los cuentos del negro josePor Cintia Rogovsky

El olor a carne quemada y la vista del sexo de la piba le producen una erección y sin que pueda evitarlo, como es costumbre, le recuerdan a su padre levantando la falda de su madre y empujándola sobre las baldosas frías de la cocina mientras ella le clava los ojos, estúpidos y asustados ojos como los de las gallinas, a él y le grita que se vaya y llora.

La muchacha también grita y llora y él para callarla le aplica otra vez la picana para que se retuerza y se calle de una bendita vez, pero se le va la mano parece porque a la chica se le arquea el cuerpo desnudo sobre el elástico metálico de la cama vieja y se desploma y se queda quieta y, al fin se calla. Pero. Al Jefe no va a gustarle porque esa guacha, le dijo, sabe algo y los muertos, se sabe, no delatan.

Así que lo llama al Narigón y al Ángel y les muestra el cuerpo desnudo de la piba y deciden cargarla en uno de los coches y deshacerse de ella de manera definitiva y decirle al Jefe que se la encontraron muerta y la quemaron para no dejar rastros. El Ángel lo putea, lo trata de imbécil y se hace cargo de la situación pero le dice rajá de acá, andate a tu casa, no servís ni para violar a una pendeja y la concha de tu madre.

El Ángel también le recuerda al padre y le da miedo y la chica le da asco como su puta madre que grita y llora y nunca fue capaz de defenderse y se merece lo que le pasó y mucho más como se lo merecen todos esos subversivos, tilingos universitarios y esas guachas que si lo cruzan a él en la calle y no en la tortura seguro que lo desprecian pero claro que la guacha esa, por más máquina que le dé también lo mira con desprecio y grita pero no larga un solo nombre y se muere como una rata defendiendo a sus compañeros, qué imbécil. Pero algo tiene que la hace mejor que él. Y él lo sabe.

Llega a su casa. Todo está oscuro. Prende la tele y se sirve una ginebra y se prende un cigarro que el Jefe le robó a alguien en un operativo, ¡qué lujo estos guerrilleros de mierda lo que fuman en sus casas! O más bien lo que fuma ese viejo tembloroso que reclama dejen a mi hijo que no hizo nada, mientras el Ángel le da con la culata en la cabeza, cállese viejo cagón, y el Jefe le afana los cigarros y unas botellas de whisky del bueno. Y él lo goza al viejo, pero se da cuenta que así,  humillado  y acabado como está, también es mejor que él.

Y no, no recuerdo nada más de esa noche, ni de esa piba, le dice a uno de los jueces, que lo mira con desprecio, como el fiscal y la otra turra esa que lo señala con el dedo y lo  acusa.

El Jefe dijo siempre que no había que dejar sobrevivientes, claro, como siempre, tenía razón. Veinte años de reclusión perpetua, por culpa de la guacha esa. Oficial, llévese al condenado de la Sala, ordena la voz de una mujer y ahí, es la otra jueza. Se le aflojan las piernas y descubre en la mirada de la jueza el mismo brillo de la mirada de la piba que le grita, ahora recuerda ¡a mí me vas a matar pero vos te vas a ir al Infierno! ¡Cómo si alguna vez hubiera estado en otra parte!