La protagonista del día 2 de abril de 2013 en La Plata fue el agua. A las seis de la tarde comenzó a llover y la historia de la Ciudad parida por la ciencia y la razón cambiaría para siempre. Su orgullo planificado se empaparía en sus zonas menos pensadas. Los de a pie que habían sido sorprendidos en plena calle pasaron de saltar charcos a esquivar lagunas, para finalmente nadar hasta las plazas y ramblas llenas de autos que habían escapado con la misma suerte.

Las adoquinadas calles recibieron torrentes de agua mugrienta, que arrastraron lo que encontraron a su paso. Todo tipo de vehículos flotó por las avenidas que se anegaron, apilándose en las bocacalles, esquinas y veredas. El morbo inicial de la tragedia ajena dio paso al asombro, llegando a la instancia final del horror. Estaba muriendo gente. Adentro, afuera, abajo, arrastrada, indefensa, tomada por sorpresa.

Los caprichos del agua iban acomodando un extraño collage: todo lo que pudiera flotar se amontonaba con las primeras hojas del otoño.

El feriado largo de Semana Santa traería sorpresas para quienes habían elegido salir de la Ciudad. A la vuelta de ese martes, la dificultad de entrar, cruzar o rodear la ciudad daba cuentas de una escena del peor cine catástrofe. En el fondo, YPF se prendía fuego y las comunicaciones móviles dejaron de funcionar.

Lo terrible también sucedía en las márgenes alejadas del casco urbano. Acostumbrados al olvido selectivo, la inundación había comenzado como una más. Hasta que los arroyos desbordaron y se llevaron todo lo que había en sus orillas. Lo que no estaba amurado, corría acompañando a la correntada, mezclando los mismos ingredientes que en el centro de la ciudad, pero agregándole casillas y animales desesperados. Los techos fueron refugio común, tanto en los barrios pudientes como en los más pobres. Las historias se cuentan por miles y todas tienen al agua como protagonista.

Cuatrocientos milímetros habían caído en la más democrática de las catástrofes: los tapó a todos por igual, sin distinción. El otro número que asusta es el de los muertos: las morgues y los 50 iniciales, los 80 posteriores. Los familiares chantajeados en el dolor. Los cadáveres. La batalla judicial por el esclarecimiento sigue hasta hoy, implicando a funcionarios responsables del encubrimiento.

La mañana siguiente el panorama era desolador. En las esquinas las pilas de muebles de todo tipo eran la evidencia de la pérdida y la apresurada limpieza. Las aguas habían subido turbias. Las marcas en las paredes atestiguaban que la altura en muchos casos había superado la puerta y las ventanas de las casas. En otros muros no hubo marca porque el agua había superado al techo.

A la luz del día el panorama era más claro, ya habían escurrido los puntos más altos y los puntos más bajos de la ciudad esperaban drenar.

El 3 de abril fue un día de contrastes. La correntada había mostrado las limitaciones de un sistema hídrico regional ineficiente, saturado y desfinanciado.

No fue esa la única carencia que se develó. La máscara de la urbe planificada, orgullo de antaño, se diluyó en manos del negocio inmobiliario, principal lobbysta de una gestión municipal torpe y cosmética, a tono con un modelo de estado excluyente. Un código de ordenamiento urbano hecho a medida del lucro se había llevado puesto, como el agua, las reiteradas advertencias del abuso.

Mención aparte merece el papel del Intendente, asegurando, a través de las redes sociales, estar con los evacuados. Los hechos posteriores arrojarían, para enojo de las víctimas, una sincera y virtual coincidencia: ni él ni la acción de gobierno de su gestión estuvieron presentes en la ciudad en los momentos de la catástrofe. Tampoco darían la cara los días y meses posteriores. Sólo algunos espasmos de sus punteros, comerciantes de donaciones y recursos. La miseria absoluta.

En ese mismo momento comenzaron las escenas de la solidaridad automática. El horror televisado tocaba el primer anillo de la sensibilidad de la clase media argentina. Comenzaban a organizarse las primeras colectas y los clubes de fomento eran el lugar elegido para concentrar. Pero la buena voluntad dejó de alcanzar.

Y en esos claroscuros apareció otra evidente verdad, traída por el agua. La voluntad institucional de la Facultad de Periodismo de abrir sus puertas para alojar los primeros evacuados comenzaba a suplir las ausencias impensadas. El lugar que hacía un mes había alojado los ingresantes de las carreras para el ciclo 2013, ahora era el dormitorio de los mojados y mal dormidos. Los que necesitaron algo caliente qué comer. Las aulas, virtuales depósitos que empezaban a llenarse.

Quienes participaron de las primeras acciones nunca tomaron verdadera dimensión del vertiginoso proceso que se vendría. La coordinación de las donaciones colapsaría el barrio El Mondongo en pocas horas. Gente, frazadas, colchones, agua, alimentos, medicamentos, más gente. Lejos de empequeñecerse, el tiempo agiganta las acciones en su relato.

Otro modelo de Estado se haría presente y contrastaría brutalmente con aquél que se había escondido bajo la cama. La universidad nacional sería una parte más del brazo articulado de la gestión del Estado Nacional, que junto a los ministerios, tomaron el Edificio Presidente Néstor Carlos Kirchner como centro operativo y de gestión para la recepción y distribución de ayuda y donaciones.

Desde allí entraron y salieron los 56 mil brazos y 28 mil corazones que le hicieron frente al horror y al estigma de las pecheras. Muchas de esas personas sintieron en su cuerpo por primera vez la noción del trabajo militante. Docentes, estudiantes, No Docentes, Graduados. La elocuencia de los verdaderos argumentos dio por tierra cualquier prejuicio direccionado por los medios. Fue la política el articulador del trabajo, donde militantes y militares encontraron su raíz de significado un poco más cerca, saldando algunas dudas de la historia. Valorándose en este presente de memoria. Entonando con fuerza y desde las entrañas, el más sentido Himno Nacional Argentino que quien escribe tenga memoria.

La síntesis del proceso fueron algunas frases que perdurarán para la historia: Cuando la juventud se pone en marcha, el cambio es inevitable, decía Néstor. En esos días se confirmó que esas almas que llegaban al final de la jornada de los diferentes barrios, cansados, asombrados y llenos sus pechos del orgullo del que hace, habían llegado a la escena política para quedarse ahí, siendo parte de la transformación tantas veces fue anunciada por los ideales del peronismo germinal. Siendo verbo de un Estado que fue mucho más “entre todos” que nunca. Entendiendo cabalmente lo que la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner había sintetizado hacía un par de horas en el sur del país: que la Patria es el otro, para siempre.