Por Alejandra Cebrelli (desde Salta)

Facundo fue asesinado en la puerta de su escuela. Tenía 17 años y cursaba el Bachillerato Salteño para Adultos (BSPA) en la ciudad de General Mosconi en el departamento de Gral. San Martín, al norte de la provincia de Salta. Esa localidad pasó a la historia de la Argentina reciente porque, junto con Cutral-Có, “habían inventado” los piquetes como forma de visibilizar la protesta social.

Ciudad de frontera cultural y geopolítica, territorio devastado por las políticas neoliberales y reconstruido parcialmente, a fuerza de planes sociales y políticas inclusivas muy visibles, sobre todo, en los últimos ocho años. Ciudad pequeña, pobre, con un alto índice de desocupación y, por ende, de desencanto.

En ese contexto creció Facundo junto a tantos otros chicos como él. Esos mismos pibes que, agrupados en una patota autodenominada “Los boca seca”, lo persiguieron hasta la escuela, donde había corrido a refugiarse, al grito de “matalo, matalo, matalo”. Uno de los agresores llevaba un cuchillo que no dudó en clavárselo en el corazón, por la espalda. Aparentemente, el absurdo crimen habría tenido por móvil el bulling o la disputa territorial entre bandas barriales –según uno u otro medio, todavía sin muchos datos–. De una radio local a una de la capital, de un diario digital a otro en papel, las versiones se diluyen, apenas ancladas en un par de fotografías tomadas desde muy lejos, “prestadas” por la policía local. Lo único cierto: la incomprensible muerte de Facundo el lunes a la noche, la imborrable imagen del cadáver ensangrentado de un joven de 17 años en la puerta de su escuela, la de su barrio, asesinado en el mismo lugar donde los jóvenes entran, bulliciosos y llenos de vida, para estudiar y socializarse. Ahora es el lugar donde Facundo llegó a morir.

A muy pocos días de las PASO provinciales, los medios de referencia tratan la noticia inclinando la balanza según sus intereses políticos. Para El Tribuno, diario de la familia de Juan Carlos Romero (ex gobernador y precandidato nuevamente a ese cargo), se trata del resultado del supuesto abandono del gobernador de turno, que deja a la ciudad “en riesgo permanente para chicos y grandes”, omitiendo que los cortes de ruta más violentos que se vivieron años atrás se dieron durante el gobierno del mismo Romero, que no se hacía presente en la zona mientras se vivía el conflicto. La Gaceta de Salta, en cambio, destaca que el Ministerio de Educación envió un equipo interdisciplinario para asistir a docentes, estudiantes y familiares.

A los salteños, mientras tanto, los paraliza el dolor y el desconcierto. Sin caer en las hipótesis de conflicto construidas por medios opositores al gobernador Urtubey, que insisten en instalar la representación del norte provincial como una especie de Ciudad Juárez o de Triple Frontera, cuyos dueños serían los señores del narcotráfico y de la trata, cabe preguntarse cuál es la significación social y cultural de este asesinato.

La escena de entre cinco a doce jóvenes lanzándose como fieras sobre otro resulta imposible de pasar por alto. Se trata, utilizando una categoría explicativa de la antropóloga Rita Segato, de una forma de violencia expresiva, de una violencia que –ejercida sobre el cuerpo social como resultado de tantos años de políticas de expoliación– se inscribe ahora sobre los cuerpos de la gente, en este caso, sobre el cuerpo de un joven de apenas 17 años. Ya no alcanzan los cuerpos femeninos lacerados, violados, asesinados. Ahora son los cuerpos de nuestros jóvenes que tatúan en el cuerpo de un par la misma violencia con la que han crecido en una frontera, ahí donde las políticas de inclusión tardan en llegar y nunca son suficientes.

Sin duda, Facundo es y será un doloroso recordatorio de los múltiples y heterogéneos vínculos de los jóvenes con diversas formas de violencia, tanto en su rol de víctimas como de victimarios. A pocos días de las elecciones primarias provinciales, cabe una reflexión sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos a la hora de votar. No sólo elegimos un estilo de gestión. Elegimos también formas de justicia, estrategias de equidad y de inclusión. Votamos por la posibilidad (o no) de tener un cuerpo social saludable, capaz de suturar las heridas de la injusticia mediante puntos nodales que tiendan puentes sobre los quiebres, los intersticios y las roturas, sin obliterar su valor diferencial.

Estos tiempos políticos son tiempos también de oportunidades y desafíos. Habrá que saber aprovecharlos y apostar a la convivencia en la diversidad y en la diferencia, buscando profundizar el proceso de construcción de esta sociedad más próspera, más democrática y más equitativa de la última década, para llegar –esta vez– hasta las fronteras más complejas y profundas de nuestra cultura local y nacional.