando ojeé uno de sus últimos libros no abrí juicio ni tomé una postura que barriera el interés que les despierta a otros lectores en particular. No por biempensante, sino porque ellos venían siguiendo una lectura más fresca de la que ya me había alejado. Fui invitada a compartir unas palabras en esta publicación y no pude retomar lecturas. En casa hay siete u ocho libros de Galeano, otros se perdieron. Hace un rato publiqué en Facebook las notas que sumo en el comienzo, sueltas. Se trata de un chau, de un hasta luego, de un adiós que reivindique más que nada una trama en movimiento, unos libros, unas presencias en esos libros. Tomo este escrito a modo de desafío, porque me enfrenta y me pone a disposición de lo inestable. Hacia fines de los años noventa retomé alguna de las lecturas, subrayé aquellos elementos de su obra que me habían conmovido en su momento. Teníamos, con algún cumpa, alguna voluntad de entrevistarlo que después dilatamos. Me interesaba y aún me siguen pareciendo de interés, la aproximación de Galeano a los pueblos originarios, esa entrega definitiva a las historias que allí se mutilaron, que allí persisten. Cantidad de breves relatos quedarán en la memoria de miles de lectores. Me interesa la experiencia de los emprendimientos editoriales que mancomunan esfuerzos y que logran promover un estilo, y que suman la crítica y las poéticas de líneas diversas a un escenario de intercambio y de conversación. La editorial Crisis publicaba unos libros –además de la tirada de la revista– que durante mucho tiempo estuve buscando en los anaqueles de libros antiguos. De esas ediciones leí con devoción La patria fusilada (de Paco Urondo), un libro de entrevistas. Separo de la biblioteca en el día de la muerte de Galeano, Vagabundo (Crisis, 1973) con la tapa de Sergio Camporeale y los grabados de Lajos Szalay. Allí se aloja el pequeño rey zaparrastroso en minúscula, el monstruo amigo mío, que no hace tanto separamos junto a otra decena de monstruos; morir, los sobrevivientes, una bala caliente, todo en minúscula en una tirada de 7.000 ejemplares en rústica. Esto también dice cosas. Abro Días y noches de amor y de guerra (Catálogos, 1984). En la página 173 aparece “Escrito en un muro, dicho en la calle, cantado en los campos”. “La cultura no terminaba, para nosotros, en la producción y el consumo de libros, cuadros, sinfonías, películas y obras de teatro. Ni siquiera empezaba allí.  Entendíamos por cultura la creación de cualquier espacio de encuentro entre las personas y eran cultura, para nosotros, todos los símbolos de la identidad y la memoria colectivas: los testimonios de lo que somos, las profecías de la imaginación, las denuncias de lo que nos impide ser. Por eso Crisis publicaba, entre los poemas y los cuentos y los dibujos, informes sobre la enseñanza mentirosa de la historia en las escuelas o sobre los tejes y manejes de las grandes multinacionales que venden automóviles y también venden ideología…” Todo el libro es una escritura que recupera experiencia colectiva, “reencuentros” y despedidas, donde habita la derrota y la denuncia de la riqueza sin límites en manos de unos pocos. Y una entrevista final a la que llama “Nadie es héroe por irse ni patriota por quedarse”.

En ese primer libro que cayó en mis manos, en 1989, parte de la trilogía de Memorias del fuego (El siglo del viento), en su momento me interesaba la forma de organizar los relatos con fechas y lugares. Fue Galeano quien nos presentó sitios más o menos ignotos de América Latina y les dio color, superficie, sonido. Sumó historias, desde los más anónimos al recupere de una anécdota de una celebridad, siempre elegida, siempre pensada. Eduardo Galeano encontró un modo de narrar, de cronicar, de reverberar recuerdos. Todavía me veo yendo al índice de nombres, yendo a las fuentes, tomando con entusiasmo tantísimas cosas que allí se presentan, que todavía siguen existiendo, y que no sabemos “a qué género pertenecen”.

Hace un par de años, un chico me alcanzó un libro que organizaba una breve historia contada por día. No deja de ser un buen ejercicio para quien sea y desee llevar adelante un diario, o escribir algo cada mañana o cada final del día. El libro en cuestión, el anteúltimo libro de Galeano, se llama El hijo de los días (2011)

Fui a ver qué aparece un 13 de abril.

Abril 13

“No supimos verte

En el año 2009, en el atrio del convento de Maní de Yucatán, cuarenta y dos frailes franciscanos cumplieron una ceremonia de desagravio a la cultura indígena:

—Pedimos perdón al pueblo maya, por no haber entendido su cosmovisión, su religión, por negar sus divinidades; por no haber respetado su cultura, por haberle impuesto durante muchos siglos una religión que no entendían, por haber satanizado sus prácticas religiosas y por haber dicho y escrito que eran obra del Demonio y que sus ídolos eran el mismo Satanás materializado.

Cuatro siglos y medio antes, en ese mismo lugar, otro fraile franciscano, Diego de Landa, había quemado los libros mayas, que guardaban ocho siglos de memoria colectiva”.

