Por Florencia Abelleira

Si la escolarización de su gente define a una sociedad, se puede afirmar que la Argentina mejoró su calidad educativa. Son diversas las razones por las que una persona no puede llegar a terminar sus estudios primarios y secundarios, pero no se puede perder de vista que el sistema educativo no está aislado, sino que, por el contrario, está entretejido con las necesidades laborales, de salud integral, de bienestar en general que un país se esmera en satisfacer. La etapa neoliberal dejó muchos adultos con la escolarización incompleta porque, por falta de contención familiar, inserción temprana en el mercado laboral o razones de otra índole tuvieron que abandonar la escuela. Previo a esto, la educación completa estaba en un segundo plano porque la única ley que rigió hasta 1993 fue la famosa 1.420, sancionada en 1884, que terminó por quedar obsoleta y a destiempo de la evolución del país.

Finalmente, el mayor avance legislativo en materia educativa se dio recién en 2006, cuando la Ley de Educación Nacional suplantó a la Ley Federal y volvió obligatoria la secundaria. Vale aclarar que la Ley Federal de Educación fue una ley que le dio poca importancia a otras alternativas que no fuera la educación obligatoria. Desconoció la educación especial, la artística, la rural, y entre ellas la educación de adultos, que es una especialidad dentro del sector educativo.

Retomando el 2006, ese fue el comienzo de un camino que aún hoy se sigue transitando en el que el Estado se propuso bajar los índices de deserción de la secundaria e implementó un conjunto de políticas públicas destinadas a aquellos que quedaron fuera del sistema; a los que tenían como única opción la escuela nocturna –cargada de estigmas peyorativos, como la escuela de los vagos, de los pobres– o algún bachillerato popular, que siempre lidiaron con las exigencias del Estado para que reconociera la validez de su trabajo.

En esta línea, se inició en el año 2008 el Plan de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios (FinEs) con alcance nacional. La primera etapa de este plan priorizó a jóvenes que adeudaban materias, luego se incorporó la posibilidad de cursar el último año de estudios y, a partir de 2010, se puede cursar el secundario completo. Mario oporto, ex director general de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires, explicó que “antes del FiNes pasaba que muchos adolescentes y adultos habían hecho el esfuerzo de cursar los cinco años de escuela secundaria y dejaban cuatro o cinco materias para rendir. Entonces salimos con una campaña muy fuerte que era dar todas las facilidades para aquellos alumnos que debían materias. Para ello había que darles apoyo. Se les puso profesores guías para que pudiesen retomar estudios que habían abandonado hacía años. Eso después se fue extendiendo y el FiNes apareció como una modalidad más informal, menos escolarizada, para la terminalidad secundaria para aquellos que la iniciaron pero la abandonaron y que retomarla con un esquema de horario fijo, todos los días, se les hacía muy difícil, a veces hasta físicamente imposible para quien tiene que trabajar todo el día”. Por su parte, Silvia Ramírez, trabajadora social e inspectora de Educación de Adultos, opinó: “Hay una cosa que es muy buena en la actualidad respecto a la educación en adultos, que es la accesibilidad a los servicios. Hay muchos más beneficios, hay posibilidades de llegar a todos y a todas, y todos los adultos a partir de haber terminado los estudios secundarios tienen la posibilidad de un mejor trabajo o seguir una carrera terciaria o universitaria”. Traducido a cifras, según los datos manejados por la Dirección de Educación de Adultos de la Provincia, durante el año 2014, en la provincia de Buenos Aires egresaron 254.428 alumnos, todos de entre 18 y 90 años.

Pero no se puede pasar por alto que este plan es un sistema educativo paralelo a la educación formal. Antes que emprender la ardua tarea de transformar la escuela tradicional, el Estado optó por esta vía alternativa que no es una institución, es un plan. Para Ramírez, “los planes FiNes han facilitado mucho más a la población el acceso a las escuelas, pero, por otro lado, también van vaciando las aulas porque varía bastante que la carga horaria se reduzca a dos veces por semana”. En la misma línea, Oporto opinó que “uno tiene que tender a que los alumnos adolescentes no migren al FiNes porque la tarea de la secundaria no sólo es que aprueben materias, es también la socialización, el adquirir valores vinculados al trabajo, a la ciudadanía. Pero a aquel adulto que ya adquirió experiencia laboral y ya ejerció derechos ciudadanos hay que darle otros caminos para la terminalidad de su aprendizaje secundario”.

Lo que habría que preguntarse es si sólo es válido un régimen educativo que responde a la lógica mercantil, en el que hay que absorber determinados conocimientos para poder estar dentro del sistema. Preguntarse qué vale más: un adulto que logra obtener un título que le permite seguir desarrollándose en la vida mediante estudios terciarios o mejoras salariales, o un adulto que no logra comprometerse con la lógica de la escuela que impone requisitos difíciles de sortear para los trabajadores que tienen una familia que atender. “El Estado entendió que la educación de adultos no puede ser una educación escolarizada similar a la de los niños y adolescentes solamente que en otro horario, sino que le debe aportar la flexibilidad necesaria que necesita quien debe trabajar y muchas veces es jefe de familia”, aclaró Oporto, y agregó que “todos los programas posteriores a 2003 y fundamentalmente a partir de las leyes de educación e inversión educativa se direccionaron a fortalecer la inclusión, y entre ellos la educación de adultos fue muy resaltada”.

Silvia Ramírez ejemplificó la situación de muchos adultos con el caso del FiNes de Magdalena, un distrito semirrural donde había mucha necesidad de un plan FiNes porque había mucha demanda por parte de personas a las que les faltaba el secundario. “Desde la socialización en los grupos, desde los contenidos, desde el compromiso de los profesores, se ha trabajado maravillosamente bien y se le ha dado respuesta hasta este momento a unas 850 personas”.

Para los adultos, volver a la escuela significa cumplir asignaturas pendientes, sentirse realizados. Insertarse en la escuela es insertarse nuevamente en el sistema. “Buena parte de sus historias las justifican desde el lugar de que ellos no terminaron la escuela, entonces es una oportunidad, es toda una emoción cuando se reciben. Es otra etapa de su vida que la hacen muchas veces a la par de sus hijos”, expresó Ramírez.

La situación de la educación en adultos hoy en el país se resume en un gran aumento de personas que terminaron la primaria y están encaminando los estudios completos para que la brecha de desigualdades entre cada ciudadano argentino se achique cada vez más. Y esto no sólo vale para los mayores, sino que incide en las generaciones más jóvenes, porque, en palabras de Oporto: “Si mañana no hay más escuelas primarias para adultos, quiere decir que estamos cumpliendo la escolarización en la niñez con éxito”.