Por María Eugenia López

Enfrente está el tren rápido, que en realidad no es rápido, sino decente. “El tren de los ricos” dice alguien cerca de mí, en el tren que va hasta las bolas de gente. El tren de los ricos vale 16 pesos (un dólar y medio). El nuestro, 2,85. El rápido sólo para un par de estaciones antes de llegar a La Plata, donde no hay pasajeros como estos que “rompen y ensucian”. A mitad de nuestro viaje, una chica le grita a una señora que es una maleducada por no pedirle permiso para agarrarse del pasamanos e imponerse de a poco. “¿A usted nadie le enseñó buena educación?” La que está sentada cerca le dice enojada que tenga paciencia, que es una señora grande. La otra responde que por qué no le da ella el asiento, en lugar de meterse. Comienzan a insultarse hasta casi irse a las manos (y el tren sigue hasta las bolas y las manos llegan a cualquier cara). “Negra de mierda”, “villera”, “callate, puta”, “vengo recaliente del laburo, no me hagas calentar que te voy a matar”. Al lado mío una mujer dice que “qué va a trabajar esta, si seguro recibe un plancito del gobierno”. Para el tren: al tren rico hay que dejarlo pasar a pesar de haber salido nosotros antes, aunque demorados, porque la gente pagó 16 pesos (no 25, no 50: sólo un dólar y medio). Cuando el nuestro vuelva a avanzar, llegará a la misma estación que el otro. Nos mezclaremos, hablaremos la misma lengua, tendremos el mismo color, los mismos enemigos.