 

Galeano

Por Marina Arias* 

Es lunes a la mañana y estoy volviendo de la costa con mi marido, mis hijos y mi sobrina. Acabamos de vivir un fin de semana feliz, pero igual no tengo más paciencia ante los pedidos de agua, coca, alfajor, galletita… Y además estoy pensando que mañana tengo que dar un teórico sobre las “góticas sureñas”, que es lo que yo decidí y planifiqué para la segunda clase de mi materia en la facultad, pero igual tengo que releer los textos y pensar.

Entonces en la radio, en medio de un bloque, el conductor del programa que estamos escuchando suelta “murió Eduardo Galeano”.

Primero lo tomo como un dato más y digo “qué bajón”. Y le hablo a mi marido de otra cosa. Pero a los pocos kilómetros me empieza a venir una tristeza que no puedo explicar. Se me aparece la imagen de una frase con témpera en la pared empapelada de mi cuarto de adolescente: “el subdesarrollo no es una etapa del desarrollo, es su consecuencia”. Algo que pinté yo, para el espanto burgués de mi madre, quien paradójicamente tenía Días y noches de amor y de guerra en su biblioteca, al lado de las novelas de Soriano y una de Onetti.

Yo llegué a Marx por Galeano. Aunque pueda parecer una estupidez. Y como tantos otros de mi generación, también entré a la literatura por Galeano, leyendo El libro de los abrazos con algún novio, tirada bajo el sol de un domingo en algún parque. Después caí en la trampa de la academia de catalogarlo peyorativamente como “prosa poética” y negarle el cartel de literato.

(Vuelvan a leer la frase de Galeano que estampé en la pared de mi cuarto a los quince años. Los espero acá).

La tristeza me sigue creciendo, y me acuerdo que hace cerca de veinte años yo conocí a Galeano. Vino a un programa de televisión en el que yo era una productora de tercera línea, y nos saludó a todos con un beso y nos regaló a cada uno un libro dedicado con un dibujito. El mío era un chanchito cabeceando una pelota y decía “tuya, Marina”. Yo era joven, tímida, y me creía que todos éramos inmortales. Por eso dije “naaaaaah, yo no me voy a sacar una foto con Galeano, no soy tan cholula”, y mi amigo Champi, que trabajaba conmigo, me llevó de las pestañas, y me dijo “vos te sacás una foto con Galeano y se terminó”.

Nunca voy a poder a terminar de agradecerle a mi amigo Champi esa apurada.

Así como no voy a poder perdonarme el haber caído en esa trampa canónica a la que algunos tratamos de hacerle frente todo el tiempo.

Yo estaba preparando una clase sobre “góticas sureñas” mientras Galeano se moría. Y hacía muchos años que no abría un libro de los cuarenta y tantos que publicó, y fueron traducidos a más de veinte idiomas. Busco los que tengo en mi biblioteca. Los ojeo. Y entonces me doy cuenta de algo que supe y olvidé: Galeano es el cronista de las grandes tragedias de Latinoamérica, pero además es un escritor excepcional de esas pequeñas tragedias que a todos nos resultan familiares. Quiero traer aquí dos fragmentos de “Días y noches de amor y de guerra” de 1978:

  • Los hijos:

Hace once años en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de

casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida; a veces le llevaba chocolatines o juguetes.

La madre no estaba, aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinera.

Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba al piso.

La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:

-Andá, decime.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.

Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, ahí en la silla.

Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera ciego, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.

  • Haroldo Conti conoce como pocos este mundo del Paraná. Sabe cuáles son los buenos

lugares para pescar y cuáles los atajos y los rincones ignorados de las islas; conoce el pulso de las mareas y las vidas de cada pescador y cada bote, los secretos de la comarca y de la gente. Sabe andar por el delta como sabe viajar, cuando escribe, o por los túneles del tiempo. Vagabundea por los arroyos o navega días y noches por el río abierto, a la ventura, buscando aquel navío fantasma en el que navegó una vez allá en la infancia o en los sueños. Mientras persigue lo que perdió, va escuchando voces y contando historias a los hombres que se le parecen.

Hoy hace una semana que lo arrancaron de la casa. Le vendaron los ojos y lo golpearon y se lo llevaron. Tenían armas con silenciadores. Dejaron la casa vacía. Robaron todo, hasta las frazadas. Los diarios no publicaron una línea sobre el secuestro de uno de los mejores novelistas argentinos. Las radios no dieron nada. El diario de hoy trae la lista completa de las víctimas del terremoto de Udine, en Italia.

Marta estaba en la casa cuando ocurrió. También a ella le habían vendado los ojos. La dejaron despedirse y se quedó con un gusto a sangre en los labios.

Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.

La tristeza se nos va a ir pasando de a poco. Lo que no se nos va a pasar es la necesidad de dar batalla para que Galeano -el escritor- periodista de Marcha, Crisis, Brecha y Página12– tenga el lugar de literato que merece.

* Titular de Escrituras y Lecturas, Ficción Narrativa.


[quote_recuadro]Eduardo en sus propias palabras[/quote_recuadro]